Un cruzado antihomosexuales

Había un cardenal que en la praxis de su liderazgo del cuerpo episcopal intervenía con el Evangelio en la mano con sus propios criterios políticos, también había otro cardenal de palabra social que denunciaba a distintas mafias preocupado por las injusticias del mundo del trabajo y en defensa de la dignidad humana, y sobre todo había otro cardenal que emergía en defensa de la doctrina, aquello que consideraba “principios no negociables” de la Iglesia en sintonía con posiciones vaticanistas clásicas. Había distintos cardenales en la arquidiócesis. Este último, el de la doctrina, era el que más se parecía a Roma. Cuando avizoró la posibilidad de una ley que legitimara el matrimonio homosexual en la Argentina, Bergoglio no demoró en hacer patente su oposición.

Las agrupaciones de gays, lesbianas y travestis habían presentado distintos proyectos legislativos a favor del matrimonio igualitario en los años previos. Existía otro antecedente: en 2002 Buenos Aires aprobó la unión civil entre personas del mismo sexo. Fue la primera ciudad de Latinoamérica en otorgar ese derecho. En 2007 en un proyecto de modificación al Código Civil se eliminaba la distinción entre hombre y mujer para el matrimonio y la reemplazaba por la de “contrayentes”.

Bergoglio expresó su posición de facto cuando a fines de 2009 una jueza de Buenos Aires autorizó el matrimonio de una pareja de hombres: le reclamó a Macri que no hubiese apelado el fallo. Para la arquidiócesis, según la carta firmada por el cardenal y sus seis obispos auxiliares, constituía “un signo de grave ligereza y sienta un serio antecedente legislativo para nuestro país y para toda Latinoamérica”.

En la intimidad de la Curia porteña, Bergoglio decía sentirse decepcionado por el jefe comunal. A partir de entonces, se preparó para la batalla mayor de la Iglesia frente a lo que estaba por venir. Bergoglio entendió que si el oficialismo porteño —con posiciones republicanas y católicas— no respaldaba la postura contra el matrimonio homosexual sería difícil impedir la sanción de una ley nacional. En ese sentido, en voz baja, Bergoglio podía aceptar una unión civil como la que ya existía en la Ciudad, pero su rechazo a la ley que se proyectaba era terminante. Las diferencias legales eran sustanciales. La unión civil no reconocía el derecho a la adopción ni era universal como el matrimonio. Contemplaba herencia sólo si había un testamento. Y no contemplaba el vínculo legal con los hijos previos de los contrayentes. A diferencia del proyecto de matrimonio homosexual, el hijo perdía derecho a la herencia.

Bergoglio se enfocaba en forma más clara contra el matrimonio homosexual. Lo había fundamentado en un texto en el año 2009:

La crisis de valores que afecta hoy a nuestra sociedad hace olvidar que el origen mismo de la palabra “matrimonio” se remonta a disposiciones ancestrales del Derecho Romano donde la palabra “matrimonium” se vinculaba al derecho de toda mujer a tener hijos reconocidos expresamente en el seno de la legalidad. La palabra “matrimonio” alude justamente a esa calidad legítima de “madre” que la mujer adquiere a través de la unión matrimonial.

Para Bergoglio, el matrimonio era sólo una facultad permitida para una pareja heterosexual que pudiera concebir hijos, pero no para dos personas del mismo sexo. En ese caso, y así lo planteaba, se trataría de una “deformación”.
Con el objetivo de evitar la sanción de la ley, Bergoglio intentó que los partidos de oposición presentaran un proyecto de unión civil y una de las que adoptó esa idea fue Gabriela Michetti, que entonces ya era diputada nacional. Acercó esa propuesta en alianza con otros legisladores del peronismo no kirchnerista. La iniciativa no tuvo éxito. El cardenal se decepcionó con el PRO porque decía que no había sabido anticiparse con astucia en el Congreso para impedir el matrimonio igualitario. El proyecto estaba tomando forma en las comisiones parlamentarias.

En comparación con sectores conservadores de la Iglesia, la posición de Bergoglio frente al matrimonio homosexual era moderada. Acérrima, en cambio, era la postura del arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, como fiel representante de la “línea Roma”, atento a ejercer la traducción lineal de la Santa Sede y diferenciarse de Bergoglio.

En ese aspecto, la “línea Roma” venía presionando a Bergoglio desde hacía tiempo por no haber planteado con mayor énfasis su rechazo a la unión civil de parejas homosexuales en el ámbito porteño.

En agosto de 2003, Esteban Caselli, entonces ex embajador y ex secretario de Culto, el argentino más influyente en la Santa Sede, había recriminado en público al cardenal Bergoglio: “Me extraña su silencio frente a la reciente sanción [en la legislatura porteña] de la ley que reconoce la unión de parejas homosexuales. Los obispos no sólo deben hablar en los Tedeum reclamando siempre lo mismo, sino levantar la voz para defender a la sociedad de esas leyes nefastas”.

La ofensiva de Caselli era sin dudas la traducción de la advertencia de la Santa Sede contra el cardenal, al que mantuvo bajo observación por cuestiones doctrinales durante toda la década.

La “línea Roma”, representada por el sector conservador de los obispos, le exigía comportamientos más aguerridos en “los principios morales” que sostenía la Iglesia Universal.

Bergoglio venía siendo acechado por distintos frentes. Después del documento crítico dirigido al gobierno porteño por la unión civil, evitó expresarse en forma pública. Prefirió transmitir sus ideas y hacer lobby en reuniones privadas, con el mundo eclesiástico, laico, y el de la política.

Pero el Vaticano y la “línea Roma”, en la voz de Aguer, exigían al cardenal gestos más firmes, palabras fuertes. Frente a la posibilidad del matrimonio homosexual, Aguer quería sacar la Iglesia a la calle como había sucedido en España en 2005, cuando la comunidad católica, de la mano de obispos y sacerdotes, se movilizó para pedir que se derogara la ley de matrimonio homosexual. España había sido el tercer país en el mundo en legalizarlo, después de Bélgica y los Países Bajos.

Durante el tiempo en que Bergoglio fue titular de la arquidiócesis porteña y del cuerpo episcopal argentino, Aguer hizo esfuerzos para presentarse como el poder paralelo al cardenal, la línea rebelde, la voz doctrinal más extrema, menos pastoral, pero también más representativa de la Santa Sede, en coincidencia con el cardenal argentino de la Curia romana Leonardo Sandri, que entonces oficiaba de “sustituto” en el Vaticano, en la práctica una mano derecha del secretario de Estado Angelo Sodano.

Además, Aguer no olvidaba —y la “línea Roma” de la Iglesia argentina tampoco— que en los años noventa había aspirado al magisterio de la arquidiócesis porteña y tuvo que migrar a la de La Plata por la temprana preferencia de Quarracino por Bergoglio. Y si bien La Plata no era un premio consuelo, tampoco era la arquidiócesis de Buenos Aires.

En tanto recibía presión pública de la “línea Roma” que le requería gestos más explícitos contra el matrimonio igualitario, también el ahora diputado Néstor Kirchner —el dirigente político más influyente de la Argentina— intentaba colocar a Bergoglio como adversario central de la batalla, aunque el cardenal prefería desertar del enfrentamiento directo y dejó que fuese Aguer la voz que lo asumiese la defensa eclesiástica más exacerbada.

Ante el inminente ingreso del proyecto de ley en el Senado de la Nación, Bergoglio se inclinaba por una postura moderada: que fuesen los laicos los que manifestaran su oposición al proyecto.

Sin embargo, en la Iglesia había posiciones encontradas sobre cómo enfrentarlo, que se dirimieron en una reunión colegiada de la Conferencia Episcopal. Por un lado, la postura conservadora, más radicalizada, que sostenía Aguer. Por otro, la postura institucional de la CEA y de Bergoglio, que implicaba el rechazo al matrimonio igualitario y la aceptación de la unión civil como un mal menor o moneda de cambio.

El sesenta por ciento de los obispos eligió sostener la postura más combativa, que ya expresaban en homilías y declaraciones a la prensa, y se decidió también una movilización de fieles al Congreso, con una vigilia. A Bergoglio lo sorprendió la derrota en la votación.

El cardenal no se expresó en público. Dio su opinión en privado. Si especulaba que esa opinión luego trascendería, es una incógnita que todavía queda inmersa en la nebulosa de sus reales intenciones. Bergoglio envió una carta a las monjas carmelitas de Buenos Aires en la que declaraba, en términos literales, “la guerra al matrimonio homosexual”.

La carta, con o sin su permiso, se filtró.

El pueblo argentino deberá afrontar, en las próximas semanas, una situación cuyo resultado puede herir gravemente a la familia. […] Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en nuestros corazones. […] Aquí también está la envidia del Demonio, por la que entró el pecado en el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra. No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una “movida” del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios. […] Recordémosle lo que Dios mismo dijo a su pueblo en un momento de mucha angustia: “esta guerra no es vuestra sino de Dios”. Que ellos nos socorran, defiendan y acompañen en esta guerra de Dios. Gracias por lo que harán en esta lucha por la Patria. Y, por favor, les pido también que recen por mí.

Quizá la carta de Bergoglio haya sido, más que su pensamiento íntimo, un gesto de cortesía hacia la Santa Sede para que se le reconociera una lealtad que la “línea Roma” local ponía siempre bajo sospecha. Aun así, la carta retumbó en toda la Argentina. Faltaba menos de una semana para que la ley se votara en el Senado. El ex presidente Kirchner, que había tomado la iniciativa como propia y la había defendido en la Cámara Baja, acusó al Episcopado de “presionar” a los senadores.

“Cuando se tiene que presionar es porque se tienen muy pocos elementos para convencer”, dijo, y avanzó en su idea de que “la Argentina debe dejar definitivamente las visiones discriminatorias y oscurantistas”.

Para Kirchner, la ley representaba, además de sus beneficios estrictos, un golpe de gracia contra Bergoglio.

El cardenal había quedado mal parado en tres frentes. Recibió críticas de la dirigencia política, de la sociedad civil por su discurso de “guerra santa” de carácter medieval y, como sucedía siempre, de la “línea Roma” de Aguer y el mundo conservador. Estos últimos estaban dispuestos a castigar a todo aquel que desertara de la batalla. Por caso, un sacerdote de Córdoba, Nicolás Alessio, que había expresado su aceptación del matrimonio igualitario, sería expulsado por la Congregación para el clero del Vaticano en febrero de 2013, cinco días antes de que Benedicto XVI presentara su renuncia.

Si Bergoglio creyó que la carta a las monjas podía generar una reacción positiva en los legisladores para frenar la ley, lo cierto es que el texto podía interpretarse como uno de sus más visibles errores políticos en la Curia porteña.

Hasta entonces, el proyecto no tenía la mayoría necesaria. El pulso de la votación estaba indefinido. Kirchner aprovechó la carta del cardenal para alinear el catolicismo de sus legisladores de su propia tropa y colocarlo un paso detrás de la fe partidaria por encima de las posiciones de la Iglesia.

Bergoglio mantuvo la línea. No participó de la marcha al Congreso de credos católicos y evangelistas en la víspera de la votación, pero alentó a párrocos, capellanes y rectores para facilitar la asistencia. Los colegios católicos perdonaron las ausencias a los que fueran al Congreso y los obispados de La Plata, San Isidro, incluso Rosario, aportaron el transporte. La Universidad Católica Argentina pidió a sus alumnos que firmaran una declaración contra el proyecto de ley.

La convocatoria católica frente al Parlamento, con críticas a la “dictadura homosexual”, reunió a 25 mil personas; bastante menos de lo que aspiraban los representantes del clero.

El cardenal les escribió una carta que fue leída a la multitud:

No se puede igualar lo que no es diverso […] El matrimonio precede al Estado, es anterior a toda legislación y a la misma Iglesia […]. No es lo mismo un padre que una madre, tengamos cuidado.

Al día siguiente, el 15 de julio de 2010, tras una sesión de casi catorce horas, el Senado sancionó la ley de matrimonio homosexual.

Recen por él
Marcelo Larraquy
Editorial Sudamericana, 2013, 320 páginas