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Opinión

23 de abril de 2013

Los jemerecitos rojos

1 Hace un tiempo –y durante un buen tiempo– estuve obsesionado con los jemeres rojos: con la historia, en detalle, de la guerrilla maoísta comandada por Pol Pot que, tras vencer en 1975 a la dictadura de Lon Nol, instaló en Camboya otra peor: la dictadura del jemer rojo, llamada Kampuchea Democrática, que duró hasta […]

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Hace un tiempo –y durante un buen tiempo– estuve obsesionado con los jemeres rojos: con la historia, en detalle, de la guerrilla maoísta comandada por Pol Pot que, tras vencer en 1975 a la dictadura de Lon Nol, instaló en Camboya otra peor: la dictadura del jemer rojo, llamada Kampuchea Democrática, que duró hasta 1979 y que eliminó a 1,7 millones de camboyanos, niños incluidos, lo que representaba en ese entonces un tercio de la población nacional.

Y ahora acaba de llegar a Chile La eliminación, un libro excepcional en varios frentes. Su autor es el cineasta camboyano Rithy Panh, que perdió a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus amigos, su casa, su infancia, el lenguaje, la ropa, todo menos la vida a manos de los jemeres rojos. Alejado de cualquier moralismo pero no de lo moral como horizonte de reflexión, Panh ha hecho un par de películas documentales –S21, la máquina de matar de los jemeres rojos está en youtube– y hace poco publicó este libro, La eliminación, que es un testimonio sobresaliente por sus cualidades narrativas y por sus múltiples alcances. Los cuatro años de los jemeres rojos fueron un período de la historia abundante en horrores, ensañamientos y sadismo, un genocidio que sorprende incluso a quienes tenemos inclinación por los textos que dan cuenta de los espantos y violencias del siglo XX, como el monumental Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, del historiador inglés Orlando Figes o, más a propósito, El régimen de Pol Pot: raza, poder y genocidio en Camboya bajo el régimen de los jemeres rojos, la apabullante investigación de Ben Kiernan que publicó hace dos o tres años en Buenos Aires la editorial Prometeo.

Los radicalmente antiburgueses jemeres rojos, hace notar Rithy Panh, estaban liderados por burgueses provenientes de familias acomodadas, formados en Francia, “donde estudiaron a Rousseau y Montesquieu, la Ilustración y la Revolución Francesa, y a veces a Marx”. En cambio, las milicias jemeres estaban integradas, en buena parte, por campesinos, muy especialmente por niños de entre 12 y 16 años, separados de sus padres y preparados en las montañas para eliminar, sin compasión, a todos los enemigos, con el objeto, nada menos, de “desmembrar la sociedad: desenraizar a los habitantes de las ciudades; disolver las familias; poner fin a las actividades anteriores, tanto profesionales como particulares; acabar de raíz con las tradiciones políticas, intelectuales y culturales y debilitar física y sicológicamente a los individuos”. Para tal propósito, los jemeres no se anduvieron con chicas: prohibieron palabras, generaron hambrunas, inocularon socialmente la delación, llenando Camboya de sapos, mataron a padres delante de sus hijos, a hijos delante de sus padres, prohibieron el uso de anteojos, el matrimonio por amor, la ropa de color, el pelo largo, el pelo rapado… ¿Por qué prohibieron usar anteojos? Por ser señal de aburguesamiento. Pienso que en el hecho de que las milicias las integraran niños puede encontrarse una explicación a que el terror haya sido aplicado con tal descomedimiento. Sólo niños-adolescentes adoctrinados perversamente, pienso, pudieron llegar al extremo de lanzar guaguas contra los troncos de los árboles.

La eliminación no es sólo un testimonio; es un libro que tiene cuatro patas –de ahí su solidez, su firmeza más bien– o cuatro cuerdas que bien tensadas lo sostienen: primero, el propio relato autobiográfico que hace Panh, que para ese entonces tuvo de 11 a 15 años, de la crueldad sin límites a que llegó ese régimen cuyos agentes eran en buena parte estos niños criminalizados (hay uno que tortura a su abuelo, otro que delata a su madre); segundo, los muchos y muy apabullantes documentos y datos que ha recabado Panh durante años; tercero, las reflexiones valientes y agudas en las que se interna; y cuarto, los extractos de las muchas horas de entrevista que, “sin miedo y sin odio”, el propio Panh le hizo hace poco a Duch, el jefe del S21, uno de los mayores centros de tortura y exterminio de los jemeres. Un Manuel Contreras camboyano (pero marxista, lo cual no es en rigor cierto. Los jemeres no eran marxistas sino asesinos desquiciados que incluso despreciaban a los chinos maoístas por blandos).

Estas cuatro cuerdas del libro no son cuatro capítulos, sino que están enmarañadas, intercaladas, a ratos fundidas. La pata testimonial, que debe ocupar menos de la mitad del libro, es sólida y no cansa como pasa a menudo con la testimonialidad básica, pues Rithy Panh tiene fina memoria, buena prosa, inteligencia y un gran sentido del corte y el ensamblaje (es cineasta). De los numerosos hechos de que da cuenta, tres me parecen inolvidables. Primero, uno no terrible: la vez que junto a otros sobrevivientes encuentra hachís cerca de un hospital y lo prueba, entrando en un largo delirio acompañado de carcajadas imparables, imparables incluso cuando el director del hospital, un severo jemer rojo, lo pilla y se enfurece. Segundo, el caso de unas mujeres secadas, es decir, mujeres a las que se les extrajo toda la sangre, para usos ignotos, dejándolas literalmente secas, muertas. Y tercero, la historia de un padre que, tras la muerte de su mujer, cuida a su hija de cinco años mientras trabaja la tierra. De pronto encuentra dos caracoles, los que le muestra a la niña con orgullo y felicidad, pues en plena hambruna constituían “un verdadero tesoro”. Pero fue cachado por un jemer rojo fondeándoselos en el bolsillo, lo que lo convertía en un individualista, esto es, en enemigo. Entonces lo golpearon y amarraron a un poste. “Pasaron las horas, la temperatura se volvió insoportable. El hombre gemía. Las hormigas trepaban por su cuerpo, a cientos y luego a miles. Invadieron su boca y su garganta, sus orejas y sus ojos. El hombre se retorcía y gritaba tanto como podía y se desplomó”, muriendo frente a la niña.
La parte documental, una pormenorización del proceso de exterminio no agobiadora (es de hecho la cuerda que menos espacio ocupa en el libro), incluye citas al “Cuaderno negro de Duch”, un registro que éste llevaba de cada uno de los interrogatorios a que sometían a los prisioneros del campo que dirigía, cuaderno en el que de su puño y letra anotó indicaciones bestiales sobre las torturas requeridas o las medidas a tomar con tal o cual prisionero. Con esos documentos, Pahn le encara sus contradicciones a Duch, que, a todo esto, hoy pasa sus días preso y convertido al cristianismo.

También queda documentada, fugaz pero suficientemente, la vinculación con los jemeres rojos de Jacques Vergès, el abogado del terror que, aparte de haber tenido una fraterna relación con Pol Pot, defendió en los tribunales a Khieu Samphan, un jemer del Comité Permanente, juzgado en Camboya hace poco. Vergès es conocido como el “abogado del diablo” por defender a tipos como el nazi Klaus Barbie (que se había fondeado en Bolivia), el serbio Milosevic…, si hasta se ofreció como defensor de Sadam Hussein, siempre enfrentando los juicios con defensas sólidas cuando no con sus famosas estrategias de ruptura –no reconocimiento del orden bajo el cual se es juzgado–. Y es célebre también Vergès por el documental que sobre su persona hizo hace unos años Barbet Schroeder (El abogado del terror). A Rithy Pahn no le causa gracia alguna este sujeto, menos cuando, durante una de las audiencias contra Samphan, y mientras el juez comienza a hablar, Vergès “le vuelve la espalda ostensiblemente y mira a la sala… ofrece un espectáculo. Burlas. Imágenes para la televisión. Provocación, ruptura”. Vergès impugna la teoría de que lo de los jemeres rojos haya sido un genocidio. El malvado Vergès es un provocador que, hay que decirlo, tiene una mente tan brillante como pérfida y es autor del legendario libro Estrategia judicial en los procesos políticos, reeditado hace poco por Anagrama.

Volviendo a La eliminación, es la parte reflexiva la más sorprendente, por lo intrépidas y lúcidas de las posturas de Panh, por su entereza alejada de todo afán manipulador y de toda moralina barata. Se plantea en la siguiente postura: “Quiero comprender, explicar y recordar, y precisamente en ese orden”, “Mi combate ha consistido en entrar en los más ínfimos detalles y verificarlo todo”, a fin de que los hechos históricos no sean contestables; y al tiempo va citando, con letal efecto, pronunciamientos setenteros de Alan Badiou, Chomsky y otros respecto a los jemeres rojos, ideas que hoy resultan patéticas, extraviadas, como lo fue en general, a su juicio, la postura de la intelectualidad francesa respecto al régimen de Pol Pot. Y sobre todo se opone Pahn al “sentimiento contemporáneo de que todos somos verdugos en potencia, ese fatalismo teñido de inteligencia”, dice.

Al leer eso recordé una columna que el 2009 publicó Cristián Warnken en El Mercurio y en la que decía algo tangencial: “No fue el conscripto José Paredes Márquez el que mató a Víctor Jara. No. Lo maté yo y lo mataste tú, lector, porque preferiste no oír sus desgarradores gritos en el Estadio Chile, que segaron su voz cantora para siempre». La tesis de la banalidad del mal yo me la he comprado siempre, pero que todos hayamos sido asesinos de Víctor Jara ya es otra cosa, para mí una cabeza de pescado. ¿Por qué? Porque como dice el mismo Pahn, existe o puede existir también una “banalidad del bien”, de hecho es la fórmula con que él se refiere (y homenajea) a su padre, que sin ser crítico, héroe o mártir resistente, simplemente “se encerró en el lenguaje”: comenzó a murmurar, luego dejó de hablar, de comer, y murió. “En nuestras sociedades democráticas, el hombre que cree en la democracia nos parece ordinario. Incluso aburrido. Por ello, en mi despacho tengo ante mí un retrato un poco amarillento de mi padre: que haya una poderosa banalidad del bien. Esa será su victoria”. No resistir no implica necesariamente complicidad ni menos culpabilidad; no cooperar, no sumarse, en cambio, sí constituye un acto moral, de baja intensidad pero moral. No todos eventualmente aceptarían manejar, está diciendo en el fondo Pahn, esas maquinarias de eliminación humana que son los totalitarismos. No siempre, cree, todo se debe a simples cumplidores de órdenes, menos en los niveles de un Duch (o de un Eichmann, o de un Marcelo Moren Brito, por tirar una línea chilena). Sin ahondar demasiado –todo hay que decirlo–, Pahn toma así distancia de lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal, aunque reconoce la posibilidad de estar acotando (simplificando diría yo) los valientes y agudos alcances de lo que Arendt expone en Eichmann en Jerusalén. Lo siguiente es, comprimido, lo que Pahn argumenta: “La banalidad del mal: la fórmula es atractiva y permite todos los contrasentidos. No me fío. Es cierto que el hombre banal de Arendt banaliza el mal con sus palaras y su visión. Entiendo por ello ‘banalización del mal’, como si sólo hubiera funcionarios o eslabones en el proceso de exterminio. Como si sólo hubiera oficinistas. Como si no hubiera responsable ni proyecto (…) No niego que algunos verdugos puedan ser ordinarios o que un hombre ordinario pueda convertirse en un verdugo. Creo, sin embargo, en la unicidad del individuo”.

Pienso que Arendt no apuntaba a exculpar al individuo, sino más bien que indicaba y describía y examinaba –reportaba, informaba– la banalidad que puede haber tras los grandes operadores del mal, como Eichmann, y en este sentido también como Duch. Lo que Arendt indica entonces es la evidencia de que muchas veces tras esa maldad infinita no hubo voluntad ni decisión ni nada sino, ante todo, una terrible banalidad, “ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”. Yo pienso que Rithy Pahn no se rebela tanto contra la sólida tesis central de Arendt cuanto contra la consecuencia de ella. Es decir, se rebela contra esa impotencia del pensamiento y las palabras frente a tal banalidad. Y por esa rebeldía, justamente, es que Panh hizo lo que hizo con Duch: entrevistarlo en largas sesiones, conocer sus razones, encararlo. Pero Panh piensa que piensa otra cosa: “Ni sacralización ni banalidad del mal. Duch no es ni un monstruo ni un verdugo fascinante. Duch no es un criminal ordinario. Duch es un hombre que piensa. Es uno de los responsables del exterminio”. Como sea, el acercamiento cámara en mano que hace al verdugo es, por lo muy pronto, bastante inédito. Alguien podría decir que es similar a lo que, para no ir tan lejos, Carmen Castillo hizo con la flaca Alejandra o con el Osvaldo “Guatón” Romo en su valioso documental Calle Santa Fe, y sí, es similar en la medida en que hay un verdugo extremo entrevistado por una víctima (o cuasi víctima en el caso chileno), pero la diferencia radica en la conciencia que hay detrás, que en el caso de Rithy Panh es crítica, filosófica, mientras que en el caso de Castillo es insoportable, con un buqué a superioridad moral y a posicionamiento histórico que genera distancia y lata.

Estas cuatro vetas o fuentes están articuladas en el libro con excelente trabajo de montaje (supongo que en esto, así como en la prosa convenientemente lacónica, jugó un rol importante el novelista francés Christophe Bataille, colaborador en la autoría del libro). Del trabajo de montaje, aunque refiriéndose al documental que hizo sobre Duch más que al libro mismo, dice Panh: “Duch tiene un punto flaco: no conoce el cine. No cree en las repeticiones. Ignora que el montaje es a la vez una política y una moral”.

Respecto al lenguaje en los tiempos jemeres, Pahn se muestra particularmente sagaz a la hora de observar lo que sucede. De partida el lenguaje facial era elocuente: cuando asumen, dice Panh, lo más inquietante fue que “los revolucionarios no sonreían. Pronto vi sus miradas, sus mandíbulas apretadas, los dedos en los gatillos. Ese primer encuentro me asustó sobremanera por la total ausencia de alma”. Luego toma nota (mentalmente) de cómo los jemeres comienzan a usar neologismos, a remplazar los nombres por números y códigos, a desarrollar una “lengua sin diálogos, sin intercambios, una lengua derivada, violenta”. Y cómo, en un giro que el mismo Pahn califica de genial, los jemeres rojos le dieron a la clase odiada y enemiga, la burguesía, “un nombre cargado de esperanza”: la llamaron nuevo pueblo, en contraste al antiguo pueblo, vinculado a la antigua civilización jemer y compuesto únicamente por campesinos y obreros. Ahora bien, como los dirigentes jemeres eran burgueses, enrejados en su propio lenguaje debieron inventarse una curiosa nomenclatura para no quedar automáticamente en el bando del nuevo pueblo: se denominaron “técnicos de la revolución”, tercera y última vertiente social del pueblo antiguo.

Como “en el marxismo jemer todo se basa en la lengua”, los jemeres no escatimaron creatividad a la hora de crear consignas y cantos, algunos muy rabelesianos: “La gente del nuevo pueblo no aporta más que su vientre lleno de mierda y su vejiga llena de meados”.

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Hace un tiempo –y durante un buen tiempo– estuve también obsesionado con el género literario de los testimonios, muy mirado a huevo por cierto sector de la academia por supuestamente correr con desventaja respecto a la ficción, como si la relativamente baja cantidad existente de testimonios con valor literario se debiera a las posibilidades y alcances de este género en sí mismo y no al hecho de que la mayoría de quienes lo practican son, cuando mucho, redactores amateurs o simples aficionados que dan cuenta de una experiencia equis, más o menos traumática. Pero resulta que cuando quien escribe posee un dominio de la lengua, una imaginación constructiva y sentido del detalle y las relaciones, y gracia y arrojo reflexivo, es decir, cuando quien escribe escribe, los resultados pueden ser excelentes, superiores a una ficción referida a lo mismo. Casos hay y no pocos. Primo Levi con Si esto es un hombre es una de las cimas más vistosas. Otro, El infierno de los jemeres rojos (Libros del Asteroide, 2010), de Denise Affonco, el testimonio duro, rudísimo, de una también sobreviviente de los jemeres que vio morir a su hija de hambre frente sin poder hacer nada. Una especie de Odisea negra del hambre. Terminado el régimen en 1979, Affonco volvió a Francia y muchos académicos e intelectuales de izquierda no le creyeron lo que había hecho Pol Pot, ese referente.

La eliminación es un libro valioso e importante en la medida en que amplía los alcances, las posibilidades de un género, el de base testimonial, que sumando y sumando exponentes y variadores irá, de seguro, ganando espacio entre lectores y críticos, como ya lo ha venido haciendo, de hecho, entre los editores, y no, o no sólo, entre los mercachifles, sino también entre algunos de los mejores, que son los que se están haciendo cargo de publicar debidamente este tipo de textos, como Hans Magnus Enzensberger o Jorge Herralde.

Una cuestión más. Hay una historia, contada por Pahn en menos de una página, que da buena cuenta del tenor narrativo del libro y, también, de la locura extrema que se vivió en Camboya. Cuenta que, investigando, supo que ciertas minorías del norte del país huyeron del régimen fondeándose en la jungla, a la que ni los salvajes jemeres se atrevían a meterse: “Vivieron ocultos, olvidados por todos. Aprendieron a sobrevivir sin nada, a pesar de los animales salvajes, las serpientes y las arañas, a pesar del clima y de la humedad. Cultivaron cuanto pudieron, cazaron, comieron cortezas, raíces y pescados. Se curaron. Se casaron. Tuvieron hijos. Por supuesto, vivieron sin electricidad, sin agua potable, sin médicos, sin papel, sin libros. Sin nosotros, me atrevería a decir”. Y el 2009, uno de ellos fue a dar a un pueblo. “Se quedó estupefacto al descubrir que los jemeres rojos se habían ido”. Hoy, esos hombres y mujeres están en el difícil trance de reconectarse con la asombrosa modernidad y, cuenta Pahn, pasan enfermándose, “a pesar de haber sobrevivido treinta años en la selva”.

LA ELIMINACIÓN
Rithy Panh
Anagrama
2013, 220 páginas.

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