La Culebra del Kiosco
En la vida silvestre, las culebras se cuidan de no ser comidas por depredadores salvajes; en Santiago, en cambio, el peligro está en los escolares que las matan a palos a metros de la Biblioteca Nacional; en las mountain bike que pasan a toda velocidad cuesta abajo por el Cerro San Cristóbal o con las arañas pollitos de Providencia, con las que tienen serios encontrones.

No es fácil ser culebra y vivir en pleno centro de Santiago. Menos si se vive a escasas cuadras de las multitiendas, a metros por donde pasan las micros, a escasos pasos de la estación de Metro, rodeadas de turistas o a centímetros de una pareja atracando en pleno cerro Santa Lucía, con el riesgo de que se revuelquen fogosamente sobre un montón de piedras donde tienen armada su casa. Ahí no hay nada qué hacer más que huir, silenciosamente, a buscar un nuevo lugar para vivir.

El verano pasado, una de las culebras que viven muy discretas en el cerro Santa Lucía, específicamente en la Terraza Caupolicán, salió a tomar el sol y se encontró frente a frente con Lila González, dueña hace 20 años de uno de los dos kioscos del sector. Era la primera vez que se veían, el menos por parte de la mujer. Lila casi se murió de susto -y viceversa- cuando la enfrentó. Gritó tan fuerte que alertó a los trabajadores, que llegaron a ver qué le pasaba.
Hugo Ureta, el jefe de jardines, la tranquilizó.

-Ah, una culebra- dijo con la misma tranquilidad que si hablara de una paloma de la Plaza de Armas.

Ureta está acostumbrado a ellas. Se crió en el cerro: su padre fue jefe de jardines durante 34 años y él heredó su puesto: ya lleva 41 años allí y conoce la vida del lugar como la palma de su mano. La vida salvaje, claro. Culebras ha visto muchas, también las ha encontrado destrozadas por la mitad, cuando ha sorprendido escolares partiéndolas con un palo. Uno de los guardias del cerro halló en el verano a una muerta. En su billetera guardó un pedazo de su piel para la buena suerte. “No sé para qué las matan, si no molestan a nadie”, dice.

Mientras Lila González recuperaba el habla, la culebra -que estaba en unas hojas frente a la reja de un jardín y tan asustada como la mujer-, se metió rápidamente debajo de una gran piedra por un hueco de no más de tres centímetros de alto. No salió en una semana. O no se dejó ver, pues son ultra discretas. Hasta que se empezó a asomar nuevamente, cerca del mediodía, a tomar sol. A esas alturas, la dueña del kiosko la miraba hasta con cariño, pero con distancia. Y menos mal, pues son venenosas y sólo si las provocan, con su diente que tienen escondido atrás, en su mandíbula, pueden morder.

“Yo sugeriría a la gente que no sabe manejar culebras que no se meta con ellas, porque su mordida no es inofensiva. Pueden provocar un cuadro de alergia muy grave e infecciones, porque comen ratones” dice Herman Núñez, profesor de biología y experto en reptiles del Museo de Historia Natural. Él ha visto dos veces a culebras desplazándose por el Cerro Santa Lucía. La más grande medía 1.80 metros: “Viven en las laderas”, cuenta.

Cómo se han mantenido en plena ciudad y desde cuándo están es una pregunta sin respuesta. “Es probable que estén allá desde hace muchos años, porque tienen qué comer. Lo que pasa es que no nos hemos percatado de su presencia”, dice.
Núñez recuerda un viaje que hizo a Inglaterra para conocer el trabajo de un científico que constató que en un sector donde había 12 especies de culebras, vecinos que habían caminado por ahí paseando a sus perros durante 25 años, jamás habían visto un reptil ni un anfibio.

Sobre las culebras santiaguinas, cree que han “aprendido” a mantenerse muy secretamente. “No sé si los animales aprenden en realidad, pero al menos saben cómo comportarse”. Y como la comida abunda, siguen perpetuándose. Su menú: ratones, lagartijas y pájaros que anidan en el suelo. Todos santiaguinos, como ellas.

En el Cerro San Cristóbal las culebras se desplazan con relajo. “Se cruzan por el camino y se ven harto en el verano”, dice el veterinario del Parque Metropolitano Víctor Riveros, quien conoce a toda la fauna del sector y ha sido hasta mordido por ellas.

Pese a que este parque es la reserva natural más grande de Santiago, con 700 hectáreas, allá las culebras han tenido varios encontrones con las arañas pollitos por problemas de espacio y alimentación. “A veces se meten en las cuevas de las arañas pollitos, les roban la casa y se las comen. En ocasiones, las arañas grandes atacan a las culebras más chicas”, cuenta Riveros.

Pero no sólo invaden “casas” de arañas. Han llegado hasta al límite de Providencia con Ñuñoa. Eso lo sabe el escritor Roberto Merino, cuando vivía en Los Leones con Simón Bolívar.

-Disculpe, hay una culebra en su jardín-le avisó un vecino.

Para el reptil, la cosa era al revés: un hombre estaba en su territorio.

Ojo con los Predadores

Lo peor que le puede pasar a una paloma o una tórtola en el centro de Santiago es que un halcón peregrino lo atrape en el vuelo, se lo lleve y se lo coma. Se trata de un riesgo que también viven a diario pequeños pajarillos de la ciudad, que deben andar con cautela por los árboles, por si se les aparece un predador: un peuco, un cernícalo, uno de los aguiluchos que sobrevuelan Providencia o uno de los tiuques que recorren, entre otras varias comunas, Macul.

Incluso, hasta entre los predadores hay de vez en cuando espantosas disputas, como la que vio hace poco en Macul el doctor Michel Sallaberry, del Departamento de Ciencias Ecológicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, un lugar escogido por varias especies para vivir por la cantidad de árboles nativos: un peuco era agredido a picotazos por una pandilla de tiuques, una especie de aves rapaces carroñeras que viven en la ciudad. La razón aparente: la “víctima” invadió su espacio y había que expulsarla sí o sí.

Otras escenas violentas se han visto en el Puente Purísima, donde las gaviotas, que comen excremento humano y cadáveres, han llegado a matar palomas a vista de los transeúntes. Las gaviotas de Santiago cambian según la estación: en invierno llegan desde las playas y roqueríos de la costa central, desde la Quinta Región, la especie dominicana, que es blanca con negro. En verano, cuando las primeras se van, vienen las de Franklin, volando directamente desde el hemisferio norte: la mayor parte se queda cerca del mar; otras siguen por las desembocaduras de los ríos hasta el Mapocho. Un largo viaje para comer la caca de los santiaguinos.

Halcones en la CTC

Los halcones peregrinos suelen andar en pareja y sobrevuelan Santiago en las alturas. Incluso, a la Unión de Ornitólogos de Chile llegó información de una pareja que vivía en lo alto del edificio de la CTC, en el corazón de Plaza Italia. Y como necesitan altura, muchos piensan que la torre del Marriot es otro muy buen lugar para vivir, donde tal como a sus exclusivos pasajeros, nadie los molestará. También, un excelente mirador para cazar.

En la Región Metropolitana viven unas 70 especies de aves, pero en Santiago, adaptados al tráfico urbano y entre los árboles o entretechos -como los agresivos gorriones- unas 20.

Los pájaros cambian según la estación. En invierno se llena de picaflores, que llegan desde el sur a buscar a la ciudad flores largas para introducir su pico y sacar el néctar. Los gusanos de las plazas también están dentro de su menú. Entre los picaflores, que deben cuidarse de los predadores grandes, suelen ser muy peleadores: si uno se atreve a volar en su territorio de flores, será perseguido hasta la expulsión a fin de asegurarse la comida para el día siguiente. “Son agresivos. No aceptan que venga otro y le coman ‘la color’. Se pegan topones y tienen encontrones bastante violentos”, dice el ornitólogo Juan Aguirre, coautor del libro Aves de Santiago.

En la ciudad, los pájaros usuales -y que se alimentan o de pequeños insectos o de frutas- son las tórtolas, los chincoles, zorzales, perdices, chercanes, tencas, loicas y picaflores. También hay viuditas, fiofío, caturras argentinas (invasoras y peleadoras), palomas (son las más sucias y hasta han sido vistas comiendo desechos humanos en hospitales), codornices y mirlos, los más patudos: ponen sus huevos en nidos ajenos.

Los pájaros pequeños suelen salir a buscar comida de día. Son los mismos que al amanecer cantan como locos, algo que puede oírse si uno se levanta muy temprano o llega a su casa a la hora que entregan el diario…

Según una tesis que dirigió el veterinario del Parque Metropolitano Víctor Riveros, especies de pájaros que prácticamente habían desaparecido de la ciudad a fines de los ’60 y comienzos de los ’70, han regresado a Santiago. Para eso se hizo un conteo durante seis meses y se descubrió que en el Parque, el Bosque Santiago y el Parque Intercomunal de La Reina, están de regreso las loicas, tencas, zorzales jilgueros, etc. Claro que a esos lugares vuelven a dormir: de día se van a la ciudad.

Incluso se detectó un águila que de vez en cuando anda por Pedro de Valdivia Norte y una pareja de aguiluchos en el cerro San Cristóbal, que ha sido vista volando por Providencia.

Cuidado con el Zorro

En el Parque Metropolitano, mientras una culebra pelea a muerte con una araña pollito, un cernícalo persigue un pajarillo y un ciclista pedalea en una infartante subida camino a la vírgen del Cerro San Cristóbal a tomarse un mote con huesillos, en un acantilado un zorro chilla está alerta a que se le atraviese un conejo silvestre para atraparlo y darse un festín.

En el Cerro San Cristóbal han sido vistos por lo menos cuatro o cinco zorros de esta especie. Para eso hay que pararse en el Mirador Santiago, conocido también como el mirador de los jubilados -y que tiene vista hacia Plaza Italia y el sector oriente y centro de la ciudad- y observar hacia un acantilado, donde suelen ir. Y ladrar.

A los zorros del Parque, el ruido los ahuyenta. Y si es mucho, corren a esconderse a sus cuevas y no salen en cuatro o cinco días.

“Se ponen en el acantilado y nos miran y nos ladran”, dice Víctor Riveros, veterinario del Parque. Incluso, los han oído pelear con los perros. Pero ganan los zorros: los hacen tontos, pues corren en forma de ocho, los marean y los pierden.
En el Parque, los cuidadores que viven allí no pueden tener gallinas, pues son un platillo delicioso para los zorros chilla (y para los peucos que vuelan el sector), una de las pocas especies de mamíferos que viven en forma silvestre en las 700 hectáreas. También hay conejos de campo -su menú- y quiques, una especie muy parecida a los hurones, pero peleadora y muy agresiva. Y que se comen a los ratones y pájaros como perdices y codornices y hasta las culebras, si se les aparecen.

Se les puede ver, con suerte, caminando en familia: el macho primero, las crías al medio y la madre al final. “Yo los he visto. Vi una hembra con sus crías cerca de la Casa de la Cultura”, dice el veterinario, quien incluso ha encontrado especies de mamíferos que se pensaban desaparecidas en Santiago, como el ratón oliváceo, el cururo (ratón negro) y el ratón lanudo o de espino. Y que nada tienen que ver con los roedores que habitan los barrios de la ciudad, todos exportados y cochinos: la rata negra o de tejado, la laucha y el guarén, expertos en comer basura humana y víctimas, a su vez, de las aves predadoras de Santiago y de las culebras del Cerro Santa Lucía, en el centro.

La Lagartija Play Boy

Una lagartija de “pantalón” azul y “chaqueta” amarilla aferrada a un árbol y mirando hacia la vereda, no está preocupada por la gente que pasa por ahí, aunque le tema. Lo que está haciendo en realidad ese macho de lagartija esbelta, es esperar a que pase una hembra para raptarla y sumarla a su harem.

Junto a la culebra chilena y al sapo de cuatro ojos -que llega en invierno al Paradero 5 de Vicuña Mackenna, arrastrado por las aguas de la Quebrada de Macul, y dura vivo en la ciudad unas 48 horas-, la lagartija esbelta (Liolaemus tenuis) forma parte de las escasas tres especies de reptiles y anfibios que aun viven en Santiago. Ella habita casi en todas partes, como el Parque Forestal o en casas donde haya muros y enredaderas. Y en los cerros San Cristóbal y Santa Lucía. Su problema diario: que no se la coma un pájaro o una culebra.

A diferencia de otras especies que han retrocedido de la ciudad, como la lagartija oscura y la lagartija lemniscata, la esbelta se acomodó a la vida urbana. Herman Núñez, experto en reptiles, recuerda que hace unos 30 años, en el sector de las torres de Macul, era posible ver muchas lagartijas oscuras, pero ya no. “En 25 años he visto apenas una y en la Laguna Caren”. Y la última lemniscata que vio (es café con líneas amarillas), fue en el antiguo edificio de El Mercurio, en Compañía con Morandé.

Ahora, esas dos especies viven en las afueras de Santiago o en los parques.

Durante el día, un macho de lagartija esbelta come insectos y rapta hembras. Las corretea hasta hacerlas subir a su árbol-harem. También está alerta para que otro macho no intente quitarle lo suyo. Un cara a cara es muy agresivo: mueven sus cabezas muy amenazantes…

En su harem hay verdaderas batallas. “Se establecen jararquías por el grado de agresividad. Y mientras más grande sea el árbol, más hembras tendrá. Ellas compiten. La hembra jefa, la alfa, le pegará a la beta; la beta a la gama y así sucesivamente”, explica Núñez.

La más fuerte logra más comida y copulaciones. La más débil termina por huir hasta ser raptada para otro harem.
Tanto se han adaptado que han aprendido a cuidarse hasta de la gente. Una investigación realizada en los ’80 por Antonieta Labra midió la distancia crítica de acercamiento de un depredador en lagartijas de ciudad que vivían en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile. Y estableció que la misma especie en su versión de campo, toleraba a un metro de distancia una persona, mientras que la urbana lo soportaba a dos metros. “Pareciera ser que aprendieron, entre comillas, a tener un comportamiento más cuidadoso. Las de campo serían más confiadas que las que viven en la ciudad”, explica Núñez.

De noche Santiago es peligroso

Los ratones degollados y picoteados en las calles de Santiago al amanecer, dan cuenta que algo pasó ahí: fueron atacados por las lechuzas blancas y chunchos que vuelan buscando de noche qué comer. Aves que de día son prácticamente imposibles de ver: se esconden en los árboles o entretechos y duermen pese al ruido de la ciudad.

De noche tampoco es fácil verlos, pero hay que estar atentos: el sonido que emiten al cazar es muy fuerte y peculiar. Los ornitólogos son especialistas en ubicarlos. Y saben, además, que si tienen suerte y pillan un pequeño pájaro diurno durmiendo en un árbol, como un chincol o un picaflor, se lo comen. “En los basurales hay muchos roedores y ahí van a llegar las lechuzas y búhos”, dice el ornitólogo Juan Aguirre, autor del libro Aves de Santiago.

Santiago por las noches puede ser muy peligroso para algunos y la fauna cambia totalmente: las cucarachas, que salen siempre de la misma alcantarilla, son atrapadas por los búhos; los ratones, lauchas y guarenes, comidos por las lechuzas y los gatos; las moscas devoradas por las arañas de rincón que viven en todas las casas de Santiago y dentro de los libros, detrás de los cuadros o los clóset en la oscuridad; las de rincón matadas por las arañas de patas atigradas; los conejos silvestres cazados por los zorros chilla del Cerro San Cristóbal; las polillas tragadas por los murciélagos que a diario buscan insectos y éstos, a su vez, comidos por lechuzas; la sangre de la gente succionada por chinches (parecen una chinitas aplastadas) que se esconden en la madera de la cama, a la altura de la almohada. Esto, mientras los ácaros, invisibles para el ojo humano, comen los restos de piel seca que caen a la alfombra.

“A los chinches les gustan los somieres antiguos, donde hay madera. Son de ataque rápido. Cuando hay uno, habitualmente hay más”, dice el entomólogo Mario Elgueta. Incluso, pueden pasar meses sin comer, escondidos en un mueble viejo hasta que aparezca su manjar: la sangre. Lo mismo con que se alimentan los otros hematófogos, como los piojos, pulgas y zancudos, a su vez, menú de araña.

En Santiago, sin contar las especies del Parque Metropolitano (zorros, quiques y conejos silvestres), los únicos mamíferos no domesticables como los gatos y los perros que viven cómodamente en la ciudad son tres tipos de ratones, todos importados: la laucha, que vive dentro de las casas o a la altura del suelo y es capaz de entrar a un lugar por ínfimos agujeros; la rata negra (o del tejado) y el guarén o pericote, que está en las alcantarillas y tiene la habilidad de nadar contra la corriente: puede llegar hasta un veinteavo piso y aparecer en el baño por la cañería buscando comida, tal cual una cucaracha.

Ratones pandilleros

Los ratones viven en todas partes de la ciudad, pero sobre todo en sectores donde hay mayor cantidad de basura. Sus nidos los hacen en las alcantarillas o en cualquier espacio que consideren apto a la altura del suelo o en subterráneos: lo roen hasta que se lo inventan y duermen ahí. Un roedor de ciudad, que come desperdicios humanos, hace nidos muy distintos al de uno de campo, que es más natural y lo construye con ramitas. El urbano, en cambio, pone dentro todo lo que puede: papeles, bolsas de nylon, pedazos de ropa y cuanta mugre encuentren; mugre botada por la gente. “Yo he encontrado hasta botellas desechables dentro de sus nidos”, dice Hugo Ureta, jefe de jardines del Cerro Santa Lucía, un sector donde en las noches hay verdaderas batallas campales de la fauna santiaguina. Por la mañana los cadáveres lo denotan, los que a su vez serán comidos por la hormiga argentina, la que manda en Santiago (ver nota aparte).

Arturo Mann, veterinario, recuerda que en una alcantarilla de Providencia halló un enorme nido de ratones: “Allí los nidos son más asquerosos y muy grandes, de unos 50 centímetros cuadrados para una pareja de ratones. Pueden llegar a tener un kilo de materia con trapos, pajas, restos de ropa y hasta botellas. Tiene que ser calientito para sus crías. Era asqueroso”.

Saber cuántos ratones hay en Santiago, es imposible. Tienen de 8 a 10 crías unas cuatro veces al año. “En Chile no hay ningún estudio que cuente ratones, como sí lo hay en Europa, pero en el campo uno sí los puede estimar. Si vas por el campo y no ves ningún ratón, ten por seguro que hay. Si ves uno cruzarte en tu camino, quiere decir que la densidad debe ser al menos 150 por hectárea y si ves muchos, la densidad de ratones es cientos y cientos”, dice José Yánez, zoólogo y especialista en roedores.

Las ratas viven hacinadas. Y tienen jerarquías: hay unas más dominantes que otras. Se pelean por comida: se paran en dos patas y se agreden. A mayor cantidad, peor es el ambiente entre ellas. Incluso, en condiciones de laboratorio, se ha observado que se agrupan en pandillas por lazos familiares. “Uno piensa que en la vida al aire libre debiera pasar lo mismo: a mayor densidad, más estrés. Esto podría suceder en Santiago, pero no está estudiado”, dice Yánez.

Las come cadáveres

Dentro de dos meses, en San Carlos de Apoquindo habrá hormigones hembras camponotus volando y siendo copuladas por un enjambre de machos de una sola vez. Alas que usan sólo para ese momento; luego las eliminan. Los machos, después de ‘hacer las tareas’, morirán: no saben cómo alimentarse.

Los camponotus son una de las tres especies que están cerca de la ciudad (muerden muy fuerte), pero la hormiga que manda en Santiago es la argentina, que llegó a Chile en 1910, invadió la ciudad y es una de las más evolucionadas socialmente.

El veterinario Joaquín Ipinza-Regla, profesor de zoología y etología de la Universidad Mayor, es el único experto en Chile en hormigas. Y como son las responsables de comer todos los cadáveres de la ciudad -junto a moscas y coleópte-rtos necrobia que viven en Recoleta, cerca del cementerio y del Servicio Médico Legal- postula que tienen gérmenes dañinos para los humanos.

La argentina -menú de pájaros y lagartijas- entra a las casas y, en rigor, pasa de un cadáver al azucarero. Viven bajo tierra y hasta dentro de los cables eléctricos. Ipinza-Regla utiliza el término Hermetismo de las Hormigas, lo que implica que cuando la otra especie de Santiago, la chilena brachymyrmex giardii, trata de entrar a su territorio, la expulsa agresivamente.

En Europa, las argentinas, que en realidad son bolivianas, han formado hipersociedades y tienen un solo reino. “Es que allá no hay hermetismo”, dice el doctor.

Qué comen: además de cadávares, aman el excremento de los pulgones (que a su vez son menú de las chinitas), porque es dulcecito.

Murciélagos puntuales

Todos los días, entre fines de agosto y abril, casi exactamente media hora después de que se esconde el sol, miles de murciélagos de Santiago salen a cazar insectos. Miles de miles, porque una colonia puede llegar a tener de 2 mil a 200 mil en apenas dos metros cuadrados, desde donde se cuelgan como un enjambre: unos se quedan volando en las calles de la ciudad y otros van hacia las afueras, tal vez hasta Melipilla.

Siempre vuelven al mismo lugar de donde salieron: campanarios de iglesias de todas las comunas, entretechos de edificios de cuatro a cinco pisos y techos de zinc o de tejas pizarreño o pequeños huecos o grietas en casas nuevas o viejas, porque caben en todas partes: miden ocho centímetros. Nunca regresan más allá de 12 o 12:30 de la noche: comen insectos durante unas cuatro horas y después a dormir. Tal como están ahora. Despertarán dentro de un mes y medio más y sobrevolarán Santiago otra vez y con sus crías, que a veces se caen porque están aprendiendo a “aletear”.

En Chile hay nueve especies de murciélagos y en Santiago viven dos, muy adaptadas. El más común, el de cola libre o guanero (porque hacen mucha caca) y el orejudo u oreja de ratón, que es mucho más inteligente. El primero vive en colonias, hacinado y es el que usualmente se contagia con el virus de la rabia y, el segundo, solo o de dos o tres. Pero es escaso. ¿Cómo verlos? Tratando de olvidarse del ruido de las micros. Y mirar hacia el cielo, sobre todo cuando uno cree oír el chirreo de un cable eléctrico. “Se sienten como un pzzzzzz”, dice José Yánez, zoólogo especialista en mamíferos del Museo de Historia Natural, quien ha visto en varias partes. Una de ellas, la iglesia amarilla de Carlos Antúnez con Providencia.

“No hay una sola comuna que no tenga”, dice el veterinario y experto en murciélagos, Arturo Mann. Hasta hace poco vivía en Pocuro y todos los días, al atardecer, salía a mirarlos pasar con su lector ultra sonido, con el que puede captar la especie y hasta la frecuencia de su “canto”, pues el ruido al momento de cazar es imperceptible al oído humano.
Una forma menos sofisticada de saber dónde están es su espantoso olor mentolado. O la gran cantidad de caca, debido a que comen demasiado: aunque se parece a la del ratón, su feca tiene pedazos de insectos. Tanto es su excremento que en Texas, Estados Unidos, el “bad guano” del mismo murciélago que vive en Santiago es grito y plata. “Allá hay una cueva con millones de murciélagos. Es un fertilizante espectacular. Es tanta la cantidad que la sacan con aspiradora, con grandes tubos”, cuenta Mann.

Los murciélagos cazan en la ciudad entre los dos y los seis metros de altura y vuelan a 50 kilómetros por hora. Su menú favorito: las polillas o mariposas nocturnas, razón suficiente para no eliminarlos, explica Fernando Chilet, veterinario y director de higiene ambiental de la Municipalidad de Santiago, y quien ha visto cientos sobrevolando el área del cerro Santa Lucía, a pasos de la Alameda. “Es que cumplen un rol, si no estaríamos plagados de polillas”, explica. Sólo se eliminan cuando se descubre uno con rabia, lo que significa que su colonia de origen debe ser sacrificada. Esto, porque el virus se propaga muy fácil, por el hacinamiento en que viven y porque entre ellos son muy limpios: se lamen unos con otros.
Lo que menos comen los murciélagos santiaguinos son zancudos, pese a que van a tomar agua varias veces durante la noche, a piscinas de casas del sector oriente, tranques o piletas. Lo hacen porque transpiran mucho cuando vuelan, por eso prefieren lugares donde hay agua. Y luz, por los insectos.

Mann, incluso, tiene una teoría: cree que si se han quedado en Santiago, es por la comida. Y que mientras más se pone énfasis en la seguridad ciudadana, más luminarias tienen ciertas comunas de la ciudad. Por tanto hay más polillas y, por cierto, más murciélagos.

Los murciélagos copulan y después se van a hibernar (hay humanos que hacen lo mismo, y además fuman). La hembra ovula recién a fines de agosto, cuando despierta. Tienen una sola cría: pare colgando de sus pulgares y sostiene a su hijo con una tela que tiene entre las piernas, para que no se le caiga.

Si tiene suerte, y oye un pzzzzz, podrá verla volando con su cría aferrada, pues tiene las tetas en sus axilas. Puede ser en La Alameda, Providencia o en el sector del Parque O’Higgins, donde viven muchos por el tipo de casas.

Ya sabe: salen poco antes de que empiecen las noticias y regresan a la segunda edición, cuando comienza Medianoche o Última Mirada.

A la misma hora en que Santiago es sobrevolado por las lechuzas que salen a cazar ratones.

Los Invasores

Él es negro azulado, muy brillante y mide hasta 12 centímetros. Ella, café oscuro opaco y un poco más pequeña. Cuando una pareja de mirlos anda caminando concentrada por Santiago, es porque busca un nido ajeno donde la hembra quiere poner su huevo. Pero no un nido cualquiera, sino el de un pájaro pequeño chileno, como un chincol, una diuca o una loica, que acepte su situación sin abrir el pico.

Usualmente, los elegidos -o calzados- son los chincoles, que de un día para otro se encuentran con un huevo mucho más grande que los suyos y deben adoptar un polluelo que sobrepasa en tamaño a sus padres adoptivos.

“Son especies parásitas”, dice el ornitólogo Juan Aguirre. Pero el jardinero del Cerro San Lucía, Hugo Ureta, es bastante más directo para catalogarlos. Nada de metáforas: “Ah, los mirlos, esos cafiches”.

Por eso, no es raro ver en una plaza a una pequeña hembra chincol seguida por unos pocos polluelos y por un pájaro negro y grande, que le pedirá gusanos tal como si hubiese sido empollado por ella.

Los mirlos no son los únicos invasores. Los gorriones, por ejemplo, son una de las especies introducidas más agresivas de las aves de la ciudad, pese a su pequeño tamaño. Son los más peleadores y territoriales de Santiago y hasta han logrado expulsar de su territorio, los árboles y entretechos, a varias especies endémicas. Sólo un predador puede callarlos para siempre.

“Las especies introducidas afectan a las nativas. Eso ocurre mucho en la ciudad”, dice el doctor Michel Sallaverry, de la Universidad de Chile, mientras camina por el patio de la Facultad de Ciencias, en Macul. Con un sólo silbido llama a lo menos tres especies de pajarillos, como viuditas, gorriones y fiofío, que se acercan alertadas por el canto.

La última invasión a Santiago ha sido la caturra argentina, que llegó a Chile como mascota a mitad de los ’80 y ahora es una plaga: se tomaron la Plaza Ñuñoa y varios sectores de Providencia, Las Condes y casi todas las comunas. Hacen nidos comunes que parecen verdaderos edificios con distintas entradas. Sus árboles predilectos: las palmeras y araucarias. Gritan todo el día y casi no tienen predadores: se esconden muy bien. El alimento les sobra: comen frutas de los árboles de las casas.

Por ahora, como eran mascotas, sólo viven en ciudades. El problema, dice Aguirre, es cuando se expandan hacia los campos y se coman las frutas. “No hay olvidar que Chile es un país exportador”, dice.

Las caturras argentinas, además, son sumamente peleadoras y agresivas. Eso lo sabe bien el veterinario Víctor Riveros, quien las ha tenido ocasionalmente de pacientes: “Son capaces de sacarte la punta del dedo”, vaticina.