Al parecer es cierto que la historia se repite; con diferentes matices, contextos y lenguaje, pero con un núcleo que retorna. Así lo muestran, las variadas y numerosas reacciones al movimiento feminista actual que no solo ha conseguido marcar la agenda de las universidades chilenas en este semestre, sino que ha logrado llegar a la opinión pública removiendo sensibilidades y malestares.

La historia nos enseña que siempre que las mujeres se han organizado con un propósito u objetivo común, han tenido que enfrentar una opinión pública que -en rasgos generales y polarizando un tanto –se dividía por una parte entre quienes mostraban una actitud comprensiva, paternalista y displicente, y terminaban regalando dulces del tipo: “ya, niña, yo te entiendo, deja de lloriquear y veamos si podemos concederte algo para que te quedes contenta”. Y por otra, aquellos que demonizaban esos seres monstruosos, con caras de Medusas y con poderes diabólicos y castrantes que lo único que pretendían era terminar con el orden “natural” y fundar un caos. Teniendo pues unas posturas tan contrariamente definidas, no es difícil encontrar vías y callejas entre las que moverse y salir airosa.

Mucho más desafiante es, sin embargo, enfrentar las opiniones de quienes aparentemente están dispuestos a dejarse llevar por la cresta de la ola, suman sus voces y votos a favor, pero siempre saben más y mejor que las propias mujeres cómo deberían ser las demandas y, sobre todo, como deberían ser y presentarse las demandantes. Hay algo pérfido en este juego de una de cal y otra de arena. Se muestran alianzas, pero solo y solo si, se hacen las cosas de una determinada manera. Una manera que, claro está, se define por patrones – inevitable la asociación con la palabra “patrón” – que apelan a un feminismo histórico que ahora se presenta como válido – y sobre todo – razonable. Parece, pues, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, más que esa nostalgia del pasado, lo que me llama la atención es que cincuenta años después, las demandas de los movimientos feministas de la llamada “segunda ola” se presentan como más sensatas que las actuales.

Tengo que confesarle a quien esto lea que nada me daría más satisfacción que compartir ese punto de vista, pues eso significaría que las expectativas de las mujeres de entonces ya se cumplieron, que aquellas demandas se atendieron y, en fin, que el mundo patriarcal dio un giro copernicano y dejó de ver las cosas desde la perspectiva masculina. Supondría además que desde entonces ya no es necesario que las mujeres sigan reivindicando la exclusiva propiedad de sus cuerpos, que libertades como la de abortar, o cambiar la identidad del sexo y género están garantizadas, que el trabajo de las mujeres está igualmente reconocido y remunerado que el de sus compañeros varones y sobre todo que se terminó con el sexismo y el acoso sexual en los lugares públicos y privados, en los puestos de trabajo, y en la educación.

No hace falta seguir con la enumeración para enfrentarse a la triste evidencia de que avanzamos sí, pero poquito a poquito, porque la resistencia es mucha. La misma a la que se enfrentaron aquellas mujeres que salían a la calle y quemaban sus fajas y sostenes en las calles como símbolo del abandono de una vida encorsetada. Entonces se las consideró igual de histéricas, radicales y separatistas como se nos considera ahora. En eso, en las reacciones que provocaron sus reivindicaciones tanto en las propias mujeres como en los varones, no hay muchas diferencias entre ese ayer y el hoy. Excepto en el hecho de reconocer que las hijas y nietas de aquellas mujeres tienen que seguir con las mismas reivindicaciones.

Esa es la razón por la que muchas de las académicas – tanto si trabajamos sobre la teoría feminista como si no – brindamos nuestro apoyo a las estudiantes en la canalización de sus demandas por acoso y violencia sexual así como en sus reivindicaciones por una educación no sexista. Y no porque estemos a favor de que se ocupen las universidades, los liceos o lugares públicos. Tampoco queremos hacer una cura de rejuvenecimiento, no. No nos mueve un afán de volver a ser jóvenes, ni estamos perdiendo los papeles, todo lo contrario. El que las hijas de aquellas mujeres de la “segunda ola” estén siendo parte de este momento feminista que estamos viviendo, tiene que ver con la rabia y el cansancio de que nuestras hijas – aunque lo sean a título académico – aún tengan que seguir pasando por las mismas humillaciones en las aulas por las que pasamos nosotras. Tiene que ver con terminar con el silencio, la impunidad y la complicidad de unas prácticas que, lamentablemente, se han mantenido también en el ámbito universitario, justamente el ámbito en el que se supone que la formación y educación contribuyen a terminar con los prejuicios.

Si el hecho de compartir nuestras experiencias con las más jóvenes se entiende como una nostalgia de nuestra propia juventud, es que no se ha comprendido que es la misma historia que se repite, la misma resistencia– en el sentido y modo más freudiano del término– que se nos opone, las que nos colocan en esa tesitura. Las cementadas estructuras patriarcales siguen ahí, pero es indudable que Chile está viviendo el seísmo muy peculiar que empieza a resquebrajarlas. Ojalá que para terminar con los universalismos masculinos y para avanzar hacia la generalidad de un respeto por diferentes formas de identidad, subjetividades, y modos de vida.

*Profesora titular, Universidad Diego Portales