Tranquilo-nervioso: Moya Grau ruega por nosotros

Por Daniel Osorio

Una buena o mala teleserie no nos cambia. A lo más, nos alegra un poco el día y nos hace olvidar –por un rato- el drama de existir. Es diferente para los canales, los guionistas y los actores. Una buena teleserie para ellos puede ser la diferencia entre un año bueno y uno malo. O lo que es peor entre el éxito o la cesantía más atroz.

La teleserie es melodrama puro y duro: Malos que luchan contra buenos, y los engañan y maltratan, porque es su naturaleza, y buenos que sólo pueden ser buenos porque también es su naturaleza. Ah, y claro, el amor y el desamor inundándolo todo del primer al último capítulo.

Algo pasa hoy con las teleseries que nos vende la televisión chilena. ¿Alguien sabe de qué se trata Hijos del Monte? O ¿recuerda siquiera el nombre de la anterior teleserie de TVN?

¿Que diferencia hay entre el Señor de la Querencia y Los Pincheira? ¿Que en una hay más azotes y sangre por que es en horario nocturno?

Canal 13 no lo hace mejor. ¿Después de Machos qué? ¿ Y qué se podría decir de Lola? Bueno, que fue la teleserie más larga de la historia de nuestra tv, y que actores y televidentes rogaban porque terminara alguna vez.

Algo le falta a nuestras teleseries, algo que Moya Grau tenía para regalar, además de talento: una historia bien contada y personajes con los que identificarse y a quienes querer o odiar sin términos medios. En síntesis, un mundo al que nos interese asomarnos, y que capitulo a capítulo hagamos nuestro.

Una amiga me decía que lo que falta a las teleseries de hoy es pasión: amores y odios desgarradores y totales; los únicos que valen la pena; los únicos que hacen aceptable que perdamos miserablemente la vida pegados al televisor. Y si de algo sabía Moya Grau y sus teleseries era de eso, de amor y odio al cuadrado.

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