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Opinión

19 de agosto de 2013

Maurice Hervey, corresponsal de The Times: Un reportero gringo en la guerra civil de 1891

Londres, febrero de 1891 y el fogueado periodista Maurice Hervey es comisionado por el diario The Times como corresponsal especial en Chile y Argentina. La orden de la dirección del periódico es perentoria. Debe salir de inmediato hacia el Cono Sur para informar sobre la severa crisis económica argentina y el conflicto armado que ha […]

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Londres, febrero de 1891 y el fogueado periodista Maurice Hervey es comisionado por el diario The Times como corresponsal especial en Chile y Argentina. La orden de la dirección del periódico es perentoria. Debe salir de inmediato hacia el Cono Sur para informar sobre la severa crisis económica argentina y el conflicto armado que ha estallado entre el Congreso y el Presidente de Chile.

Los intereses británicos en ambos países son enormes. El agro argentino y el salitre chileno están en manos de inversionistas ingleses y The Times, en buena medida, los representa. Hasta ese momento las noticias llegadas a Inglaterra son confusas y contradictorias. La misión de Hervey es informar in situ de la verdadera situación bajo el expediente de “corresponsal totalmente libre”.

Hervey sale disparado. En un par de días ha cruzado a Francia y se embarca en Burdeos rumbo a Buenos Aires. Tras una plácida y muy bien atendida navegación, el corresponsal arriba a la capital argentina. Ahí comprueba que la crisis es de índole especulativa y financiera. El país es rico y sin duda se recuperará apenas haya superado su crónico desorden económico. Hervey informa a The Times y desde Londres le responden, escuetamente “Viaje a Chile”.

Justo por esos días se hallan en el puerto dos cazatorpederos comprados por el gobierno de Balmaceda y que navegan rumbo a Chile para combatir a la escuadra sublevada. Hervey se entusiasma con la idea de viajar a bordo. Sus compatriotas, escandalizados, lo convencen de que sería una torpeza mayúscula embarcarse en naves de guerra del tirano Balmaceda y que debe mantener la más estricta neutralidad. Hervey acepta el consejo y emprende el viaje a través de la cordillera. Antes de partir traba amistad con un literato y periodista argentino, un tal “Guillermo” a quien invita para que lo acompañe a Chile como secretario. El porteño acepta encantado y ambos abordan el ferrocarril hacia Mendoza.

El cruce de la cordillera, utilizando el ferrocarril de los Andes y luego, a lomo de mula, lo deja maravillado. Pero más lo sorprende la legión de periodistas instalados en la frontera, que desde ahí redactan y envían las más fantásticas noticias sobre la guerra civil en Chile, todas ellas contrarias al Presidente Balmaceda.
Hervey y su secretario llegan a Santiago en la primera semana de marzo de 1891. El corresponsal se aloja en el Gran Hotel de Francia y de inmediato es asediado por una multitud de personajes que desean informarlo sobre la situación del país. Los solícitos informantes suponen que el gringo, corresponsal del Times, sin duda es contrario a Balmaceda. Como evidencia de la brutalidad de Balmaceda, los sublevados le revelan que en una habitación del mismo hotel donde se aloja está confinado bajo palabra un dirigente opositor. Agregan que se ha creado una cárcel especial donde vegetan cerca de cuarenta prisioneros y que el jefe de la rebelión, Carlos Walker Martínez, se ha asilado en la embajada británica.

Hervey recibe estos datos con escéptica distancia. Le parece muy original que los perseguidos por Balmaceda se alojen en un hotel de lujo y le llama aún más la atención que la legación de Inglaterra cobije al líder de la sublevación contra el gobierno. El corresponsal especial responde a las acusaciones contra Balmaceda con fina ironía. “Esto es una tiranía, pero no bastante sensacional para mi trabajo”

Hervey quiere pruebas y para conseguirlas asigna al argentino la misión de recopilar la mayor cantidad de datos por su cuenta; él hará otro tanto. Es evidente que tanto los partidarios del Congreso como los de Balmaceda quieren influir en la opinión del corresponsal. El Times es el periódico más importante del mundo y la opinión pública internacional es decisiva para conseguir aliados y recursos. Por todo ello, Hervey es atendido con el más extremado lujo. Las invitaciones, los banquetes, los alojamientos y transportes en primera clase se suceden a un ritmo vertiginoso. Hervey, amante de la buena vida y las mujeres hermosas, viaja premunido de abundantes libras esterlinas que gasta generosamente.

En poco tiempo acumula una enorme cantidad de periódicos, panfletos, cartas y escritos de la oposición al Presidente. Tras un detallado examen, la ruma de acusaciones le parecen meras suposiciones. No hay evidencias. Las reuniones con numerosos personajes tampoco arrojan mejor información. Está en blanco. En esas circunstancias recibe una invitación para conocer al Presidente de la República. Por fin verá la cara del tirano Balmaceda. Hervey acude a La Moneda en compañía de su secretario. Desde el fuerte apretón de manos, la impresión que le causa es inmejorable.

Así lo describe: “Un destello jovial en los agudos y penetrantes ojos y una sonrisa entre cínica y traviesa que rondaba sus inquietos labios que no sugerían las cualidades neronianas que le atribuían sus opositores” El primer mandatario explica su postura ante el conflicto y al corresponsal le hacen todo sentido. Esta opinión es compartida por su secretario. Hervey escribe tras la reunión. “No se me oculta que voy en contra de la corriente de la prensa mundial, incluido mi propio diario”. El corresponsal del Times se ha convertido en admirador de José Manuel Balmaceda.
A pesar de sus simpatías por el Presidente, Hervey se entera que sus telegramas están siendo retenidos y probablemente censurados. Indignado, pide audiencia con el Ministro del Interior y exige libertad absoluta para enviar las informaciones que él estime, caso contrario, se irá a Iquique, centro de operaciones de los revolucionarios. La amenaza tendrá un efecto inesperado.

El Ministro del Interior se ilumina y pide audiencia con Balmaceda. Reunidos los tres, Hervey verá cumplido un anhelo postergado. Viajará al norte, pero a bordo de los cazatorpederos del gobierno, los mismos en que quiso embarcarse en Buenos Aires y que ahora pretenden hundir a la escuadra sublevada.

La noticia causa un revuelo enorme. Los partidarios del Congreso acaban por decepcionarse del corresponsal especial y lo califican de lunático. Los partidarios del Presidente alaban su coraje. La figura del periodista que arriesga la vida a bordo de un pequeño cazatorpedero ante una poderosa escuadra, todo por informar la verdad desde el lugar de los acontecimientos, lo eleva a la categoría de héroe del periodismo. Quien no comparte estos ardores es su secretario argentino. La idea le parece descabellada y francamente suicida. No está dispuesto a acompañarlo. En su lugar, le propone informar desde tierra y en el caso muy probable de que ocurra, despachará al Times la noticia de su fallecimiento. Hervey declina la gentil proposición y la sociedad se disuelve.

Apenas lanzado en los preparativos de su aventura, recibe un telegrama del Times ordenando su regreso a Inglaterra. Sus informes son tan distintos a todos los demás, que les parecen francamente ridículos. Hervey contesta que no hagan caso de otros informes, pues son todos falsos y avisa su embarque en un cazatorpedero del gobierno en plan de guerra. La idea de un corresponsal del Times despachando noticias exclusivas entre las bombas y los torpedos es tan audaz como irresistible. A los pocos días llega la respuesta del periódico. “Vaya, pero telegrafíe solo los hechos”.

El 16 de abril de 1891 embarca en el “Imperial”, buque madre de la escuadrilla de dos cazatorpederos que se dirigen al norte, el “Condell” y el “Lynch”. Hervey participará en tres cruceros consecutivos. En el primero la flotilla ataca a la escuadra en la bahía de Caldera, hundiendo con sus torpedos al poderoso acorazado “Blanco”. Esta hazaña es realizada de noche y por ese motivo Hervey se la pierde, ya que el “Imperial” se mantiene a una prudente distancia. Regresan a Valparaíso como héroes, pero el gringo está picado de frustración. En el segundo crucero exige navegar en los cazatorpederos. Es aceptado y la escuadrilla bombardea las bases rebeldes a lo largo de la costa norte. Estas incursiones son sumamente peligrosas. Los dos pequeños torpederos deben sortear y atacar en medio de una potente escuadra de buques de gran calado.

En Taltal desembarcan una tropa armada y Hervey pide ser parte de la incursión. Premunido de una vistosa cruz roja que lo camufla como enfermero, el corresponsal se confunde entre los atacantes. Desbandados los defensores, ocupan el abandonado Club de Taltal, donde consumen alegremente la nutrida despensa de licores. Antes de retirarse, pagan la cuenta y los destrozos y todos ellos firman el libro de visitas. En el tercer crucero bombardean las bases del Congreso en Pisagua, Iquique, Tocopilla y Antofagasta. Al pasar por Chañaral, muchos de sus habitantes piden que los embarquen, pues debido a la guerra civil viven en la más absoluta carestía. Se acepta a un reducido número de personas. Durante el caótico embarque, Hervey es víctima no de las balas y los obuses, sino de la seductora mirada de la mujer chilena. Dos jóvenes y bellas señoritas, acompañadas de su pequeño hermano, le ruegan que las salve y las lleve con él. Conmovido en su caballerosa virilidad, Hervey confiesa “era muy duro decir que no a dos hermosos ojos negros llenos de lágrimas” y se da maña para colarlas en su propio camarote.

Al regresar a Valparaíso de estas aventuras se encuentra con una noticia desoladora. Un telegrama del Times le ordena su regreso inmediato a Londres, llevando pruebas documentales de sus comunicados. A sus espaldas la prensa adicta a los revolucionarios ha desacreditado los despachos de Hervey y ya no le creen. Se le califica de loco y de haber caído “bajo el hechizo de Balmaceda”. La orden significa el fin de su misión. Ha fracasado.

El abrupto fin de su corresponsalía alegra tanto a los revolucionarios como apena a los balmacedistas. Las invitaciones y despedidas son muchas y para evitarlas, se refugia por una semana en el campo. Acepta, por supuesto, la invitación de Balmaceda. Al finalizar el agasajo se permite aconsejar al Mandatario y le recomienda que no menosprecie a sus enemigos. Tras la despedida, Hervey anota sus impresiones finales del Presidente de Chile. “Fue mi última entrevista con el fantasma de los periodistas londinenses, el gran Jefe que se mantenía junto al pueblo chileno contra la triple calamidad de una oligarquía en bancarrota, de un depravado clero papista y de la insaciable codicia de aventureros sin escrúpulos del nitrato venidos del extranjero”.

La mañana del 26 de julio de 1891 Maurice Hervey, corresponsal especial del Times de Londres salía de la Estación Central de Santiago rumbo al puerto y a Inglaterra. En sus palabras: “Miré tristemente por la ventanilla mientras pude ver Santiago, pues dejaba a muchos amigos queridos, y me invadió una indecible melancolía, presagio de malos augurios. ¿Cuándo y dónde volvería a verlos?”.

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