La columna de Pato Araya: “¿”Tolerancia Cero”… O Intolerancia Total?”

Hace algunos años, cuando daba mis primeros pasos en el periodismo, tuve la suerte que este mismo medio publicara en su famosa huincha a pie de página, una pregunta mía que decía: “¿Sabía usted que Tolerancia Cero significa intolerancia total?”, en clara alusión a lo que yo sentía que era ese programa de Chilevisión en esa época: un grupo de panelistas militantes del status quo, conservadores, intolerantes a los cambios; una pandilla de bullangueros organizados para rechazar todo aquello que excediera su margen de influencia y control. El paso de los años no ha hecho sino acrecentar en mí esa furibunda duda, en especial si consideramos que esos niños continúan hablándonos desde el patio de su colegio o desde el café de su universidad gringa. Tal vez sea hora de retomar la pregunta y someterla a una discusión, o al menos, a un análisis más actual, porque –como es de suponer– los años trascurridos y las experiencias acumuladas, y las opiniones de los panelistas, han obrado cambios fundamentales en mi manera de percibir e interpretar la realidad social. Creo.

Qué duda cabe, ya no nos refugiamos sólo en esas tribus urbanas –desde las más encopetadas hasta las más rasquipuntis– que a principios de los noventa anunciaban su protagonismo en todos lados, utilizando sus modismos culturales y sus lenguajes verbales y simbólicos para agredirse unas a otras, para hacerse desaparecer o anularse en la calle y en los medios. Todo ese desenfreno (una versión chilena del destape español posfranquista) devino en el paroxismo de sentir que tenemos el monopolio de la verdad (¡qué previsible!), que podemos administrarlo y desautorizarlo a nuestro antojo, y volver a validarlo, sin que siquiera medie un ápice de disenso (¡qué absurdo!). En rigor, se trata de un ethos de hablantes, no de oyentes, que no logran ponerse de acuerdo en nada, y que a la vez, se duermen convencidos de haber persuadido a los otros; un mundo de insultantes, no de conciliadores; de arrogantes, no de humildes. Y hemos armado nuestra rabia, con bates, pistolas, ácidos y navajas; y lo peor, estamos dispuestos a usarla para saldar la controversia. Pasamos del odio global al odio atomizado.

Estamos en medio de un escenario –o múltiples escenarios– donde coexisten otros innumerables monopolios (radicalismo por antonomasia), como el de aquellos que tienen la fuerza coercitiva como atributo de su poder (el Estado), o aquellos que han hallado en la acumulación de riqueza su manera de interpretar la diferencia, o aquellos que entienden la cultura como un desfile de batucadas y prebendas, o aquellos que están convencidos que los cambios sociales se pueden hacer sentados en un sofá viendo las noticias, o acribillando a sus enemigos ideológicos con el clic del mouse. Siempre, en todo caso, desde un lugar calientito y limpiecito, nunca desde la calle húmeda y hostil; siempre desde una trinchera segura, nunca desde la valentía o el mero deseo de convertirse en leyenda; siempre desde la privacidad personal o grupal, nunca desde una voluntad revolucionaria, masiva; siempre desde el blá blá que aturde los análisis, nunca desde una doctrina sólida; siempre desde la vitrina empotrada en las instituciones, jamás desde la piel ni desde la indigencia. Siempre lo mismo: intolerancia total.

La mayor y mejor demostración de nuestra falta de tolerancia nacional, de nuestro precario cariño como hijos de la misma tierra, es que nuestra intolerancia pública y privada se ha radicalizado –tal vez como nunca antes, incluso mucho más que en los setenta, cuando nos dividíamos en “momios” y “upelientos”, para luego convertirnos en “pinochetistas” y “comunistas”, y devenir dos décadas después en “fascistas-derechistas” y “concertacionistas-resentidos”, siempre apartando con el codo a los “ni chicha ni limonada”, y despreciando a los marginales estructurales–, agudizando de manera irreconciliable las nefastas diferencias que dividen a la población, a los grupos de opinión e influencia, a la mujer y al marido. Desde las “clásicas” discrepancias religiosas, políticas y económicas que connotan el mundo social, hemos ido extrayendo otras un poco menos selectas, más sofisticadas, pero igual de virulentas y despreciables que aquéllas, como los odios de las garras bravas de los apasionados del fútbol, desde donde hemos aprendido a odiarnos de manera más mediática, más explícita, confesa, pintados con los colores de nuestros fanatismos.

Ya no nos odiamos por las banderas partidistas que flameábamos en las concentraciones políticas de antaño, o por el lado del muro que nos catalogaba de capitalista o comunista; ahora nos odiamos por la ropa que llevamos, por el auto que conducimos, por la casa que habitamos, por la pega que tenemos o no tenemos, por la playa donde nos bronceamos, por la amante que podemos o no pagar, por la universidad pirulais o la escuela municipal que nos toca; no obstante odiarnos desde la individualidad, caemos en la confusión de estar odiándonos en masa. Cómo hacerlo si ya no existe ese modo de organización social al que llamábamos “pueblo”, ni tampoco esos megarrelatos ante los cuales nos rendíamos embobados. Lo que hoy tenemos es la suma de grupos que cada mañana salen de sus respectivos ghettos (condominios o poblaciones) a acarrear alimentos a la madriguera, para volver al atardecer, o al anochecer –según la buena o mala suerte– a encerrarnos en ellos, atormentados por la nueva doctrina social de la seguridad ciudadana.

Pero, ¿quién ha inventado y luego fomentado este modus vivendi? Con toda seguridad, los sociólogos tienen miles de respuestas para resolver esta interrogante. Nosotros –los periodistas, la gente de carne y hueso– sólo tenemos incertidumbres, y desde ellas tal vez nos esté permitido teorizar. La paradoja podría ser atroz: los medios de comunicación –no el gobierno, no la sociedad civil, no la Iglesia ni las fuerzas armadas–, son los responsables. Ellos –los Mass media– son las “fábricas de opinión”, los atizadores del fuego social –más que interpretadores de la realidad–; sus propietarios –los dueños del capital–, son quienes levantan o bajan el dedo de lo que se puede o debe decir; nosotros, los periodistas –los obreros que vendemos o regalamos nuestra la fuerza de trabajo– somos quienes damos la cara, quienes recibimos el escupitajo o el palmetazo.
Esta respuesta provisoria quizás sirva para entender por qué algunos programas de opinión (como “Tolerancia Cero”) generan tantas expectativas en el público televidente, y por qué éstos, en general, se han transformado en insumos, no para el análisis de la realidad, como podría sostenerse, sino como (en) parte del problema, toda vez que sus panelistas suelen caer en la tentación de sentirse protagonistas (al estilo del autodesactivado Hermógenes Pérez de Arce), y no en analistas; sin embargo, la respuesta no alcanza para satisfacer la pregunta entre líneas: ¿qué intereses representan y defienden los panelistas de los programa de televisión?
Cada vez que se conforman los equipos que debaten en cámara, ¿se está buscando púgiles dispuestos a salir con los ojos hinchados y sin dientes, a causa de sus encarnizadas luchas, o sólo se busca niñitos ABC1 que nos hablen de su vida en Chicureo, o de sus mediáticas y poseras andanzas por los submundos de la pobla y la pobreza indigna?, como suelen hacer Paulsen y Villegas, en “Tolerancia Cero”. ¿O acaso sólo se busca mantener la homeostasis del sistema?
Ello explicaría la frenética búsqueda de un quinto jinete “de peso” y de “derecha” para instalar en la grilla de largada de “Tolerancia Cero”, que en estos momentos llevan a cabo los productores de Chilevisión, tras la partida del periodista Alejandro Guillier a la señal 2 de TVN, con lo que, de paso, esperan inclinar la balanza que descompensó la renuncia de Sergio Melnick, en agosto de 2008, y así poder darle un poco de brillo a la latera conversa dominguera en que se ha transformado el programa, en especial, con la tibia participación del economista Felipe Morandé (enviado especial del dueño del canal). Ojalá que cuando a fines de marzo veamos de nuevo en pantalla a Fernando Villegas, Felipe Morandé, Fernando Paulsen y Matías del Río, y al mentado quinto panelista, podamos modificar nuestra opinión. Y ver a alguno de ellos transformarse en un intolerante de verdad, capaz de mojarse el potito.

Patricio Araya G.
Periodista

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