La Concertación (1988-2010) fue –aunque nos pese- el conglomerado político más exitoso en la historia de Chile. Tuvo logros indiscutibles: una transición pacífica, un ritmo sostenido de alto crecimiento, la reducción de la pobreza e importantes cambios legales tales como la ley de divorcio y la ley de filiación. Su dominio fue visible en todos los ámbitos, mucho más allá de lo electoral.

Dicho eso, que es una enormidad, el juicio es menos claro si discutimos el carácter progresista de su orientación política.

Este es un viejo debate, en el que no creo poder decir algo nuevo. Sí creo útil ordenar esta discusión en torno a dos preguntas. ¿Hizo la Concertación todo lo posible por empujar una agenda progresista dadas las condiciones que enfrentó? ¿Tuvo la Concertación una estrategia para ir ampliando los márgenes de lo posible?

En cuanto a la primera pregunta, mi opinión es que hay buenos argumentos de lado y lado. Las condiciones del Chile posdictadura eran restrictivas y muchos podrán pensar que en lo grueso se hizo lo posible. Sin embargo, hay casos donde a la Concertación se le “pasó la mano” con su moderación. La legislación laboral y las políticas educativas son buenos ejemplos de ello. En este último ámbito, la Concertación se alejó del camino socialdemócrata, profundizando un sistema educativo donde las lógicas de mercado son omnipresentes y el sistema público sólo existe en los espacios donde para el sector privado aún no es lucrativo participar. El resultado ha sido desigualdad y segregación.

Respecto la segunda pregunta, mi opinión es más categórica. Creo que la Concertación hizo muy poco por ampliar los márgenes de lo posible, al menos en el plano económico. Aquello pasaba ineludiblemente por una estrategia para distribuir el poder económico y esa estrategia nunca existió. En sus inicios, no tocar ese poder fue parte del “contrato” de la Concertación con la elite empresarial, con el tiempo aquello devino en imbricación social y política. Parte de la elite política de la Concertación comenzó un proceso de integración a distintos espacios sociales, empresariales y económicos.

Como resultado, hoy sigue siendo cierto que un grupo muy pequeño controla el grueso de las decisiones de inversión, incluso las que se realizan con el ahorro de las y los trabajadores (AFP). En este grupo, que mezcla familias de la elite histórica con personas que hicieron su fortuna en la dictadura, están absolutamente subrepresentadas las mujeres, no hay indígenas y todos provienen de 10 colegios.

Las consecuencias de esta omisión son difíciles de exagerar. La política chilena navega en los márgenes de lo que aceptan un puñado de familias. Así le sucedió al gobierno que nos deja, al que esa elite nunca le perdonó la “osadía” de señalar que los impuestos también servían para mejorar la distribución del ingreso. Y, por cierto, esta resistencia hubiese sido mucho más intensa si el Frente Amplio pasaba a segunda vuelta. En el Chile de ayer y hoy, no basta con ganar en las urnas, además se necesita la venía de la minoría que controla nuestra economía.
Para ser justos, no estamos hablando de un ajuste menor. Haber tenido una estrategia para distribuir el poder económico hubiera requerido apostar por otra forma de democracia. Una densa, con organizaciones sociales empoderadas, con subjetividades desordenadas y con algo más de incertidumbre. Queda pendiente el debate si acaso esta tarea era compatible con los logros concertacionistas.

Pero todo eso estaba fuera del mapa de posibilidades de la Concertación. Creo que allí fue donde la dictadura le pegó más fuerte a esa generación de la izquierda chilena (reforzado por el fracaso de los socialismos reales), a saber, les hizo desconfiar de su proyecto colectivo y del ineludible desorden de los proyectos de expansión democrática.

La Concertación nos heredó un mejor país. Su deuda principal con las ideas progresistas no es que hicieran las cosas en la medida de lo posible, sino que renunciaron estratégicamente a generar las condiciones sociales y políticas que hubieran permitido alterar los márgenes de lo posible.

*Profesor de Economía de la Universidad de Chile. Frenteamplista.