El computador de Velasco


Por Juan Pablo Barros

Quizá le haya tocado alguna vez observar por televisión un debate del parlamento británico. Tal como en el viejo senado romano, los legisladores ingleses se enfrentan en dos galerías en las que no cuentan con otro accesorio que su silla curul. No hay mesas, micrófonos, computadores ni celulares a la vista. Los lores y comunes, si desean ocultar parte de sus personas, sólo pueden hacerlo cruzando los brazos o las piernas. Mientras, atinan a refutar o aprobar en alta voz las sucesivas intervenciones con sus “nay” o sus “yea”. Pues el escenario está pensado sólo para eso; cumplir el ritual político de escuchar y votar. Por lo mismo, resulta en esas desnudas circunstancias relativamente impensable la postal de una votación parlamentaria semi vacía, producto de la inasistencia de sus ilustres señorías.

Un proscenio semejante hubiese salvado al ministro de Hacienda, Andrés Velasco, del bochorno de ser sorprendido revisando, en plena sesión, documentos de la campaña de Eduardo Frei que tenía en su laptop. Sumando al hecho todo ese olorcillo a distraída intervención electoral. Una torpeza que no iguala, con todo, a los incontables diputados que han sido avistados navegando por páginas pornos en medio de trascendentes debates.

¿Cuál es el lesera de Velasco? Ciertamente, no es interesarse por la campaña presidencial del candidato de su coalición, que si lo hiciera en su dormitorio a nadie le importaría un rábano. Su problema fue matar el tiempo o, mejor dicho, tratar de ganar tiempo en medio del debate legislativo acerca de las cosas de su ministerio. ¿Puro protocolo? Talvez, pero por muy picantes que sean los legisladores presentes en el hemiciclo, se supone que él fue allá a otra cosa.

Aunque el creyente no esté interesado en las somníferas palabras del cura, o el público en el argumento de la película, pocos osan ponerse a hablar por celular en medio de una misa o en la butaca del cine.

Pero, insisto, el teatro en que se escenifica nuestra política formal está mal diseñado. Todos esos escritorios hacen pensar en pequeños privados, en los que se pueden ocultar los flojos, calentando la materia a último minuto o pasándose bajo la mesa torpedos y direcciones de sitios con fotos de milf suecas. Tanto mueble disimula, como en esos estadios que pintan los asientos de muchos colores, la falta de asistencia. Y todo termina por oler a congreso interamericano de funcionarios municipales. La mitad hace la cimarra. Otros aprovechan de revisar su correspondencia. El que habla se pone total atención, eso sí.

Entonces, partiría por reemplazar toda esa escenografía por unas cuantas bancas de la más incómoda madera. Así, a falta de distracciones y documentos que les dicten qué pensar, puede que los honorables y sus invitados se resignen a escucharse, a votar y, quizá algún día, a sacar sus propias conclusiones.

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