Por Barbet Schroeder para El Malpensante

Jamás han cesado los malos entendidos ni las opiniones opuestas sobre Charles Bukowski. En Alemania lo consideran uno de los grandes autores de nuestro tiempo y sus obras completas se han vendido más que los libros de ningún otro escritor. Y, sin embargo, el “establecimiento literario” de la Costa Oeste norteamericana aún no lo toma en serio.

Una confusión común es considerarlo un poeta beat. Nada más lejano de la verdad. La ciudad de Los Ángeles ha producido muy pocos grandes hombres; Charles Bukowski es uno de ellos. En tanto producto y cronista del mundo de los empleados de poca monta, era demasiado tímido y orgulloso como para unirse a un movimiento bohemio, que de cualquier forma no habría podido pagar. En vez de ello, Bukowski se zambulló en la clase trabajadora/bebedora, mientras leía autores que escribían honestamente acerca de lo que él también veía. Dostoievski, Céline, Hemingway, Knut Hamsun, Nietzsche, Schopenhauer, etc.

Su forma de beber y escribir contribuyó también a la leyenda que lo rodeaba de “viejo verde”, imagen basada en su propia realidad pero “mejorada”. Algo bastante común para un artista; especialmente para un escritor que evita las narraciones en tercera persona y escribe sobre sí mismo como un borracho combativo, divertido y provocador. Pero, en el caso de Bukowski, aquí se esconde uno de los elementos más importantes de su personalidad: una sensibilidad extrema, casi femenina, acompañada de un gran sentido de la decencia y el respeto por los demás. A menudo podía ser cruel en sus certeros comentarios sobre la gente, pero, aparte de eso, literalmente no habría matado una mosca.

En mi devedé The Charles Bukowski Tapes (cincuenta de sus monólogos improvisados, filmados entre 1983 y 1984), hay un pasaje muy revelador en el segmento titulado “Naturaleza”: “Las personas son indiferentes. No se involucran en el juego de la araña con la mosca. Yo me involucro. Yo soy la mosca”. Este es el Bukowski sensible que uno descubre cuando lee sus más bellos poemas, por ejemplo los agrupados en El amor es un perro del infierno, uno de sus 27 libros de poesía.

Sus admiradores se dividen por igual entre quienes prefieren su poesía y quienes se apasionan por su prosa. Para muchos, Bukowski cambió completamente la naturaleza de la poesía en Estados Unidos. En cuanto a su narrativa, estaba condenado a seguir los pasos de Hemingway, pero tenía una voz más oscura y divertida. Mujeres, quizá la mejor de sus siete novelas y una especie de complemento en prosa para El amor es un perro del infierno, comienza así: “Yo tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro”. En las siguientes trescientas páginas, echando mano de su fama recién adquirida, el personaje se pone al día, a un paso rápido e hilarante, para terminar en una relación duradera con la única mujer que al inicio se negó a acostarse con él.

Cuando pienso en Bukowski, en mi cabeza resuena el título San Genet, comediante y mártir, el famoso libro de Jean-Paul Sartre. A mi mente vienen sin cesar las imágenes de un tipo de santo o de uno de los cientos de discípulos de Diógenes que aparecieron constantemente tras su muerte, durante setecientos años, antes del triunfo de Cristo. Al usar su locura, Bukowski procuró no ser visto como un tipo sabio, aunque frecuentemente fue esa la impresión con que quedaron quienes lo conocieron. Un humor negro y devastador fue su armadura contra cualquiera que decidiera tomarlo demasiado en serio y, sin embargo, él fue muy serio y muy lúcido con respecto a su talento.

Incluso en su forma de beber había una suerte de sabiduría que mantuvo fresca su escritura y que le permitió conjurar su propia destrucción. Dejar el trago, por ejemplo, fue algo que hizo de forma muy elegante. Yo lo vi en el costado este de Hollywood cuando empezaba a reducir su consumo, a la edad de 58 años, pasando de los licores fuertes al vino blanco –vino, sí, aunque en cantidades muy grandes–. Durante los primeros días de nuestro trabajo en Barfly, normalmente había doce botellas de vino barato alemán tiradas en el suelo a las tres de la mañana. Un año después, ya no bebía antes del atardecer. Más tarde, pasaría del vino blanco al tinto, y mucho, mucho después, tan solo bebería una botella cada dos días.

Volvió a los licores fuertes en algunas ocasiones muy raras, como una vez en una elegante comida con motivo del lanzamiento de un disco en un hotel de Beverly Hills. En una mesa detrás de nosotros se sentó Arnold Schwarzenegger, a quien Hank intentó provocar: “Si en verdad eres tan rudo”, le dijo, “ven afuera y demuéstramelo”. En estado de pánico, los agentes de prensa de Schwarzenegger le señalaban a Arnold que no respondiera. Más tarde, Hank se robó un trinche afilado de la cocina y se fue con él “a cazar ricos”, escupiendo a los Rolls-Royce que llegaban.

Para su quimioterapia, por supuesto, tuvo que dejarlo todo, incluso el trago en cantidades mínimas.

Como primera medida, los doctores revisaron su hígado para ver si podría soportar la quimio. El test reveló que tenía el hígado de un jovencito. Él era, de hecho, una fuerza de la naturaleza. Aprovechó una breve salida para terminar su última novela, Pulp, y luego, cuando fue internado de nuevo con serios dolores, continuó riéndose hasta el final de la comedia humana que lo rodeaba en la clínica.