POR ALFREDO JOCELY-JOLT
Ilustración: Ajab
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Dicen que después de la batalla todos son generales. Así que reproducimos este texto de Jocelyn-Holt, publicado en la edición de papel de este pasquín, en la víspera del reciente combate electoral, la primera vuelta de las presidenciales. Sometemos al escrito, de esta manera, a la prueba de lo en parte consumado, asumiendo que es de interés para los que esperan la batalla final de enero.
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Si tuviera que definir esta elección diría que es crucial porque pone fin a la Concertación tal como la hemos entendido estos últimos veinte años. Cualquiera sea el desenlace, es muy posible que muchos poderosos hasta ahora no se repongan aunque sobrevivan. Las peleas internas que hemos visto en el comando de Frei –en resumidas cuentas, sobre quién maquilla al muerto— me liberan de cualquier otro comentario más sesudo. Con todo, ¿qué se espera de esta defunción, quién hereda qué de este finado hace años con cáncer terminal? Hay distintas maneras de responder a la pregunta.Si Aylwin fue el patriarca de este familión, Frei el hijo mayor, Lagos el tío pesado amigo de los banqueros, y la Bachelet, la segunda señora buena onda (ya antes, secretaria de repartición pública), no cuesta mucho imaginarse qué pasará ahora con la sucesión. Piñera, sin duda, es el gerente o el albacea, no muy claro con sus cuentas, mezcla de intruso y viejo pascuero que reparte lo que queda. Frei II, el hijito de su papá que reclama de nuevo la herencia, lo que a todas luces, si uno se atiene a las capacidades genéticas ya heredadas y conocido lo que hace una vez en acción el sujeto, es de una voracidad desproporcionada de su parte. En cambio, Marco –según Patricio Navia, el “hijo ilegítimo” de la segunda señora buena onda–, a mí me parece que calza (si hemos de seguir con este argumento contado así) más bien con el hijo indiscutible, legítimo, aunque largamente postergado de los repartos anteriores. Siempre ninguneado –por ser joven, frívolo, “ni ahí” con todo, o bueno para nada, un auténtico espécimen de su generación–, Marco, por lo visto, ha ido creciendo con el tiempo, se pegó un estirón, al punto que se le ve dispuesto a entrar al viejo ropero (La Moneda tiene ese aspecto) y ver qué hay allí con qué vestirse para enfrentar los desafíos de la empresa en litigio sucesorio, en quiebra, con deudas impagas, maquinaria obsoleta, en fin, un negocio hace rato de mala muerte. Por último, tenemos a Arrate. Curioso Arrate, da la impresión de ser un tío buena persona (a diferencia del tío pesado ése, el amigo de los banqueros) quien, años atrás, migró a Montevideo (fue embajador en Buenos Aires, pero es como muy uruguayo de pinta), y recién ahora reaparece en escena. Un poco tarde, aunque todavía joven de espíritu, si bien algo canoso (no “casposo” como el tío pesado, ahora medio calvo ). Supongo que “Años Dorados” Arrate en esta vuelta no aspira más que a un legado, a una cuarta de libre disposición, a fin de que le paguen una pensión digna a su gente –la izquierda sindical, jubilada–, y a sentarse a tomar mate y escuchar viejos longplays.
Pero, volvamos a lo puntual que nos interesa, ¿qué es lo que se juega en esta elección? O ¿qué va a pasar si gana quien gana?
Si gana Piñera el panorama se vislumbra entre abochornado y tórrido amenazante. La Concertación perderá La Moneda (su razón de ser desde hace años), sus líderes se culparán y acuchillarán entre ellos, y lo más probable es que tengan que inventarse un nuevo cuento mentiroso, muy distinto al que han estado acostumbrados a creerse pero esta vez en calidad de derrotados, sin brújula, habiendo perdido su supuesta fina sintonía con el país. Una Concertación derrotada confirmará cuán desconcertada viene siendo desde hace rato. En definitiva, si pierde la Concertación, muchos jerarcas tendrán que irse para la casa o al submundo privado, donde muchos de ellos estarán en su salsa. Uno que otro se cambiará de bando y comenzaremos a hablar del “concertacionismo-piñerista”, lo que va a quedar de la DC, del Mapu, del “Partido Transversal” y una gigante planilla de empleados fiscales a contrata. Ese “ocho vidas” de Patricio Aylwin seguramente servirá de nuevo de puente, al igual que cuando fue aliado de Sergio Onofre Jarpa y otros golpistas allá por los años 1970. El padrino de confirmación de toda esta operación, paradójicamente esta vez, será Gabriel Valdés en calidad de amigo de “Pepe y la Picha”, los papás del flamante nuevo presidente del directorio de monedabrand.cl. (¡otro más que suma “el Chatito de Oro”!).
Si gana Piñera tendremos, además, mucho de lo que ya tenemos pero elevado al cubo, sin atisbo alguno de vergüenza. Desde luego, un gobierno de derecha de escaparate, con rebajas al por mayor para quienes quieran cambiar su auto usado (marcas año 1990-2009) por uno nuevo, full equipo; casas Copeva pero mejoradas, con “departamento piloto” y sauna (húmedas ya lo son); cajeros automáticos a la salida de los jardines y guarderías infantiles para que desde niños se vayan acostumbrando al mundo que se les viene (si aumenta la inversión, con líneas de ahorro, crédito e incentivos para los nenes: si dicen “Tatán”: $ 50.000; si dejan el chupete: $ 100.000; si controlan el esfínter: $ 200.000 —y así sucesivamente); con muchos más “malls”, pero “todo a 1.000 pesos”, como en las micros; con cerros arrasados para “developments”, sin ni un arbusto nativo siquiera, salvo quizá frente a algún centro comunal con mástiles a los costados en calidad de “monumento ecológico-patrimonial al Árbol Caído”; el litoral central plagado de torres feas (Cochoa y San Alfonso del Mar multiplicados por cien o más); servicios de guardias privados, venta de alarmas, botones de pánico, y cámaras de vigilancia (el acuerdo “en off” a que llegó el candidato con los militares en retiro en las tres recientes reuniones que sostuvo con ellos); escuelas subvencionadas dadas en concesión perpetua a “Legionarios” de la educación; universidades privadas en cada barrio, incluidos los de menores ingresos, regentadas por jesuitas (y así vamos ampliando la cobertura educacional más acá de la “Cota Mil”); extensión de una cadena de clínicas, tipo Las Condes, a todas las ciudades de Chile con más de 50 mil habitantes; “farmafias” en las cuatro esquinas de cruces principales en poblaciones como Santa Julia, San Gregorio y La Victoria; enseñanza obligatoria del Catecismo vía twitter en todas las escuelas públicas del país (concesión a José Antonio Kast); bono-aguinaldo para cada madre soltera con más de tres hijos que se case (concesión a la Conferencia Episcopal); pasajes en Lan Chile y estadía gratis en algunos de los múltiples Chilelandia theme-parks que se construirán para los más aventajados alumnos de la enseñanza pública, quienes profundizarán en la inspirada obra del “filósofo” del nuevo régimen, Paulo Coelho (“Un hombre tiene que escoger. En esto reside su fuerza: en el poder de sus decisiones… Sólo quien es feliz puede repartir felicidad… Cuántas cosas perdemos por miedo a perder.”). No sigo más, seguro que entendieron cómo viene el asunto si gana el Tatánico.
Si gana Frei, sin embargo, el panorama no se ve mejor. Se mantiene la Concertación pero con balón de oxígeno, dieta para desdentados, tratamiento de diálisis en los sótanos de palacio, y periódicas cirugías estéticas a Camilo Escalona, Marcelo Schilling, Caco Latorre y otros de igual medio pelaje. De cuando en cuando, Aylwin (el tipo es inmortal), Lagos, Bachelet e Insulza, estos últimos tres trotamundos cuando recalen por estos lados (“despegamos, somos globalizados, el mundo también nos requiere”), serán llamados a darle su aliento a un hombre –me lo imagino– cada vez más con cara de piedra pómez (de origen volcánico, porosa, con una densidad menor que el agua, ergo, flota) y un manejo silábico progresivamente más reducido, necesitado de cualquier ayuda, la que venga, de donde venga. Estoy solamente haciendo una prognosis a partir del comportamiento que ha tenido últimamente el candidato.
Pobre Frei, si gana, igual pierde. Empezó tan decidido, desplazando a Lagos e Insulza, tan en contra de un Transantiago no estatal, a favor de una nueva constitución, crítico de una DC “ni chicha ni limoná” (sus propias palabras), en contra de esa parejita insondable (“el Gute y la Sole”) y sus innumerables “efe” tentáculos, hombre brumoso con cara curtida a hachazos, mirando el horizonte desde Rapa Nui, para convertirse en lo que hemos visto: un indeciso gusto a nada, crítico de la farándula hoy, mañana bailando en casas de reposo de la tercera edad, diciendo sí al aborto terapéutico, diciendo no a lo que ayer dijo que sí, el “sucesor de Allende” que donó su sueldo a la Junta Militar, displicente de todos (como oliendo mal) pero menos de sí mismo, supongo que por eso de que no hay hediondo que se huela. Si gana Frei, igual pierde. Si gana Frei, igual, cuatro años después, tendremos a un Piñera insaciable, a Longueira, Lavín, Bachelet, MEO o el que sea pechando por su cargo. Frei es pírrico. No es que sea fome (eso lo sabíamos, no necesitaba decirlo), el problema con Frei es que simplemente ya se la farreó.
Si gana MEO, será –supongo– como ha sido también hasta ahora su campaña, un salto al vacío, un ejercicio acrobático de “parkour” callejero, saltando, brincando cual ninja, vallas, muros, de edificio en edificio, sin desnucarse y deslumbrando a medio mundo. Una, más que posible, posibilidad; lo que es la otra: convirtiéndose en ex-guerrillero de palacio, con banda terciada al pecho, la bandolera en el baúl, subido de kilos, debiendo archivar su iconoclasia natural. Si gana MEO, ¿qué hará?, ¿con quién gobernará?, ¿cortará el cordón umbilical?, ¿mandará a Carlos de embajador a París y a Max a La Habana?, no lo veo abrazándose con Escalona y el “diputado designado” Schilling, pero ¿cómo si no? Preguntas legítimas. Tengo enormes esperanzas cifradas en Marco desde hace años (marcaré por él, sólo por él, nunca antes he votado). Sin Marco hace rato que Piñera habría arrasado. El país necesita tipos inteligentes y cultos como Marco, también de cuando en cuando de estos saltos de audacia mayor, pero no sería el historiador que soy si no reparara que esas muestras de temeridad, intrepidez, arrojo, y atrevimiento, en un país como el nuestro, son más propios de artistas, poetas y rebeldes, rara vez de políticos, y menos en tiempos calmados, y aún así, como en los casos de José Miguel Carrera, Bilbao, Joaquín Edwards Bello, la Mistral, Huidobro, Matta y Miguel Enríquez, su padre, debiendo exilarse, concitando la ira castigadora de la tribu, o terminando prematuramente no todo lo bien que se merecían.
De Arrate, a quien también estimo mucho, ya dije lo que tenía que señalar, salvo explicarlo una pizca más. Arrate, o mejor dicho el PC, obtuvieron lo que querían: que los convidaran a la mesa, que les reconocieran su “plus” en cada elección presidencial que ha habido estos 20 años. Atendible deseo, pero tardía su resolución, a la hora del café, sospechosamente electoralista de parte de Bachelet. En una de éstas, Frei pierde, y si gana, igual pierde. Si la Concertación está muerta, ¿de qué les sirve sumarse ahora? El PC agregándose a la mesa sin antes cambiar el sistema binominal –la estructura misma que ha estado causando la exclusión del pluralismo– es patéticamente mezquino. Arrate convirtiéndose en generalísimo de la campaña de Frei a medio camino no me gustó. Olía a comunismo antimirista, a sugerencia “escalonista-bacheletista -ex RDA” de última hora, a pacto oportunista debajo de la mesa. Los pensaba más serios.
Cualquiera sea el resultado, la Concertación está ¡por fin! muerta, ésta es la elección más decisiva para el curso futuro del país desde el plebiscito de 1988. Voten o no voten, pero que sea en conciencia, sin odio, sin violencia, y sin miedo. Alternativas no faltan, más bien, sobran.