12 MUERTOS EN ATENTADO TERRORISTA EN PARÍS

Despertar el sábado por la mañana. El primer pensamiento: París.

Acomodar la almohada intentando convencerme de que el viernes 13 parísino fue una pesadilla. Pero no. La TV ha quedado prendida toda la noche, y como en esas maratones por cable, las dantescas imágenes de un París bajo el fuego asesino permanecen ahí, solo que ahora alumbradas por el tímido sol del otoño europeo.

Al igual que el paso de los años nos dan la debida perspectiva, el paso de los siglos en la historia de la humanidad también lo proporciona.

Cuando la espalda se nos encorva y “las nieves del tiempo platean la sien”, mucha veces con rubor recordamos las tonteras del adolescente que fuimos. Igualmente la incredulidad, y por qué no decirlo, la vergüenza como especie, nos inunda al recordar la época de los gladiadores, los instrumentos de tortura del medioevo, la indigna Inquisición, los barcos negreros surcando los mares con su carga humana al Nuevo y Viejo Mundo.

Recordar con asombro a Emilly Wilding Davison, suicidándose, muerta bajo las patas del caballo del Rey Jorge V en el Derby de Epson en 1913 protestando por el derecho al sufragio… ¡por el derecho a voto femenino! Para no creerlo.

Ese mundo ya no existe, y si algún resabio queda de esos hechos, son cepas infecciosas, como la viruela o la peste negra, guardadas bajo siete llaves en laboratorios para investigación, pero no matando a millones en el mundo.

¿Qué pasó anoche en París?
¿Fue ISIS? ¿Sirios exiliados por una guerra inventada por los gringos? ¿Kurdos eternamente apátridas? ¿Palestinos revanchistas? ¿Lestrigones? ¿Cíclopes? ¿Selenitas?

Quizás, pero las huellas de sangre, las pistas del crimen nos llevan, lamentablemente sin posibilidad de error, a un asesino mucho más bestial, con mil caretas, con mil mentiras y engaños a través de la historia del mundo. Ese criminal tiene uno o varios nombres, pero señalaré los más reconocibles: Dios, Religión.

Pudimos como sociedad civilizada superar la Inquisición, abolir la esclavitud, otorgar derecho a voto a las mujeres. Pero, ¿cómo superar lo que a millones otorga sentido a sus vidas como lo es la religión y la idea de dios?

No hay respuesta, o quizás sí, una: cortando alitas.

Sí, cortando alitas a santones poseedores de la verdad, limitando la difusión de doctrinas que ven en las páginas de sus libracos testamentarios y falaces una guía para la vida humana.
¿Cómo hacerlo? Limitándolos, bajándolos de sus altares de barro. ¿Que viene el Papa a Chile? Qué bien: el jefe del Estado Vaticano, para nada el infalible ni el hombre santo. Esto como ejemplo.
Judíos, islamistas, protestantes, luteranos, católicos y la extensa lista de fanáticos poseedores de la verdad deberán tener cada vez menos espacio, menor cobertura, estar circunscritos a sus edificios de culto. Nada más.

Ojalá con el pasar del tiempo palabras como Dios o Religión sean equivalentes a nazismo, una grosería irreproducible. No importa cuánto demore. Con pequeños gestos, demos hoy el primer paso.
En lo político, lo malo es que con esto posiblemente crezca en Francia el Frente Nacional, y en toda Europa, brotes fascistas.

Muchos se levantarán pidiendo que la policía francesa vuelva a tener a un comisario como Maurice Papon, que entre octubre de 1961 y principios de 1962 tiró al Sena no menos de 250 cuerpos de argelinos, según cálculos conservadores.

Al repasar la historia francesa contemporánea, nos atemoriza pensar que de esta acción luctuosa puedan nacer personajes similares a Maurras, Daudet, Gaxotte y grupos como Acción Francesa, la Croix-de-Feu o los Camelots du Roi que intentaron (¿o lograron?) socavar la Tercera República, allá por los años 30; todos ellos, sin lugar a dudas, precursores de Vichy, aquella mancha indeleble en la historia de Francia.

A modo de posdata, por favor la derecha chilena, por decoro, que guarde silencio ante este crimen, pues el pinochetismo también fue un ISIS, en escala minúscula, pero terrorismo es terrorismo. ¿Cuándo, dónde? Washington, Buenos Aires, Roma, Santiago, Iquique, Concepción, Valparaíso, Laja, Lonquén…