En mayo de 1969, tras el rechazo del Festival de Cannes de plegarse a sus demandas, un grupo de directores franceses lanzó su propio certamen paralelo. Hoy, en su 50 edición, la Quincena de Realizadores mantiene viva la llama de esa pequeña revolución que dio cabida a un nuevo tipo de cine.

El descontento de ese colectivo comenzó con la destitución en febrero de 1968 del director de la Cinemateca francesa, Henri Langlois, y prendió definitivamente tras las protestas de mayo de ese año en París, que, por solidaridad, consiguieron suspender el famoso festival, pero no cambiar sus reglas.

Los directores, encabezados por figuras como Costa-Gavras o Louis Malle, se revelaron contra el corporativismo de la industria, su censura y detalles más pequeños pero igualmente simbólicos, como la obligación en Cannes de acudir de etiqueta a los estrenos.

“Era una utopía a la vez política y cinematográfica. La gente pensaba que cambiando el cine podría cambiar el mundo”, explica EFE el actual delegado general de la Quincena, Édouard Waintrop, que a sus 65 años abandona el puesto en esta edición para ser sustituido en 2019 por Paolo Moretti.

Al frente de esa banda de soñadores se colocó en el 69 y durante las siguientes tres décadas Pierre-Henri Deleau, quien por entonces era un cinéfilo de 26 años, antiguo colaborador de Langlois y exresponsable de un cineclub en Lille.

Esa primera edición de la Quincena, bautizada “Cine en libertad”, fue “un gran desorden”: “No había ni catálogo”, recuerda de las 65 películas seleccionadas, dos de las cuales, las cubanas “Lucía”, de Humberto Solas, y “La primera carga al machete”, de Manuel Octavio Gómez, ni siquiera había visto.

Esos dos filmes, recomendados por el escritor Alejo Carpentier, quien ejercía como consejero en la embajada de Cuba en Francia, sustituyeron la víspera de la apertura a otros dos bloqueados en la aduana, pero reflejaron bien la intención de esa sección de abrirse a nuevas cinematografías.

Frente al certamen oficial, cuyos aspirantes respondían en gran parte a consideraciones diplomáticas, la Quincena estableció un diálogo directo con los directores y confió en sus recomendaciones y en el boca a boca a la hora de escoger las cintas.

Fue allí donde Martin Scorsese acudió por primera vez en 1974 a Cannes para presentar junto a Robert de Niro “Mean Streets”, dos años antes de que la Palma de Oro por “Taxi Driver” le diera la fama mundial.

George Lucas con “THX-1138” en 1971, Bigas Luna con “Caniche” en 1979 o Jim Jarmusch, que ganó en 1984 el premio a la mejor ópera prima por “Stranger than Paradise”, engrosan una lista también integrada por Ken Loach, Michael Haneke o Spike Lee.

La Quincena, que presume de ser la más libre de todas las secciones de Cannes, oficiales o paralelas, buscaba ser el espacio que impulsara proyectos de todos los horizontes.

Sigue gestionada por la SRF, nacida para unir las fuerzas de los directores contestatarios, pero mucho ha cambiado desde aquél 1969 en el que el general de Gaulle dimitió, Woodstock vio la luz o el hombre pisó por primera vez la Luna.

Sus organizadores, no obstante, defienden todavía su necesidad y vigencia: “La Quincena es indispensable en la medida en que obliga a la competición a no ser académica, a no cortejar solo a los conocidos”, dice Deleau de esta especie de contra festival.

No pueden evitar que las reglas del juego hayan evolucionado y que sus verdaderos interlocutores sean ahora las distribuidoras, pero quieren seguir siendo ese lugar en el que descubrir nuevos talentos, además de saludar la obra de otros ya reconocidos.

En esta 50 edición, que se inaugura hoy con “Wildlife”, del debutante Paul Dano, protagonizado por Jake Gyllenhaal y Carey Mulligan, esa mano tendida a un cine valiente ha apostado también por “Pájaros de verano”, de los colombianos Ciro Guerra y Cristina Gallego, o “El motoarrebatador”, del argentino Agustín Toscano.