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A comienzos del mes de abril del año 2001, las portadas de los diarios matutinos daban cuenta de la mayor protesta estudiantil desde tiempos de la dictadura. Y así fue. El día anterior millares de estudiantes secundarios provenientes principalmente de la periferia capitalina arrasaron con lo que pillaron en el centro de Santiago. La demanda formal era “el pase escolar”, pero la real era intangible y difusa. Cinco años más tarde, la lucha estudiantil aparecía nuevamente en la escena nacional. Desde movilizaciones callejeras y tomas en gran parte de los establecimientos educacionales del país, daban cuenta de un fornido movimiento estudiantil –definido como “la revolución pingüina”- que ya contaba con mucha más claridad política que el lustro anterior.

En plena “revolución pingüina” del año 2006, se creó un consejo asesor presidencial que pretendía solucionar los problemas en educación. A esa instancia, se sumó el movimiento estudiantil pecando con la ingenuidad de las reales intenciones de la presidenta que hoy nos gobierna. Y así termina el 2006, siendo el movimiento cooptado por el ejecutivo y no dando respuesta a ninguna de las exigencias que se vociferaban desde las bases.

Con la experiencia de una intensa década de lucha por la educación, el año 2011 una nueva generación de estudiantes se hizo sentir como nunca. Las demandas por una educación gratuita y de calidad resonaron hondo al interior de la sociedad chilena. Incluso, las mejores encuestas del poder establecido le daban a esas demandas más de un 80% de aprobación entre la ciudadanía. Una de sus principales características, fue la autonomía de los partidos políticos y la negativa de negociar bajo las condiciones de una institucionalidad que ya nos había enseñado de traiciones y reveses en la lucha por un nuevo modelo educativo.

Entre el 2011 y la actualidad, mucha agua ha pasado por debajo del puente sobre cuestiones relacionadas al movimiento estudiantil. Los líderes más emblemáticos de aquella época se volvieron diputados o trabajadores dependientes del ejecutivo; la nueva-vieja presidenta pretende hacerse cargo de las demandas estudiantiles y nuevas correlaciones de fuerza azotan al interior de la CONFECH.

Hoy, en una clara condición de reflujo del movimiento estudiantil, este se encuentra en una encrucijada medular. ¿Participar o no de la mesa que inventó el gobierno? Recientemente la CONFECH se resquebrajó por la decisión del autodenominado “bloque de conducción” y NAU en aceptar tal invitación. En la otra vereda, diversas federaciones lideradas por grupos que se autodefinen políticamente en el domicilio de la “izquierda revolucionaria” se niegan a ser parte de un plan de participación no vinculante y que no da cuenta de supuestas garantías que se habían acordado para concurrir a tal cita, como el retiro de proyectos de ley por parte del gobierno.

El problema no radica en sumarse al plan de participación de Eyzaguirre, sino en el ser sumado. No tener un plan propio unitario al interior de la CONFECH, que calcule exhaustivamente los movimientos de un gobierno que sólo quiere legitimar su reforma con la participación estudiantil, los puede volver el sepulturero de los avances del movimiento.

Para eso se requiere que bolcheviques –grupos dispersos que abrazan el imaginario revolucionario- y mencheviques –colectivos que hoy ocupan el espacio dejado por las juventudes comunistas- unidos al interior de la CONFECH, forjen los puentes de fraternidad y se pongan a pensar en que son representantes de todo un movimiento estudiantil forjado por las esperanzas de decenas de miles que en su mayoría no conocen las siglas de sus organizaciones.

Mostrar una CONFECH dividida, es hacerle el juego más fácil a los reformadores tangenciales encabezados por Eyzaguirre, ministro que hoy delinea una reforma educacional vacía y que la dibujará según la correlación de fuerzas entre la oposición y la capacidad de avanzada de las y los estudiantes. Pero las acciones mancomunadas no pueden ser en desmedro del fortalecimiento de la democracia del movimiento estudiantil. No se puede estar luchando por la derogación del DFL-2 y no ejercer prácticas democráticas al interior de las estructuras estudiantiles.

*Coordinador Movimiento Libres del Sur.