Fotos: Alejandro Olivares

Carlos Asenjo se encarama en un cerro de tablas. Camina evitando enterrarse algún clavo y remueve los palos en busca de la madera más seca. Cuando junta un montón se la pasa a su esposa para que la apile en la camioneta. El monte de desechos sobre el que está parado fue, cinco años atrás, una casa más en la calle río Blanco, a un costado del río del mismo nombre. La erupción del volcán Chaitén y la crecida del cauce, sin embargo, la dejaron sepultada bajo un metro y medio de cenizas, al igual que a la gran mayoría de las viviendas de toda la cuadra.
-Allá, más abajo, han desarmado como cien casas ya – dice Asenjo, mientras interrumpe su faena para contar cómo el agua y la ceniza se llevaron todo el pueblo.

Las calles por donde pasó el desastre parecen haberse detenido en el tiempo, cuando las autoridades -en menos de 24 horas- evacuaron a los más de siete mil habitantes que tenía Chaitén, el 8 de mayo de 2008. En una de las celdas de la desmantelada cárcel de la ciudad aún cuelga un calendario de esa fecha, y el libro de llamadas de larga distancia dejó de escribirse dos días antes de la erupción. Según quedó registro, un gendarme de apellido Hernández llamó a su mamá, a su esposa, y a un sargento para hablarles de los fuertes remezones que precedieron al estallido.

A las casas del lado de la cárcel, apenas se puede entrar. Las cenizas se comieron la mitad de las viviendas y hay que caminar encorvado para no golpearse con el techo. En la número 12, de la calle Río Blanco, por ejemplo, el piso comienza a la altura de la ventana. Adentro de ella quedaron los recuerdos familiares, abandonados por la inmediatez de la explosión. Sobre lo que queda de una cama enterrada, hay varias revistas “Atalayas” esparcidas y una foto polaroid con un retrato de una familia. En otra habitación, un cuaderno de ciencias sociales de una niña de octavo básico acumula polvo.

En la casa del lado, una agenda aparece detrás de una puerta. Tiene escrita una lista de tareas ya hechas, y más de 200 días sin programación. En medio del caos de muebles y electrodomésticos arrastrados, una chaqueta cuelga de una pared, intacta, y en el patio, una decena de zapatos huachos están apegados a un cerco, un gran cedazo que coló el agua cuando el río lo inundó todo.

A una cuadra de allí, un bulldozer derrumba una pared de madera. Son las máquinas que -según Asenjo- ya han botado una centena de casas deshabitadas. En el pueblo, el 75% de las viviendas le pertenecen al fisco, que las compró para evitar que la gente volviera a la zona de riesgo. La gran mayoría de esas casas tienen pintado en su fachada un gran punto rojo. La señal significa que la propiedad es de Bienes Nacionales y que no califica para ser habitada. Algunas de ellas son las que se han destruido y transformado en leña para los hogares del pueblo.

-Chaitén está casi recuperado ya. Antes acá estaba lleno de cenizas y ahora queda poca- dice Asenjo, mientras mira al volcán echando humo a un par de lomas de distancia.

LOS REBELDES DE CHAITÉN

El 8 de mayo de 2008 Chaitén se convirtió en un pueblo abandonado. Como pasa en las películas sobre el Armagedón, la ciudad despertó esa madrugada en silencio, con luces opacas y las casas grises, cubiertas de cenizas. El último en salir de allí fue Bernardo Riquelme, locutor de la radio local al que tuvieron que sacar por la fuerza. Él, también, fue el primero en volver. Tomó una lancha desde Achao hasta Santa Bárbara, y después, un auto abandonado hasta Chaitén. El 1 de junio durmió en su casa. Nadie lo detuvo.

-Salvé algunos perritos que me habían encargado y lo primero que hice, con pala y carretilla, fue recuperar la casa. Durante 15 días dormí solo en el pueblo. En el día venía gente, pero en la tarde se iban -recuerda.
Bernardo cuenta que el pueblo estaba oscuro y que no había electricidad ni agua potable. El sonido del lugar –dice- era como el de un generador eléctrico mutante, funcionando día y noche.

A las pocas semanas Chaitén tenía un par de habitantes más, y todos los días un nuevo vecino volvía a reparar su casa. A los que regresaron, la prensa les puso “Los rebeldes de Chaitén”. Ellos, asumieron la vocería de una comunidad dispersa entre Puerto Montt y Palena.

Fue en esa época que Bernardo retomó su programa radial. Tenía un espacio en la emisora “Para ti”, de Puerto Montt, y todas las tardes se conectaba para despachar un boletín sobre la situación del pueblo. Durante las dos horas que duraba “Aquí Chaitén”, Bernardo recorría las calles respondiendo los pedidos que le hacían los chaiteninos en el exilio.

-Me tocó dar malas noticias, como que las casas habían desaparecido. El programa era una válvula de escape, porque la gente estaba repartida. Decían que se sentían como en casa sólo con escuchar que alguien les hablaba desde el pueblo.
El río Blanco partió a Chaitén en dos. El agua bajó al mar por el medio de la calle Pillán, dejando una enorme cicatriz de agua, piedras, desechos, cenizas y casas arrastradas. La nueva división estableció dos localidades, la del Norte y la del Sur.

Mireya Velásquez, de 53 años, fue la primera habitante de Chaitén Sur. Vio la erupción por televisión desde Quellón, y el desastre le hizo creer que nunca más volvería a su casa. Regresó al pueblo durante una visita masiva que el gobierno organizó para Fiestas Patrias. La idea era que los chaiteninos sacaran los recuerdos familiares que olvidaron por el apuro de la evacuación, pero Mireya Velásquez se quedó, y fue de las pocas que no vendió su casa.
Durante los primeros meses se armó una rutina para sobrellevar los días en soledad. Con una vecina de Chaitén Norte limpió el bandejón central de la costanera, retirando los palos y las cenizas que allí decantaron. Por las noches seducía con migas de pan a los perros abandonados. En compañía de ellos, y cuando el pueblo estaba completamente negro, se subía al techo de su casa con unos lentes largavista, y desde allí observaba los rayos que salían del volcán.

-Sonaba como un temporal, era como una retroexcavadora moviendo la tierra –recuerda.

Durante casi dos meses Mireya fue la única habitante del sector Sur. En octubre de ese año su tío se convirtió en el segundo poblador. Para el verano, los “rebeldes” ya eran más de 20 personas viviendo en un pueblo abandonado.

CHAITÉN HA MUERTO

Durante ese primer verano, los “rebeldes de Chaitén” se reencontraron con sus hijos. En esa época, también, las familias comenzaron a ir todos los lunes al muelle. Tenían la secreta esperanza que desde la barcaza algún día bajaría un gran lote de chaiteninos, y ellos debían estar allí para animarlos. Pero los que llegaban no se quedaban en el pueblo. En su mayoría eran turistas que pasaban por el lugar, miraban el horror de la erupción, y luego partían rumbo a la Patagonia. Allí surgieron las primeras protestas.

-Las cartulinas con mensajes no incomodaron a las autoridades y un día nos tomamos la rotonda que une el puerto con la carretera y un vecino levantó una bandera argentina, y luego aparecieron más. Recién ahí reaccionaron –recuerda Bernardo.

Estaban en plena trifulca por las banderas, cuando el domo del Chaitén colapsó. Treinta millones de toneladas de ceniza caliente cayeron sobre los bosques cercanos al cráter, quemándolo todo. Cerros y cerros de palos quedaron tirados en los ríos y lomas cercanas al volcán. El 20 de febrero de 2009, el gobierno de Michelle Bachelet le dio un duro golpe a la resistencia, y el ministro del Interior Edmundo Pérez Yoma oficializó la muerte del pueblo: “Chaitén no tiene viabilidad ni económica, ni de seguridad, ni sanitaria, ni de ningún tipo”, dijo.

En el pueblo, la noticia se recibió con otra desgracia: la Armada venía con dos naves en camino para llevarse a todos los niños que estaban allí. Si no los entregaban –les dijeron los marinos a los padres- el Sename estaba dispuesto a quitarles la tutoría. Al caer la tarde, decenas de familias salieron de sus casas cargando bolsos, camino al puerto.
-Ese fue el día más triste de la resistencia. Separarnos de nuestros hijos fue doloroso, porque se fueron solos en un barco y no sabíamos para dónde los llevaban. Al final, casi todos terminaron durmiendo en la comisaría de Castro, a la espera de que los parientes los fueran a buscar –recuerda Rita Gutiérrez, una de las “rebeldes” que ese día despidió de su hija de 14 años.

Los “rebeldes” vivieron los siguientes meses en un estado de desesperanza, algo que Rita Gutiérrez describe como una “dictadura en democracia, con miles de exiliados”. El pueblo no sólo carecía de servicios básicos –no había luz, agua, bencina, consultorio, escuela, bomberos-, sino que también era acosado intensamente por los carabineros que lo custodiaban. Rita enumera las acciones que realizaron para resistir: “En las noches nos paseábamos en auto con los vidrios abajo y la música a todo volumen para molestar, a veces detonábamos unas bombas de pólvora en distintos sectores, y una vez un vecino cortó la fibra óptica y dejó sin internet a todo el sur, hasta Coyahique”, dice.

Las noticias malas no solo salían del volcán, los que retornaban a Chaitén también traían cuentos terribles sobre el exilio. Bernardo Riquelme recuerda que muchas personas le comentaban que a los chaiteninos que estaban en Puerto Montt y Palena los había agarrado la depresión, que los sicólogos pagados por el gobierno les habían metido tanto en la cabeza que Chaitén había muerto, que comenzaron a enfermarse: “Hubo muchos que se murieron lejos de su tierra, por cáncer o por estrés” –argumenta.

Los rebeldes también perdieron a uno de los suyos. José Paredes Mayorga, conocido por todos como el Chiuke, uno de los primeros curaditos que regresó, murió de hipotermia a pocos días de conmemorarse un año de la erupción.
-Murió antes de llegar a su cama y tuvimos que velarlo un par de horas en la iglesia. Como no habían curas, las mujeres le hicieron una misa simbólica –recuerda el Turco, un amigo del difunto.

Aunque sólo eran 30 personas, al Chiuke lo despidió todo el pueblo. Como no pudieron enterrarlo en el cementerio, la romería paseó el ataúd por la plaza y luego por el puerto, donde una lancha cruzó el cajón hasta Castro.
A la semana siguiente, los “rebeldes” exorcizaron el pueblo comiéndose un asado al palo en plena plaza de armas. Así conmemoraron el primer aniversario de la tragedia.

LA CIUDAD HABILITADA

Hay mañanas en que al volcán apenas le sale una hebra de humo, y otras en que la nube hace que los bosques quemados retomen su color gris. Para subirlo, hay que tomar la ruta hacia Santa Bárbara, la villa que supuestamente iba a convertirse en “Nueva Chaitén”.

Se sabe que se ha llegado a “Nueva Chaitén” sólo cuando la ruta se convierte en una pista de aterrizaje y aparecen los containers donde duermen los carabineros. En ese mismo lugar, Michelle Bachelet –cuando era presidenta- refundó la ciudad, argumentando que el nuevo asentamiento iba a estar a 10 kilómetros del anterior y que debía “reflejar las opiniones, los deseos y los anhelos de los chaiteninos”.

-Santa Bárbara era la nueva Suiza que nos habían prometido, pero sigue siendo la misma villa de siempre. El Estado nunca limpió ni un terreno para instalar una casa y nunca nos preguntó qué era lo que queríamos –denuncia Rita Gutiérrez.

El plan maestro del gobierno incluía la compra de la mayor cantidad de casas de Chaitén, el otorgamiento de un subsidio de 14 millones para cada familia y un aporte de $500.000 mensuales, mientras las cosas retornaban a la normalidad. El cronograma fijaba el segundo semestre de 2010 como la fecha en que llegarían los primero habitantes a “Nueva Chaitén”, pero nada ocurrió. El pueblo soñado, inexplicablemente sólo se construyó en maquetas virtuales, y los chaiteninos continuaron repartidos en la Región.

Las promesas de una nueva ciudad se diluyeron con el cambio de gobierno, también las de volver a habitar Chaitén. Pese a que los “rebeldes” habían construido redes de cañerías, que traían agua de las vertientes, y habían habilitado un sistema de luz por generador, la administración de Piñera se negó a levantar la prohibición. Sólo en diciembre de 2010 se declaró habitable el sector Norte de la ciudad.

Cuando retornaron los servicios la gente volvió en masa. Con ellos, el comercio, una bencinera, una escuela, un banco, una discoteca, y una oficina del ministerio de Bienes Nacionales. Como más del 75% de las casas eran del fisco, el Estado comenzó a arrendar las viviendas a las mismas personas a quienes hace tres años se las había comprado, convirtiéndose en el principal corredor de propiedades.

-El Estado está estafando acá. Arrienda casas que van desde los $40.000 hasta los $300.000, pero a todas les faltan las cañerías y los baños, porque se los robaron. Para vivir en estas casas uno se ve obligado a invertir plata en ellas, pero esa no te la devuelven –reclama Rita Gutiérrez.

Bernardo Riquelme, quien hoy además de ser el locutor de la radio es también concejal de la municipalidad, coincide con el diagnóstico. Desde su emisora -que ahora llega a toda la provincia de Palena- trata de mantener la vida de Chaitén. Todos los días saluda a los cumpleañeros, anuncia reuniones de juntas de vecinos, y convoca a partidos de fútbol. Pese a que en el pueblo se hacen cosas, reclama que la habilitación hecha por el gobierno no es más que un anuncio formal, y que en la zona están mal enfocados los recursos.

-A uno le gustaría que esto funcionara a otro ritmo, pero en tres años el Estado no invirtió nada, ni para limpiar una alcantarilla. Sólo se han aprobado proyectos de conectividad, como la pavimentación de caminos y el aeropuerto que se está construyendo, pero acá no hay una real intensión de recuperar Chaitén –reclama Riquelme.
La desidia de las autoridades ha hecho crecer rumores entre los vecinos, y hoy son varios lo que creen que el Estado tiene otros intereses puestos en los terrenos que compró. Hablan de que el fisco quiere mantener la mayor cantidad de propiedades para desarrollar sin resistencia los proyectos mineros de oro y cobre que varias transnacionales mineras han estado sondeando.

Pese a eso, la gente sigue retornando a Chaitén. El último Censo estimó que en el pueblo actualmente viven 3.424 personas y que aún quedan 1.199 viviendas desocupadas. La mayoría de estas casas están en el sector Sur. Muchas de ellas han sido destruidas en el último tiempo y otras tantas han sido tomadas por familias, que no han encontrado más solución que instalarse donde otros arrancaron. Allí, aún se vive en el subdesarrollo.

LA CIUDAD TOMADA

Nelson Villegas es el hombre que prende y apaga la luz en el sector Sur de Chaitén. De lunes a viernes, es el primer chaitenino de ese lugar en salir de su casa. Camina tres cuadras bajo la luz de una linterna para llegar a una escuela abandonada, donde hay un generador de cuatro metros que surte de energía a 147 casas y 74 postes. Cuando Villegas aprieta el botón, sus vecinos despiertan. Dos horas después apaga la máquina, y las casas se silencian, no hay televisores ni electrodomésticos funcionando. En la tarde, la energía vuelve a las 16:00, y las 00:00 se corta nuevamente.

El 16 de junio de 2011, la municipalidad le dio un generador en comodato a la junta de vecinos. Desde esa fecha, entre todos pagan mensualmente $17.000 por familia para comprar el petróleo y pagar la mantención de las máquinas. Cada hora de energía cuesta 16 litros de combustible.

Legalmente el sector Sur de Chaitén es una toma. Allí, la gran mayoría de las casas están destruidas y el gobierno se ha negado a arrendar las propiedades que compró, y tampoco ha autorizado a los propietarios a volver. Pero los chaiteninos igual poblaron masivamente la zona. Después que al fisco se le acabaron todas las casas en arriendo, que tenía en el sector Norte, los neocolonizadores cruzaron el río.

La iniciativa comunitaria es la que ha mantenido funcionando el asentamiento. Tal como lo hacen con la energía, ellos mismos se las han ingeniado para conseguir que las cañerías estén llenas. Un pilón de agua ubicado en el sector Norte se conecta con un matriz del sector Sur, y luego los vecinos prorratean la cuenta como si todo el lugar fuera una gran casa, que consume mensualmente dos millones de pesos en agua.

Aunque se las han arreglado para resolver problemas domésticos, la tensión con el gobierno es constante. Hace un par de meses, Marisol Gallardo se enteró que la casa donde vive -una vivienda de propiedad del Estado y que ha refaccionado completamente- estaba en una lista para ser demolida junto a todas las de la cuadra, que también estaban tomadas.

-He ido varias veces a Bienes Nacionales a pedirles que me la arrienden, pero no quieren. Acá nadie quiere hacer nada. Está bien que quieran demoler las casas que están malas, pero cómo van a demoler las que están buenas, si en todo el pueblo hay problemas de vivienda –reclama Gallardo.

La casa finalmente no fue demolida. Una comitiva de representantes del pueblo, que encabezó el alcalde Pedro Vásquez, intercedió por ella ante el ministro Andrés Chadwick en abril pasado. En esa reunión, el gobierno se comprometió a habilitar el sector Sur. Si eso ocurre, los casi cuatro mil chaiteninos que aún continúan en el exilio podrán volver al pueblo, y las viviendas tomadas cambiarán a la condición de arrendadas por el fisco. La situación, sin embargo, no satisface del todo a los vecinos. Ellos –dicen- quieren que el gobierno les venda las propiedades, porque cada familia se ha hecho cargo de la reconstrucción.

La nebulosa que se ha instalado sobre el futuro de Chaitén no evita que todos los meses sigan apareciendo casas refaccionadas en el sector Sur del pueblo, en la ciudad informal. Una de las últimas vivienda que se reparó, por ejemplo, fue una que un grupo de fieles evangélicos se tomó como templo para realizar los cultos. Está ubicada frente a la escuela abandonada que alberga el generador, y a pocos metros de una cancha de fútbol donde los niños juegan a la pelota y las vacas pastan. A una cuadra de allí, los chaiteninos rayaron un muro con una frase que hoy recitan como un mantra, cada vez que hablan del futuro: “Chaitén vive, no al sacrificio”, dice el grafiti.

MIRA ACÁ UNA GALERÍA DE LA RECONQUISTA DE CHAITÉN