POR PEPE LEMPIRA

Los rituales. Las acciones repetitivas. Los roles y las secuencias predecibles. El libreto, en suma. Una pesada membrana de todo eso que se mastica, pero no se traga, envuelve esta noche de luna llena, en la que no ha faltado (me acabo de enterar) quien profetice –de nuevo- que hoy llegará la réplica del terror, botando lo que haya quedado en pie.

En medio de este humor, entre apocalíptico y negro, el Día del Joven Combatiente, que en rigor es la Noche del mencionado muchacho, puede parecer un evento muy por debajo del cataclismo geológico e institucional que nos ofrecen todos los días los medios de comunicación, a manera de sádico aperitivo de las celebraciones del Bicentenario.

Pero, como en todo ritual que se precie, el Día del Joven Combatiente vuelve a hacerlo. O, más bien, los celebrantes logran que el acto fundacional vuelva a ocurrir. Cada actor representa su papel. El momento se invoca, y se consuma la magia: el instante vuelve a atravesar nuestro espacio-tiempo, como a través de un portal. En este caso por medio de una pantomima trágica. Si esa aparición continua sucediendo, el rito seguirá estando condenado a la repetición. Y la reiteración, en el caso de los ritos, es el éxito.

El asesinato de los hermanos Vergara vuelve a ocurrir simbólicamente, cuando la inerme romería de Villa Francia es atacada por Carabineros sin mediar provocación. El acto de abuso, la asimetría y la impotencia de las víctimas suceden de nuevo. Y el ejercicio del ritual nos comprueba que nuestros demonios atávicos gozan de excelente salud, justo cuando el paisaje mismo del país parece convaleciente.

El ritual, en este caso, no es tan sencillo. Como todas las celebraciones sacramentales con arraigo, se trata de una festividad repleta de sincretismo. Hay un culto oficial: la represión y la manifestación de Villa Francia, que reencarnan las posturas de los protagonistas originales. El Estado no se resta de las solemnidades y cumple su papel a cabalidad en este Te Deum nocturno. Y vuelven a escenificarse las señales sobre la comunidad (las detonaciones), se reviven los movimientos (convulsos), las caras (enrojecidas), la respiración (entrecortada y salada). Y los sentimientos se agolpan en el pecho de los presentes. Nada ha cambiado. Unos siguen sintiendo que hay que reprimir. Y otros, que hay que resistir.

Pero el culto paralelo ha hilado sus propios dogmas en este simbolismo que le resulta tan familiar. La sangre y el achoramiento tienen seguidores desde siempre en este valle con tradición de bandidaje. Las balas, las balizas y la noche convocan por si solas a estas saturnales, que llegan precisamente en el primer plenilunio de otoño.

A la luz del fuego, los danzantes hacen sus exhibiciones ante los cófrades, intentando realizar alguna pirueta que las sombras trémulas de las fogatas impriman magnificadas en la memoria de la propia tribu.

Ambos cultos son brutales. Ambos tienen arraigo. Y ambos dicen algo. Hasta nuevo aviso, somos nuestro peor enemigo. Y todos (presidente, intendente, policía, militantes, choros y pendejos brígidos) están dispuestos a conmemorarlo… A no olvidarlo.