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Luego de que este martes se aprobara en la Comisión de Salud el proyecto que permite el aborto en tres causales, la revista Vice México publica el testimonio de una joven que decidió abortar a sus 24 años. El relato, firmado por la escritora Andrea Ocampo, quien recibió el testimonio y lo redactó en colaboración con la mujer, cuenta el honesto y crudo relato de un aborto clandestino en el país.

La joven, que utilizó Mifepristona y Misoprostol, comienza contando: “Sentí algo muy brígido. Le comenté a mis amigos que la sensación es similar a la de una terrible resaca combinada con un dolor hardcore. Yo en particular tengo reglas súper dolorosas y este dolor era tres veces mayor. Era un dolor grande. Tiritaba de frío, de dolor y de miedo. Fue una sensación muy penca, en verdad no conozco los efectos, a pesar de que he leído y me han contado mucho sobre el tema, pero nunca se sabe cómo va a reaccionar el cuerpo. Siempre está el miedo de no saber qué va a pasar, de que el dolor endurezca, que empiece la fiebre o sangre más de lo pensado. Pero lo más grande es el miedo. Miedo a tener un aborto incompleto o que la guagua quiera vivir y quede con malformaciones. Puede pasar y es aterradora esa posibilidad”.

Dice que estuvo una hora y media con esa sensación, “hecha mierda”, hasta que se durmió. “Media hora después desperté mejor. Todo el proceso estuve acompañada de amigos y en un ambiente súper protegido. En el manual dice que hay que estar aguja (atenta) con el sangrado, o sea que si estás empapando más de dos toallas por hora, hay que preocuparse. En mi caso no fue así, afortunadamente. Ahora, un día después, sigo sangrando como si fuera el primer día de regla. Tuve mucho cuidado con el tema de las comidas porque tenía náuseas de nervio, de dolor, de lo que fuera. Compramos toda la comida en función de cómo iba a ser el sangrado. Esto es súper violento porque perfectamente podría estar en una clínica privada con una persona capacitada y me estarían dando comida que saben que no me va a hacer mal”.

La joven también relata las dificultades que debió pasar en la etapa previa y cuando supo que estaba embarazada: “Estuve sufriendo, sobre todo los primeros tres días en que no quería ni comer, pero después me empezaba a desmayar y me la pasaba en el baño. En un mes me creció una copa del sostén, me sentía pesada y el asco no me dejaba vivir. Para mí fue una tortura. Lo primero que pensaba por las mañanas era: “¡Estoy embarazada, conchetumadre!” Así comenzaban todos mis días y de ahí para adelante”.

Para hacer la ecografía, que siempre es necesaria antes de cualquier tipo de aborto, la joven además estuvo obligada a escuchar los latidos del feto y a actuar como si quisiera ser madre: “El día que me fui a hacer la eco, fui con una amiga. Como en Chile está prohibido el aborto, no puedes llegar a hacerte una eco y decir que el objetivo final es terminar el embarazo. Tampoco puedes estar alumbrando (manifestando) mucho que no querís tener la guagua (bebé) porque no sabes quién te puede andar sapeando (vigilando) y te pueden denunciar. Y si te denuncian te vas presa. Yo no quiero que me sapeen ni ir presa. Entonces fingí ser la joven confundida que no cachaba (sabía) qué onda con su embarazo. Las matronas quieren que las guaguas nazcan, entonces no tienen porqué saber que no quieres a esa guagua. Ellas te tratan como futura mamá, comienzan a hablar en función de la guagua con ese vocabulario que —para mi situación— fue súper violento, porque, ¡qué chucha! Mientras me hacían la eco, una de las matronas, extremadamente feliz, me dijo: “¡Mira, está latiendo su corazoncito!” y yo ahí, negra (impactadísima). Le dije que bajara el volumen y parece que no me entendió o no me quiso entender y se lo subió. Hueón, ¡no quiero escuchar esto! ¡¿Cómo te digo que no quiero escuchar eso?! Así te arriesgas a que te sermoneen como todo el mundo te sermonea. O la típica: “Piensa que un hijo es una bendición”, pero ese tono amoroso no me sirve, yo tengo dudas al respecto”.

Además, la estudiante relata que, si bien tuvo dudas, su decisión fue firme: “Cuando la gente habla del aborto tiende a pensar que la mujer que aborta no tiene ningún cuestionamiento del tipo “el origen de la vida” y que sólo quiere destruir y matar gente. Quizá uno ha tenido esos deseos, pero yo igual pensé en un momento: “Hay una cosa que está viviendo dentro de mí”. Obvio que pensé en: “Es posible que pueda nacer y convertirse en un ser humano a futuro”. Pero cuando vi esos dos centímetros, que eran siete semanas, para mí fue estar viendo un tumor. Y yo no quería tener eso. Lo más terrible no son los malestares físicos, son los psicológicos, no hay nada ni nadie que te sostenga. Es un proceso que se vive abandonada del Estado y de las instituciones. Yo tengo la suerte de tener gente buena onda y feminista a mi lado. Pero algunas amigas me han contado que lo hicieron solas y no sé cómo lo soportaron”.

La muchacha también relata que su madre y su hermana fueron madres a su edad, y que proviene de una familia evangélica. Eso, sumado a las deudas y al hecho de que simplemente no quería ser madre, fueron decisivos para elegir lo que quería hacer: “Ahora estoy súper aliviada. Hoy me miré al espejo en la mañana y amanecí bonita. No estaba así hace mucho tiempo. Me siento muy bien, me saqué un peso de encima gigantesco. Todo volvió a su centro y lo bueno es que salió bien, no tuve ningún drama; quizá sí tengo suerte”.

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