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Opinión

20 de Junio de 2026
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

Columna de Danilo Herrera: Amor Ciego

Foto autor Danilo Herrera Por Danilo Herrera

Con una analogía al reality Amor Ciego, el columnista Danilo Herrera analiza las consecuencias de la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau.

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Hace dieciocho años Canal 13 emitía el reality show Amor Ciego. El formato era simple: veinticinco pretendientes competían por el amor de una mujer. Se eliminaban entre sí, se saboteaban, se declaraban amor eterno en horario prime. El que más amaba ganaba, o eso creían.

Algo parecido ocurre hoy en la derecha. La princesa es José Antonio Kast y el premio es un electorado que creen que existe. El Partido Nacional Libertario, Republicanos, el Partido de la Gente y Chile Vamos compiten por ver quién es más puro, quién es más de derecha, quién se atreve a dar el paso que el otro no da. La acusación constitucional contra Nicolás Grau es una prueba más de esa competencia, una que solo existe en sus cabezas.

Detengámonos un segundo en lo que está pasando. Grau no es ministro de Kast, es exministro de Boric. Ya no tiene poder, ya no administra presupuesto, ya no firma decretos. El único efecto real de una acusación exitosa, como advirtió su defensor Patricio Zapata ante la comisión revisora de la Cámara de Diputadas y Diputados, es dejarlo cinco años fuera de la función pública, incluyendo ser profesor en universidades públicas. Eso es todo. No se corrige una proyección ni se protege la institucionalidad, solo se usa la herramienta constitucional más grave que existe, con fines políticos.

Zapata lo dijo con precisión esta semana: “La acusación constitucional es la bomba atómica del arsenal de nuestra Constitución”. Las bombas atómicas se reservan para momentos extremos y, esta se lanzó porque un exministro proyectó mal una cifra macroeconómica. Proyectar cifras macro es una forma sofisticada de adivinar el futuro. Convertir esa adivinanza en causal de acusación constitucional no es fiscalización.

Entonces, ¿qué es? Es el PDG buscando recuperar protagonismo  en los medios después de que la megarreforma tributaria de Quiroz avanzara al Senado, donde no tienen representación. Es el Partido Nacional Libertario recalcando que ellos están a la derecha del gobierno de Kast, es Republicanos marcando territorio para que nadie ose a discutir su pureza derechista, es Chile Vamos acompañando al partido del Presidente para que no se les vuelva a acusar de derechita cobarde. Nadie pregunta si esto es útil, si esto es justo, si esto tiene fundamento jurídico. La única pregunta que importa en esta competencia es quién ama más a la princesa.

El precedente es grave, porque si llega a prosperar, cualquier ministro de Hacienda de cualquier gobierno queda expuesto a una acusación cada vez que el FMI o el Consejo Fiscal Autónomo cuestionen sus proyecciones. Esa institucionalidad que Chile construyó a alto costo queda subordinada al ciclo electoral. No a los hechos, no al derecho: al ciclo electoral.

Veremos entonces quién ganará esta competencia. Alguien quedará como el más puro, el más valiente, el más de derecha. El martes, en la sala de la Cámara, sabremos quién. Es Chile, es la política fiscal, es la institucionalidad que costó décadas construir y, cuando la izquierda responda con sus propias acusaciones, porque lo hará, nadie podrá decir que no lo vio venir. La política pierde. Chile pierde.

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