Columna: El efecto Camila

Estoy instalado por un rato en una galería de arte en un cerro de Valpo, duermo rodeado de obras de arte que amenazan con caerme encima: pasé una semana temiendo por una escultura metálica que amenazaba con aplastarme. Cuando hay montajes e inauguraciones debo desarmar mi cama, ubicada en el centro del salón galerístico, y partir a recorrer la ciudad y hacer mi pega en cafecitos o, simplemente, participar del proceso de trabajo. Mi experticia gastronómica suele ser útil para atender a la concurrencia. Peor sería pernoctar en un museo de ciencias naturales, con lo peligrosos que son los animales disecados. Esto que podría parecer inestable es un modo de circular por las ciudades que me resulta productivo. A Toñito Santo, mi ciudad de origen adoptivo, no lo abandono por nada del mundo. Es una ciudad de mierda, pero fascinante en su decaimiento, gracias a la perversión concertacionista que la destruyó. Aún debemos demostrar el efecto laboratorio cultural y político de la ciudad, que por eso la reinventamos y la pusimos en el mapa cultural de Chile; objetivo político cultural del taller Buceo Táctico. Todavía hay que cagarse al alcalde maldito, que es un señor feudal que siempre anda ejerciendo el derecho a pernada, y a su entorno funesto. En otras palabras, democratizar el municipio, como parte de un proyecto de micro utopía. A pesar del mal olor reinante ¡aún tenimos patria ciudadanos de la callampa…! Ojo, siempre es necesario atesorar un sedimento odioso y antichileno. Porque no parecen correr malos vientos para nosotros los zurdos siniestrosos. Al menos nuestras demandas tienen un correlato con eso que llaman movimientos sociales. Todo ello, en un país democrático, debiera redundar en nuevas leyes y reglamentaciones que redundarían en justicia redistributiva y el comienzo de procesos emancipatorios ininterrumpidos en donde esté el cobre, el agua, las isapres, los fondos de pensiones, la educación, los pueblos originarios y la desmetropolitanización del territorio, para comenzar. Y todo hay que hacerlo con protocolos bien precisos. Tiempo atrás el panorama se veía muy borroso, hoy se ven ciertas posibilidades de ruta. Hay varios síntomas que no dejan de ser significativos. Escuché, por ejemplo, los lamentos de Moreira a propósito de la aplanadora partidaria que le pasó por encima, análoga a las máquinas perversas del cerderío socialista. El facho, muy emotivamente, hacía un análisis en que la clave era la crisis de la derecha. Otro síntoma, aunque en otra sintonía y distancia, lo constituye el caso Fontaine por su importancia político intelectual. La derecha está en crisis, qué duda cabe. Lo que me parece entretenido es el personaje, el escritor (ese sí que es escritor, no como uno), que ha trabajado varios niveles de la ficción liberal, incluido el capítulo novelesco. Yo creo que Fontaine se calentó con la Camila. Dicho así a la bruta suena poco serio, pero lo que se pretende decir es que la ficción liberal del personaje contempla la fascinación con una escena atractiva en su despliegue, tanto en su retórica como en su diseño político. De algún modo su opción estética le ha hecho decaer el súper yo, cediendo a las pulsiones elloicas, como expresión de un nuevo momento. Yo creo que a este cabro siempre le han gustado las cabras de izquierda, le gusta ese desplante de niñitas mal criadas, desinhibidas y levemente impúdicas, como representación de una voluntad emancipadora que le hace bien al país. En realidad su actitud se agradece. Es cierto lo que dice Soto en Tercera, gracias a él se diseñaron puentes que eran necesarios para la convivencia democrática. En el ámbito de las élites, obviamente. Yo debo reconocer que las cabras de la jota siempre tuvieron un efecto erótico en la pequeña burguesía que se radicalizaba, esas camisas amaranto abotonadas parcialmente complicaron mi existencia erótica, siempre marcada por la precariedad y el onanismo retórico. Pero hay un problema que debemos analizar, puede que igual que en el período de los ‘70 nos llenemos de hordas de cuicos enarbolando las banderas de la emancipación (para no hablar todavía de revolución) y que como los mapucistas de antaño un grupito de intelectuales orgánico/orgásmicos terminen hegemonizando y controlando algún proceso revolucionario, determinado por el orden de las familias.
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