La-promesa-del-cine-chileno_ALEJANDRO-OLIVARES

La vegetación florece en los cerros de La Pincoya a esta altura del año. El vallecito rodeado de montes que si no están secos están quemados, luce natural, campestre. En una calle al lado de una colina que no tiene nombre vive René Miranda, el primer habitante de la emblemática poblaciónde Huechuraba, levantada a punta de tomas en 1969, que llega a la pantalla de un arte de elite.

La apacible tarde de calor que ha empujado a los vecinos a buscar sombra en los árboles de la calle, es alterada por una caravana de motos, autos y furgones de Carabineros, que a toda velocidad se adentran en la población. “Van a reventar una casa”- dice la mamá de René- “es así todos los días”.

A pesar de que La Pincoya no está dentro del grupo de poblaciones más vulnerables de Santiago, la delincuencia es un camino que está a la vuelta de la esquina y mucho más cerca también. La calle de tierra que sube por el cerro está bloqueada con ripio por los propios vecinos, para que no vuelvan a subir a desmantelar autos. Hace unos días, una camioneta quemada cayó del cerro arrasando con todo.

René entra y se sienta en el patio de su casa para contar, cómo un niño de 15 años termina protagonizando una película que llega a las cadenas de multicines y su rostro se multiplica en afiches en distintos puntos de Santiago. Y también para reflexionar sobre lo que esto significa para alguien que aprendió de chico el código de los choros y a no ser avasallado por los patos malos.

LOS OPUESTOS SE ATRAEN
Hace tres años, en otro punto cardinal de la capital -entre los cerros acomodados de San Carlos de Apoquindo-, un curso de la carrera de Cine de la Universidad del Desarrollo, planea su proyecto de título, un largometraje que hable de las contradicciones sociales de Chile.
Aunque se trata de una de las universidades más caras de Chile, gracias a un sistema de becas y créditos, los orígenes de los estudiantes son cada vez más diversos. De hecho los directores de Volantín Cortao vienen de La Dehesa y de La Florida. Son Aníbal Jofré y Diego Ayala, una dupla de jóvenes cineastas que a mitad de carrera se habían ido a filmar una ficción en Chaitén con la urgencia de registrar el pueblo cubierto por cenizas.

Con Volantín, la ficción tenía una vocación documental y la urgencia estaba en otro lugar, en encontrar jóvenes de poblaciones de Santiago que puedan imprimirle verdad a una historia que entonces parecía artificiosa: la compleja y violenta historia sentimental entre Paulina, una trabajadora social del Servicio Nacional de Menores (Sename) y Manuel, un muchacho en riesgo social.

Durante el proceso de investigación, conocieron a jóvenes de Caleta Sur, organización de ayuda a jóvenes conflictivos de la periferia sur de Santiago y a Juan Carlos Bustos, ex director del Sename, quien les contó que en un centro de región, un interno terminó casado con una trabajadora, lo que corroboró la idea.

Con el papel de Paulina en manos de Loreto Velásquez, el siguiente objetivo fue castear al personaje de Manuel, que originalmente sería Isaac Arriagada, Milton en la cinta Las cosas como son (2013) y quien desertó por ir a probarse a un equipo de fútbol del norte. En el Centro Cultural de la Municipalidad de Huechuraba les presentaron a dos cabros que tocaban batucadas.
“Así conocimos a René. Prendimos la cámara lo hicimos decir dos palabras y nos dimos cuenta que era él. Tiene un magnetismo frente a la cámara impresionante, algo, guardando las inmensas proporciones, de las primeras películas de Marlon Brando: una mirada profunda, una verdad en los ojos, algo desafiante que va más allá de ser uno mismo frente al juicio de una cámara, lo que ya es difícil”, dice Jofré.

FICCIÓN DOCUMENTALIZADA

René nunca esperó que esos meses de 2012 le abrieran otro camino en su vida. Estaba conforme con tener categoría de estrella en su casa. No lavaba los platos ni lo mandaban a comprar. Hasta dejó de ir al colegio y se las arregló con exámenes libres. Hasta tuvo problemas con su polola de entonces en la premiere académica de la película, por unas escenas algo hot. “Me soltó la mano al toque”.

Pero a dos años del rodaje han pasado cosas. Seleccionada en las competencias oficiales de festivales como Locarno (Suiza), Roma (Italia), Bafici (Argentina) y Valdivia (Chile), donde la película consiguió dos premios del público, René tuvo su recompensa en el Festival de Quilpué: recibió el premio al Mejor Actor.

La química que logró con la actriz Loreto Velásquez, quien lo ayudó a sacarse las muletillas, a no decir “sí oh” y “wa” en cada frase, fue destacada en cada exhibición. Lo mismo la naturalidad, los momentos en que ambos improvisan y la biografía de René, que permea su personaje, Manuel, un flaite que roba celulares y salta panderetas, sin otro objetivo que el presente. Algo que no está lejos, en términos existenciales, de lo que vive su acompañante, una trabajadora social sin vocación que se mete en el mundo del joven.

Según los directores, Volantín Cortao es un filme que se hizo con muchos caminos posibles. “Hay una toma donde René y Loreto hablan de sus miedos, que partió como algo banal y terminó como algo profundo, hablando del vacío, la soledad, ser padre. Hay otra toma donde están en su casa, con su mamá y René cuenta una parte pequeñita de su historia que abre una ventana gigante a su vida”.

René se crío con su abuela María Ruth. Es a ella a quien le dice mamá. Su mamá biológica es la “Hueso”, que no vive con él pero que a veces la visita. Su papá, como muchos en Chile, formó otra familia y se esfumó. Para él, su papá es el esposo de su abuela, Antonio, un señor educadísimo que trabaja en la construcción y que le enseña los secretos de oficio. “Padres son los que crían y uno no tiene que esperar más de las personas”, sentencia.

Su mamá cuenta que René es el chiche de la casa, “el único rucio de ojos verdes de la familia”. Aunque siempre visita a sus hermanos menores, vive desde los dos años con ella. El vínculo entre ambos se estrechó cuando le diagnosticaron Síndrome de Guillain-Barré, un trastorno grave del sistema inmunitario que ataca parte del sistema nervioso. A los siete años quedó postrado en el Hospital Sótero del Río.

Su primera manifestación de histrionismo la vivió ahí. Se hizo el muerto antes de una sesión de kinesiología. La actuación terminó cuando llegaron doctores con las planchas para hacerle una desfibrilación. “Ahí dejaron de tratarme con cariño”, dice. Después de dos años volvió a caminar, pero de la enfermedad heredó una cicatriz en el cuello por una traqueotomía, una tensión en los músculos de sus pies que le dificulta levemente caminar y un cambio en su manera de ver la vida, inusual para su edad.

“No creo en nada más que en el ahora. Se me murieron todos mis amigos del hospital. Una bacteria llegó al edificio y se los llevó. Ahí estaba la Kimberly, una guagüita de meses que tomaba en brazos cuando empecé a recuperar la fuerza. Al final me dieron de alta porque iba a caer en una depresión. Yo me pregunto si no hubiese tenido la enfermedad que tuve, ¿habría seguido los malos pasos de mis conocidos?”.

EL FUTURO
El camino que René no tomó es el de “las tentaciones”, como le dice. El de la plata fácil, como se le conoce popularmente. El de la delincuencia, así, sin eufemismos. En el sector que vive no hay niños soldados, pero sí mucha pasta base y suficientes armas como para andar con cautela.
“Hay que saber manejar el código. No podí ir a un lugar donde todos usan poleras negras con una rosada. Podí ser piola, estudioso, nerd, pero siempre van a tratar de huevearte. Que sí querí ir a una bencinera, que hay buenas monedas… yo les he dicho que tengo a mi vieja, y me dicen ‘ya pero si son para ella’, y les contesto que yo me las puedo ganar bien. Ahí te empiezan a tratar como el huevoncito”.

La mamá de René, con orgullo, agrega “mamón” a la lista de apodos. Él no se molesta porque sabe que donde vive las cosas “no paran hasta que llegan los balazos”. Un día en una cancha estaba con un amigo fumando un “joint”. También estaban los hermanos chicos de su amigo jugando lejos, para que no los vieran. Entonces bajó un flaite del cerro, le pegó una patada al amigo y cargó una pistola.

“Le empezó a decir ‘cochino culiao, hijo de la perra’ y lo apuntó. Los niños se pusieron a llorar. ‘No matí a mi hermano’, le decían. Al final el loco quería cobrar por una pelea antigua. Después bajó otro a cobrar con la misma pistola, la misma hueá. La cargó de nuevo, era de mentira, pero le pegó un cachazo a mi amigo. Cinco puntos. Después de ir a la posta salió a buscarlos con el papá. Es una pelota, no termina nunca”, reflexiona.

¿Cómo se sobrevive a esa cultura de la violencia? “Buena onda, hip-hop, tambor y batucada. La música me salvó. Después de la enfermedad era pura violencia, le pegaba a las murallas, pero empecé a escribir, a cantar temas que hablan de la calle, pero también del amor. Ya no hay más violencia”.

Desde hace cinco meses está sacando 3ro. y 4to. medio en un dos por uno, y trabaja en la construcción. Su especialidad es la piedra: la corta, la pule y la carga, pero hace mezcla, mide, aploma y hace radieres. Esta semana René cumplió 18 años y volvió a encontrarse con los realizadores de Volantín Cortao, el aplauso y las felicitaciones.

“No sé lo que va a pasar, sería bonito hacer otra película, pero mejor no hacerse ilusiones, porque personas como yo no llegan lejos en esto, podemos llegar más lejos en la construcción”, dice antes de apuntar el patio trasero donde botó un muro para levantar una pieza.