Niños y jóvenes asesinos: Cagarse la vida en un minuto

En este reportaje habla José, un joven que a los 16 años apuñaló a un desconocido en una fiesta. Hoy el muchacho tiene 19 años y es estudiante de Ingeniería Comercial, pero nunca ha olvidado el momento en que dejó, súbitamente, de ser un adolescente: “Había matado a alguien, no era poca cosa, no era un condoro perdonable. Era definitivo (…) Cuando conozco a alguien nunca le cuento esta historia. No es algo de lo que pueda sentirme orgulloso, me da pena aún y miedo”, cuenta.

Guillermo Pavez (22 años) quedó tendido de espaldas –la respiración agitada, la piel lívida, los ojos desorbitados- en la vía Isla Luft en Pudahuel la madrugada del 12 de diciembre de 2010, mientras uno de sus amigos buscaba con la mano contener la abundante sangre que brotaba, como lava de volcán, de un corte de 14 centímetros en su cuello. José (16), en tanto, huía corriendo por la misma cuadra donde su víctima agonizaba hasta que un carabinero le dio caza y lo arrojó contra el suelo. Entonces, con el rostro sobre el cemento, José pudo ver de reojo como Guillermo movía los brazos como en un espasmo y pensó que estaba soñando “o viendo una película volado, o imaginándome leseras”.

“Yo no lo conocía. Ahora podría hacer de memoria un retrato de su rostro, pero en esa época éramos dos desconocidos invitados a una fiesta, hasta que pasó lo de la pelea y lo maté”, dice hoy José.

Guillermo era adicto a la cocaína y, según consigna la carpeta de investigación del caso, tenía tendencia a participar en riñas. De hecho, horas antes de fallecer de una anemia aguda por pérdida de sangre, había agredido junto a otras ocho personas a un chico de pelo largo, vestido de negro.

Fue en esa pelea cuando, precisamente, se enfrentó por vez primera a José.

El actual estudiante de Ingeniería Comercial de una universidad privada trató de detener la feroz golpiza al “metalero” –nueve contra uno- y, tras lograrlo, todos reingresaron a la fiesta. Fue en ese momento, declararon testigos, cuando se inició una discusión.

-¡Huevones cobardes, apatotados, el gil estaba solo y ustedes se aprovecharon de eso!
-¿Y vo qué te metí, pendejo culiao? No te van a quedar ganas de andar defendiendo huevones.

Guillermo y su pandilla comenzaron a rodear a José y a dos de sus amigos. Cuando los tenían ya contra la pared y le estaban propinando patadas, José sacó desde el bolsillo derecho de su chaqueta un cuchillo negro con una hoja de siete centímetros, agachó la cabeza y comenzó a mover el arma en una especie de coreografía: de arriba hacia abajo, de derecha a izquierda. Cuando la música se detuvo, ya había herido de forma leve a dos jóvenes: Pablo Zapata y Fabián Rodríguez. Y a un tercero, Guillermo, le había hecho un corte que, consigna la autopsia, alcanzó la arteria subclavia y la vena cava superior.

-¿Por qué portabas un arma blanca esa noche?
-Porque era un gran imbécil y no pensé en que uno puede cagarse la vida en un minuto.

Según Rodrigo Torres, quien representa en la Defensoría Penal a los jóvenes que cometen homicidios, para los adolescentes es “normal” portar un cuchillo u otra arma, en especial cuando acuden a lugares distintos de donde residen. “Si a eso le sumamos que los adolescentes tienden a sobrerreaccionar y a no medir los riesgos, se crea un clima que facilita la violencia”.

Fue lo que le pasó a José. Esa noche él no debía estar en Pudahuel. Siempre ha vivido en una zona de clase media de Maipú –una de las comunas más pobladas de Santiago con cerca de 900 mil habitantes y una tasa de pobreza no indigente de 5,6%, menor en seis puntos al promedio nacional- , en un sector de jardines abundantes que no sucumben ante el sol, con sus dos hermanos y su madre. Ella es garzona y ha criado sola a sus hijos. Él, el menor, fue siempre el “más difícil y malilla”. Los tres hermanos estudiaron en liceo Santiago Bueras y Avaria, que en la Prueba de Selección Universitaria de 2012 marcó 457 puntos –siete más que el piso de postulación a las universidades tradicionales-, y hoy los tres están en la educación superior.

Sólo José estuvo a punto de tomar otro rumbo y aquí cuenta cómo y por qué mató.

ARREPENTIRSE

“Cuando era chico yo andaba metido en cosas raras. Empecé a ir a las discos muy pequeño. Mi mamá trabajaba como garzona casi a tiempo completo y cuando murió mi bisabuela –que era quien estaba conmigo en la casa- un 12 de diciembre, cuando yo tenía 11 años, empecé a frecuentar a personas de malas costumbres. Mi mamá intentaba sacarme de ahí, pero yo era porfiado. Iba a Pudahuel, y allá era todo más peludo. Me gustaba hacerme el malo. Andaba con el cuchillo porque una vez ya me habían asaltado y pensaba que si volvía a pasar iba a mostrar el arma y los locos iban a tener que dejarme ir.

La noche de la fiesta yo había tomado un poco y me había fumado un par de pitos. No estaba borrado, estaba tranquilo. Hubo una golpiza a otro joven y me metí a separarlos, a decirles que le dejaran de pegar. Volví a la fiesta y ellos estaban jalados. Me fueron arrinconando, yo estaba con dos amigos y traté de esquivarlos. Saqué el cuchillo y pensé que se asustarían, pero se abalanzaron igual. Agaché la cabeza y empecé a tirar cortes al aire. Corrí a la cocina porque me hice un corte en la mano. No andaba pensando en hacer algo malo, si hubiera andado en mala habría sacado el cuchillo cuando le estaban pegando al metalero y no lo hice, lo saqué sólo cuando vi que me tenían rodeado y no retrocedían.

Cuando estaba en la cocina, un amigo llegó y me dijo: ‘te piteaste a un huevón’. Le dije que no, que se había equivocado, que eran muchos y que un corte al aire no podía matar a alguien. Llegó alguien con un cuchillo de esos de cortar zapallo a buscarme y empecé a correr. Saltamos la reja y estaban los pacos que ya habían llegado a la esquina y yo corría y corría, hasta que me alcanzaron y me esposaron y me llevaron detenido. No iba corriendo para ningún lado, corría como enfermo. Ahí lo vi a él. Se estaba desangrando.

Cuando subí al furgón de carabineros, llamé a mi papá y le conté. Él no vive con nosotros, viene cuando hay alguna emergencia y bueno, mi situación calificaba de emergencia. Por la radio escuchaba: monte 6, monte 6. Un paco me decía: ‘te piteaste a un huevón’ y yo ‘no, es mentira esa huevada, es mentira’. Y me puse a llorar, no paré de llorar.

Recuerdo que estaba en la celda, detenido con mis amigos cuando llegó mi mamá y la escuché gritar, llorando. ‘No, mi hijo no’ y yo me encogí. Mis amigos me abrazaron. Estaba pa la cagá. En un momento yo estaba saliendo de mi casa a carretear creyéndome invencible, no pescando a mi vieja; y horas después estaba en una celda pensando en que yo había matado a alguien y que eso era definitivo, irreversible. Nada podría cambiarlo. Podría explicar por qué pasó, sí, pero daba igual: alguien había muerto porque yo había tomado un cuchillo.

Un paco se acercó porque me vio pa la cagá y me dijo. ‘¿Querías matar a ese cabro?’ y yo le dije que no, que me defendí, que me equivoqué en no irme de la fiesta. Y él me dijo que contara la verdad ante el juez, que me afirmara en lo que había pasado y tal vez tendría suerte.

Al día siguiente, me llevaron los ratis al control de detención. Me pasaron sus celulares pa que jugara en el trayecto y yo trataba de jugar y me desconcentraba. Tenía como imágenes de lo que había pasado y las repetía en mi mente, las recordaba sin querer y cuando ya estaba ante el juez me acordé del consejo del paco y conté todo. El juez me miró y dijo que sabiendo los riesgos que significaba hablar, había dicho la verdad y que como no tenía antecedentes, me dejaba libre. Estaba frustrado igual. Lloré, estaba libre, pero no estaba contento. No sabía qué mierda iba a hacer. Había matado a alguien, no era poca cosa, no era un condoro perdonable. Era definitivo.

Nos pusimos a llorar todos. Mi hermana, mi hermano, mi mamá. Creo que traté de no pensar en ese minuto qué iba a pasar si yo quedaba preso a los 16 años. Siempre mi mamá tuvo en mente que nosotros tres estudiáramos en la U y lo que yo le estaba dando era un hijo preso a los 16. Mi compañera, donde fue la fiesta, conocía al chico que maté. Le pregunté quién era, busqué unas fotos. Lo miré. Me preguntaba qué habría sentido mi vieja si la cosa hubiera sido al revés, si yo hubiera sido el muerto. La familia de él nunca me ha amenazado. Creo que entendieron que no me ensañé con él, que no busqué matarlo, pero de todos modos, yo tenía miedo y me salí del colegio. Llegaban rumores de que su grupo me iba a ir a buscar, así es que di exámenes libres.

Mi mamá estuvo súper mal. Lloraba por cualquier cosa. Estuve seis meses con arresto domiciliario nocturno y una noche me quedé afuera con mi polola, y mi mamá lloró toda esa noche.

El mundo en el que yo estaba metido a los 16 no regala nada. Yo era pendejo, creía que hacer lo que hacían los más grandes y malos era ser rebelde y no, la única rebelde de verdad era mi mamá porque yo me dedicaba a hacer lo que los otros, las personas con las que me juntaba, esperaban de mí. Ella no. Ella hacía todo lo contrario de lo que era esperable de una mujer sola con tres hijos: no se dejaba vencer, trabajaba más para sacarnos adelante, estaba decidida a que fuéramos a la U. Ella me dice hoy que se puede morir tranquila cuando yo me titule. Yo quiero hacer un posgrado, llevarla a Disney, comprarle otra casa, compensarla porque siempre fui la oveja negra. Creo que Dios me dio otra oportunidad. Es decir, suena raro, pero creo que todo lo que uno hace ayuda a lo que ahora uno es. Y lo que yo hice fue terrible y me hizo cambiar de rumbo completamente.

Cuando conozco a alguien nunca le cuento esta historia. No es algo de lo que pueda sentirme orgulloso, me da pena aún y miedo. Hasta el día de hoy, cuando alguien me queda mirando en la calle pienso: ‘es un amigo de él, me reconoció y va a a matarme’. Apuro el paso, bajo la cabeza, trato de desaparecer”.

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