Por Juan Pablo Barros
Ilustración: Ajab

Veo el cadáver de Frei expuesto en la pantalla -como en un catafalco sobreiluminado- y pienso que la Concertación debe estar maldiciendo todos su vicios en este momento. Partiendo por el remedo de primarias que organizaron en los feudos agrícolas de la DC, donde el INDAP ronca con sus platas y se transan los acarreos, como si se tratara de una elección decimonónica.

Dijeron que hacer una primaria nacional en regla, como la que eligió a Lagos, era mucho gasto y derroche. Y nadie contaba con que Michelle Bachelet pudiera remontar sus modestos niveles de aprobación a mediados del año pasado. Así que organizaron una pantomima a la medida de un partido agonizante, pálido y purulento. La campanada de alerta era la deserción de Adolfo Zaldívar, seguramente el político menos carismático, a la vez que más intrascendente, que ha pasado por la palestra en los últimos años. Alguien como él solo podía llegar a la cúpula en medio de un clima de descomposición terminal. Pero el verdadero síntoma de agonía era atribuirle importancia a su alejamiento. Ahora, meses mediante, es otro cadáver.

A la Concertación la chantajeaba el miedo al quiebre definitivo. Y el cisma llegó de todas formas, impulsado por las torpes decisiones que buscaban evitarlo.

A la farsa de primarias con ganador premeditado se sumaron sólo los ávidos radicales, agazapados a las espera de una negociación ventajosa. Y aún en esas condiciones costó. Pero lograron sacar a Frei de candidato.

Pero es muy difícil estrenar dos veces Forrest Gamp con éxito.

Es verdad, Frei, por muy modesto político que sea, a veces resulta cumplidor. Su gravedad le juega a favor en ocasiones. Como en el debate anterior, cuando pareció uno de los menos frívolos y más serios.

Pero, a fuerza de mirarlo, resulta imposible ignorar sus limitaciones. Si ya lo vimos durante seis años, es cosa de refrescar la memoria.

Ayer estaba malhumorado. Como si le estuvieran haciendo perder el tiempo yendo a un programa de Telecanal. Parecía no percatarse de la importancia del momento, ni de lo desesperado de su situación.

Con una torpeza supina revelaba la falta de ideas en cada pregunta. Desorientado. Ahijandose a la olímpica figura de Bachelet. “Continuaremoh loh programas de la Bachelé”, respondía textualmente como un cavernícola. Llamaba, cual derechista clásico, a mirar al futuro cada vez que le recordaban los bloopers de su gobierno. En suma, se le veía como un boxeador a un paso del retiro o del parkinson.

Ahora solo lo puede salvar el miedo al populismo mega-empresarial a la Berlusconi. Temor fundado, por cierto. Pero los miedos mueven tradicionalmente al votante de derecha. Y en esta inversión de roles, el polichinela de los refranes, Piñera, se adjudica la esperanza… No se puede pedir a los ciudadanos de izquierda y centro que marquen eternamente en la papeleta el mal menor.

Las torpezas, tarde o temprano, se pagan. Y ahora lo más probable es que Frei y la DC sean quienes reciban la cuenta.