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La vida es bonita cuando la ovación ruge en el estadio como un huracán. Hoy es uno de esos días: 11 de julio de 2010. Todo está bien y Joseph S. Blatter se encuentra satisfecho en el palco de honor. Apretones de manos, abrazos, el destello de las medallas ante las luces y las cámaras. El presidente de la FIFA, rodeado de su directiva, recibe a los futbolistas españoles campeones del mundo. «¡Y ahora —exclama el locutor—, la entrega del trofeo!» Los flashes centellean en el estadio de Johannesburgo y las vuvuzelas resuenan como nunca. Joseph S. Blatter desciende los escalones. Una bufanda de seda cae con una blancura sacerdotal sobre su traje azul noche, la copa de oro descansa en su brazo izquierdo. ¿Sería posible prolongar el instante eternamente, una vuelta al estadio y otra más? Pero el capitán del equipo español, Iker Casillas, ya se encuentra frente a él. Y Joseph S. Blatter, en un acto solemne, hace entrega del trofeo a los nuevos campeones del mundo.

Es la cima de la felicidad. Un público de millones de personas lo observa, el mundo entero tiene la mirada puesta en él y vibra extasiado. Ningún jefe de Estado conoce una autoescenificación similar. No hay héroes del cine ni estrellas de la música que lo hayan experimentado. Es el instante que debería durar eternamente.

A menos que a uno le toque ser el villano.

Blatter también conoce ese papel. Del Mundial de Corea y Japón en 2002, y del de Alemania en 2006. El rol de villano hiere profundamente, y viene acompañado de la peor sensación que alguien como él puede experimentar: impotencia. Cuando los aficionados abuchean, pitan o despliegan pancartas con insultos, o cuando la ola recorre las gradas en señal de protesta ante la incipiente aparición de Blatter en la pantalla… bueno, esos son momentos que nadie quiere vivir.

En el Mundial de 2006, el público lo había abroncado con indignación en cada partido, por eso en la final de Berlín no se atrevió a pisar el césped en la ceremonia de entrega de premios. La imagen era grotesca: todos de pie allí abajo, alrededor de la copa, sin saber qué hacer. El presidente Horst Köhler, los directivos de la FIFA, el jefe de organización del Mundial Franz Beckenbauer; los más importantes representantes del mundo del fútbol estaban esperando al jefe. Y Blatter no venía. ¿Acaso se había escondido por miedo a la gente de las gradas? ¿Tenía miedo de los aficionados, de esas personas que no sacan ningún beneficio del fútbol y que aman el juego hasta el punto de haberlo convertido en el acontecimiento más importante del planeta? Son los que infligen a Blatter una humillación. La parte de la sociedad que todavía puede permitirse pitarlo. Es el público.

El resto colabora hasta la abnegación, siempre que Blatter está de gira por el mundo, atendido por ilotas y guardaespaldas, espías y secretarios. Vuelo en primera clase, hotel cinco estrellas. Luces de sirena y caravanas de coches constituyen el cuadro indispensable para el anciano infatigable de los Alpes suizos y sus fieles. Blatter tiene la Cruz Federal al Mérito y cátedras honoríficas, la Orden Olímpica y hasta el premio Bambi, y un montón de condecoraciones que guarda en su armario. Calificarlo como jefe de una federación deportiva empieza a ser una blasfemia. ¿Acaso no es mucho más, no es el patrón de una comunidad de creyentes que ha superado ampliamente la dimensión de la Iglesia católica? Los directivos del fútbol están convencidos. Y, hasta cierto punto, es así.

Le basta con chasquear los dedos para que reyes y presidentes le abran las puertas de palacios, casas de gobierno, cancillerías y ministerios, ya sea el Kremlin, la Casa Blanca o el Vaticano. Ningún político con ambición puede adoptar una postura neutral frente al fútbol. Desde hace ya tiempo, este deporte ha dejado de ser un terreno imparcial. Quien busque popularidad tiene que rendirle honor al balón. Tiempo atrás, en la final de 1986, el canciller Helmut Kohl ya había despertado la alegría de todo el país al estrechar a los jugadores entre sus brazos durante la ceremonia de entrega de premios. Hoy, Angela Merkel, hija de un pastor protestante, se presenta en el vestuario del equipo alemán en un partido de la fase de grupos, donde posa para algunos fotógrafos privilegiados junto a los héroes sudados que solo llevan una toalla alrededor de la cintura. Y luego la Cancillería y la Federación Alemana de Fútbol discuten durante días si la visita estaba concertada o no; un numerito para el pueblo futbolero.

Los dioses del fútbol temen aún menos a la industria publicitaria que a los políticos. En tiempos de crisis (un estado permanente en una FIFA contaminada de corrupción), se suele decir respecto de las corporaciones: «¡Atención, ojo al loro, que si los anunciantes se enfadan la FIFA las pasará canutas!». Es un misterio cómo ha llegado a trascender ese cuento chino. En realidad, la economía y los patrocinadores se inclinan con devota lealtad ante el producto Copa Mundial de la FIFA y ante Blatter y sus camaradas, los propietarios. Pues el torneo es el mejor escenario publicitario de toda la galaxia. Al que no obedece se lo puede cambiar en cualquier momento, incluso por un rival directo en el mercado, ya que la competencia hace cola.

Pero un momento. ¿Además no están los medios? Así es. Solo que los periodistas deportivos son a menudo aficionados que se han saltado la valla y que rara vez abordan el tema con rigor periodístico. Con pasión y grandes intereses personales, realizan el servicio de prensa para el deporte pasión blatteriano, elevando el acontecimiento aún más. La FIFA remuneró este servicio, en cierta ocasión, con una generosa donación de cincuenta mil francos para la Asociación Internacional de Prensa Deportiva. Como fruto de la labor de transfiguración mediática, tenemos la pérdida de percepción más original que la sociedad moderna ha experimentado: un negocio de miles de millones, marcado por crecientes agresiones y nacionalismos, por la infiltración de gánsteres y del crimen organizado, se convierte en un modelo de valores e ideales al que incluso los ejércitos de aficionados y analistas deportivos se adhieren con entusiasmo.

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«¿Soy una mala persona?», dice Joseph Blatter alzando la voz. Esta vez se encuentra en el Pabellón de Congresos de Seúl. Es el 29 de mayo de 2002 y Blatter acaba de defender su trono en la FIFA tras una campaña electoral legendaria y turbia. Los delegados que se encuentran frente a él aplauden a rabiar. Son ejecutivos que embolsan miles o millones de dólares al año a través de sus federaciones. Muchos han acudido con sus mujeres e hijos. La mayoría de ellos representan a países desérticos, principados o estados pequeños. La extensión de algunos es apenas mayor que la de doscientos campos de fútbol, y la mayoría no dispone de una competición que valga la pena mencionar. Pero el dinero les llega regularmente. Es la familia del fútbol. Se han reunido todos en la jornada electoral. Y arden de entusiasmo.

«¿Soy una mala persona? —les pregunta Joseph Blatter levantando la voz—. ¡Vosotros no podéis ser tan malos como para elegir a una mala persona como presidente! De modo que aquí todos somos buena gente. Tomaos de las manos. ¡Todos somos buenos! Tomaos de las manos. ¡Por la unión del fútbol !
¡Por el fútbol!»

Esta lógica tiene validez. Hasta que acabe el partido.

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FIFA MAFIA
Thomas Kistner
Córner, 2015, 480 páginas