¿Por qué los animales odian a sus defensores?

Por JUAN PABLO BARROS

Se puede leer en la prensa que un cierto Andaur, una suerte de reportero que suele desafiar a las bestias del trópico ante las cámaras de Mega, acaba recibir su primera mordida de cocodrilo tras cientos de infructuosos intentos previos. La noticia trae a la memoria una copiosa lluvia de recuerdos: desde las lúcidas tentativas de una elefanta mendocina por destripar a Alfredo Ugarte, un entomólogo que solía comer su objeto de estudio (los insectos) en Canal 13; hasta la muerte del afamado “Cazador de Cocodrilos”, Steve Irwin, ensartado por la cola de una mantarraya venenosa. Eso, sin olvidar el fallecimiento del tierno ecologista Timothy Treadwell y su novia, devorados por un feroz oso de Alaska, hecho inmortalizado en el documental “Grizzly Man” de Werner Herzog.

Todas estas historias reales tienen en común que sus protagonistas, los humanos se entiende, afirman ser fervientes amantes de los animales. Hacen llamados conservacionista a su público y declaran que sus aventuras tienen un claro objetivo pedagógico, enseñar a la gente -y sobre todo a los niños- a querer a las impredecibles fieras de la jungla. Por qué, entonces, los inclementes paquidermos, plantígrados, escualos y reptiles se empeñan particularmente en acabar con esta subespecie de homínidos televisados, en claro peligro de multiplicación.

Cómo saberlo. Es posible que las bases y el maquillaje le den cierto gusto dulzón a la carne humana, equiparándola al jamón pierna acaramelado. Pero la respuesta más obvia es que hasta los seres irracionales tienen la sabia tendencia a defenderse cuando son molestados. Y hay que decirlo, la mayoría de estos personajes, simples seguidores de Steve Irwin, no son otra cosa que acosadores de animales peligrosos.

Tratar de inmovilizar a un cocodrilo mediante una serie de cuerdas y llaves de karate, con el fin de mostrar su dentadura a los niños, es por lo bajo un acto muy descortés e invasivo. Imagínese que un orangután de pronto lo amarrara usted mediante lianas, pretextando hacer una disertación a sus crías sobre el aparato reproductivo humano. O que un pájaro dodo intentara entablar con usted una sesión de lucha libre, para lucirse ante el resto de las aves de su colonia.

Y conste que la intención no es humanizar a los animales con estos ejemplos, sino rescatar al animal que usted lleva adentro. Qué haría ante tamaños vejámenes. Qué, ante tal invasión a su metro cuadrado. Cómo trataría a un simple ratón que intentara compartir con usted la cama matrimonial durante el invierno. O a un chungungo, que hiciera despachos en vivo desde su cocina.

Como un amigo hace notar, el mordisqueado Andaur suele recorrer ese mundo salvaje con una inútil e incómoda bicicleta al hombro, por encargo de su auspiciador. Se comprende que con tal disfrutar de estas expediciones el conductor estaría dispuesto a cargar con una bicicleta de gimnasio, y haría ejercicio en ella sobre la cumbre del Monte Everest. Ante tales sinsentidos solo queda la justa indignación de toda la fauna del mundo.

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