Una de las imágenes que muestra a un grupo de palestinos de luto con dos niños muertos por misiles israelíes hace exactamente un año ganó el premio a la mejor foto de prensa que otorga el World Press Photo de Amsterdam, que cuenta con más de una docena de expertos. Pero luego fue cuestionada por el forense Neal Krawetz, de un medio menor diciendo que se trataba de un montaje hecho con photoshop.

No lo era según varios expertos en fotografía y la discusión se puso técnica. La Word Press Foundation puso a trabajar a otro grupo de forenses expertos en fotografía y concluyó que la foto era auténtica. “Está claro que la foto fue retocada en términos de color y tono, pero más allá de esto, no hay evidencia de manipulación” señaló el profesor de ciencias de la informática Henry Farid del Dartmouth College, quien estudió la foto con el fundador de Fourandsix Technologies, Kevin Connor. Claramente la peleas se dan en el terreno de las imágenes y los discursos. Pero la duda queda, la interrogante que sembró Neal Krawetz, el detractor de la foto, y esa duda permanece en los más incautos e impresionables que hacen zapping a Facebook, y que constituyen –constituimos- una masa importantísima y decisiva en muchos casos.

El caso de Marwan es completamente diferente, el niño de 4 años que atravesó el desierto huyendo de la guerra en Siria provocó el mismo efecto: Un encargado de Naciones Unidas. Andrew Harper, publicó la foto en twitter, y luego la periodista Hala Gorani de CNN retuiteó con un subtítulo y todos creímos en esa historia. Pero un periodista agudo de The Guardian llamado Shiv Malik confirmó que la familia estaba a 20 pasos del niño y que era un montaje, con otras intenciones, una especie de retrato emocional, porque según informes de la ACNUR, el caso de Marwan, no es único. Según reportes de la ACNUR, en 2013 mil 320 niños sirios sin padres llegaron a Jordania y 2 mil 440 al Líbano.

El cine iraní –que quizás fue la intención del funcionario de Naciones Unidas- se nos ha mostrado el sufrimiento de los niños en esa mezcla de puesta en escena y ficción y elementos documentales, y que resulta conmovedora sin chantajear, y un retrato consciente de su subjetividad y que reconoce el elemento ficcional.

Esas imágenes – la de Marwan y la del entierro de dos bebés en Gaza- son más sofisticadas y no nos son tan cercanas como los montajes que realiza la oposición venezolana, burdos por decir lo menos, porque en este caso al grupo que puso a trabajar la oposición venezolana –bastante bien pagada, suponemos- hizo todo sin la menor prolijidad y bastante inmoralmente los güeones flojos y desesperados; las imágenes de policías chilenos, cuyo uniforme y palizas conocemos de cerca desde hace décadas y a cada rato no pasan como uniformados venezolanos: nosotros los conocemos. Esa propaganda barata no estaba destinada a convencernos a nosotros, un pequeño país.

El uniforme de Carabineros de Chile, a quienes una reforma y una manguereada de vereda no les vendría nada de mal, no se parece en nada en su look y su uniforme al de los uniformados venezolanos maduristas. En nada. O sea, usar a los pacos chilenos para decir que en Venezuela se cometen excesos es demasiado burdo, y lo mismo con los policías españoles, griegos, catalanes, sirios y hasta chinos que usaron para “dar cuenta de la violencia en Venezuela”. No estoy tomando partido; hacer trampa es la mejor manera de hacerse contrapropaganda, de autoboicotearse. Por eso los que hacían montajes sofisticados para cagarse a un político no le hacen sino un favor al mismo (a la derecha, a Claude o al chanta que sea, y por eso el humor es siempre bienvenido: porque no esconde el truco, lo muestra con descaro, como las portadas de este pasquín o los hueveos de youtube que no pretenden verosimilitud, realismo). Pero en el caso venezolano se nota demasiado el truco, se nota, más allá de que en general sea difícil informarse: hay cientos de medios, muchos de ellos tendenciosos de lado y lado, pero estos montajes fotográficos –que se parecen a las portadas del Clinic, con la diferencia de que las portadas del insigne pasquín son claramente en tono de chanza- sólo menos hablan de la desesperación de la oposición venezolana.

Si la esfera estética de la que forman parte las fotografías tiene un papel fundamental entre el orden policial y la interrupción política de ese orden es porque esa esfera tiene el poder para refigurar una nueva repartición de lo sensible, como señala un pensador francés. La pelea se da en las imágenes, en el discurso. Qué imagen demanda la época (cuál el poema, en el fondo) decía Pound. Nosotros, en tanto, velamos por las imágenes de nuestros hijos y de nuestra bombardeada sanidad mental en el mejor cine y la pinacoteca personal de nuestros recuerdos.

Una imagen vale mucho menos que mil palabras si estamos adiestrados a detectar en la redacción los trucos, guiños, muletillas y atajos; ya que estamos entrenados desde hace años por la prensa de un solo sector político y, ni hablar, la televisión. Esos años de adiestramiento nos han enseñado a cómo leer las noticias. Muchos de nosotros recordamos perfectamente cómo las abuelas y mamás veían TVN o leían la prensa durante la dictadura sacando sus propias conclusiones y lecturas, adiestrando su inteligencia armando esos rompecabezas, porque “las imágenes, no importa cuán terrible sea la violencia que las instrumentalice, no están totalmente del lado del enemigo” (Huberman sobre Farocki).

En el prólogo a Farocki, Didi Huberman señala que es especialmente absurdo descalificar ciertas imágenes porque aparentemente han sido “manipuladas” y que todas las imágenes del mundo son resultado de una manipulación, de un esfuerzo voluntario en que intervienen la mano del hombre, de un encuadre, un ángulo, un cómo quiero que veas lo que yo vi, porque es hermoso o terrible y quiero mostrártelo en toda su emoción: por eso se atenúa o acentúa la luz, por eso se encuadra de tal manera, por eso los versos o la prosa son un corte intencional y no malelintencionado. Pero otra cosa es el truco malintencionado y encima torpe como el ejemplo de la oposición venezolana.

Sólo los teólogos –y los que practican la medicina alternativa con algunas plantas, agregaría yo- sueñan imágenes que no han sido producidas por la mano del hombre –las imágenes aquiropoyetas de la tradición bizantina, las imagyne denudari de Eckhart. La cuestión más bien es cómo determinar, cada vez, en cada imagen, qué es lo que la mano ha hecho, cómo y para qué, con qué propósito tuvo lugar la manipulación. Frente a cada imagen, lo que deberíamos preguntarnos es cómo (nos) mira, cómo nos piensa y cómo (nos) toca.