El socialismo de Marx, del control industrial y productivo, está muerto. Este no entendió la naturaleza y desarrollo de una economía moderna de mercado…Por contraste, el socialismo definido por algunos valores y creencias no solo está vivo, tiene el potencial histórico de entregar ahora liderazgo. La base de dicho socialismo reside en su visión de que los individuos son seres humanos interdependientes…Es, si lo prefieren, un “social-ismo”

Tony Blair

Si me preguntaran cuál es el origen del Frente Amplio, no diría que fue el 2011. Hablaría de los 90´. Específicamente, hablaría de 1995, el año en que el Partido Laborista británico modificó el cuarto artículo de sus estatutos. Esa modificación implicó sacar el socialismo como una de sus definiciones centrales y sustituirlo por valores como tolerancia y oportunidad. Nacía el “nuevo laborismo” que tuvo como figura insigne a Tony Blair y sus políticas de “tercera vía”, esto es, la idea de que no existía tensión entre mercado y Estado, ni economías de izquierda o de derecha, sino solo buenas y malas economías. Cinco años después, sería electo el presidente Lagos, bajo el lema “crecer con igualdad”. Mucho se ha discutido sobre el legado de su gobierno. Lo que sí está bastante claro a estas alturas es que, más allá de los importantes avances democráticos alcanzados, tuvo mucho de esa tercera vía sin socialismo. Por otro lado, hace un par de meses, terminó el VI Congreso del Frente Amplio uruguayo. En este, uno de los temas más controversiales fue un texto impulsado por Tabaré Vásquez que llamaba a una “renovación” ideológica, en línea con el nuevo laborismo de tercera vía. Gracias a la estructura interna de la coalición, basada en su anclaje social y participación de las bases, este intento fue mayoritariamente frenado. Algo similar a esa resistencia explica el origen del Frente Amplio en Chile.

¿Oponerse a la tercera vía significa reivindicar el socialismo? Se cuenta que al famoso físico, Niels Bohr, le preguntaron una vez por qué mantenía una herradura en la casa de su puerta, acaso creía realmente que le traía suerte. Su respuesta fue “No. Pero me han dicho que dan suerte incluso si uno no cree en ellas”.

En este sentido, la pregunta más relevante es en qué se cree cuando se cree en el socialismo. Algunos han tratado de resolver esta duda apelando a dos ideas. Primero, que la tercera vía ha traído una creciente hegemonía de la lógica de mercado en todas las esferas de la vida. Un mercado que no requiere la menor concesión democrática. Segundo, que la mayor contradicción de nuestro tiempo no es la de Estado con mercado, sino de mercado con democracia. Ser socialista sería buscar que haya más espacios en que las relaciones humanas no estén mediadas por el mercado, sino por la lógica de lo público. La verdad es que estos elementos no resuelven el innegable vacío de relato que tiene la izquierda. Ni sirven para definir claramente el lugar de llegada, pero son una brújula, para definir una dirección. Esta postura tiene varios nombres, pero el que ha tomado más preponderancia es el de “socialismo democrático” (como se autodefinió Bernie Sanders, por ejemplo). Por otro lado, habría que reconocer que hace solo algunas décadas atrás, defender estas posturas dentro de la izquierda hubiera sido juzgado como una posición más reformista y moderada que revolucionaria o radical, por buscar constituirse en el marco de la institucionalidad para desbordarla.

Por eso es extraño que a la nueva fuerza política que ha emergido en este contexto en Chile, se le haya intentado tildar de “extremistas”. Se parece en algo a lo que ocurre cuando, desde esta nueva fuerza algunos miran la historia como si partiera en el 2011. En ambos casos se evita que las diferencias sean políticas y, por lo tanto, se impide que haya diálogo. Convocar a conversar mientras se cataloga al otro como irracional o vendido, más que apelar al debate, es un llamado a la sumisión. Y los tiempos no están para aquello.

El Frente Amplio no partió el 2011, pero algo fundamental pasó ese año. En Chile y el mundo parecía que entraban en crisis algunos de los consensos con los que había florecido la tercera vía. Una importante energía social comenzó a movilizarse reivindicando un discurso de cambios que había sido expulsado del vocabulario político de la época. Los que tuvieron el monopolio de lo que se entendía como el camino de la gobernabilidad y desarrollo se están viendo obligados a confrontarlo con otra visión. Y, por otra parte, los que han dejado de ser marginales y empiezan a pararse de igual a igual deberán hacer algo que nunca tuvieron que hacer: entender al que está al frente, dejar de lado la moralina y ofrecer un camino creíble y convocante, incluso para algunos que estuvieron al otro lado.

Hay varios que, estando hoy en lados diferentes del mapa político, miran atentos los primeros pasos que dará el Frente Amplio y su capacidad de hacerse cargo de estos nuevos desafíos. Si una sola cosa queda de esta columna, ojalá sea que, ante la nueva configuración política que se anticipa, nos debemos muchos diálogos. Hay muchos cafés, cervezas y conversaciones que se vieron interrumpidos y deben ser retomados.

La Nueva Mayoría agoniza. Y aunque sus partidos ganen la próxima elección, queda muy poco del influjo original y ya no existe un liderazgo con la potencia suficiente para comprometer un programa audaz como el anterior. Si el Frente Amplio festinara con esto, sería un tremendo error. Ganar elecciones es difícil, gobernar, más todavía. Para que el Frente Amplio pueda convertirse en fuerza de gobierno necesitará afrontar temáticas que, desde la marginalidad, nunca tuvo que considerar. Tendrá que definir con claridad qué significa -más allá de la crítica y nociones generales- su camino diferente a la tercera vía. Solo así podrá seguir siendo interesante cuando deje de ser nuevo y convocar a muchos más.

*Licenciado en Letras Hispánicas y Economista. Militante de Revolución Democrática.