Agencia Uno

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Asumo que la primera tentación de esa operación de clausura rápida que hace el pensamiento, es suponer que eso de la “felicidad envasada” es una crítica indignada a los valores capitalistas: que el consumo, que la Coca-Cola, que la cacha de la espada. Valores de los otros, claro. Siempre de los otros.

Lo asumo, porque si bien es imposible negar que la moral neoliberal lleva una cuota no menor de cinismo que redunda en abusos y fragmentación social, también es cierto que gozamos del apocalipsis, cuyo jinete hoy se llama “el modelo”. Tal sensibilidad apocalíptica es un comodín perfecto para esta operación mental que algunos llaman Gestalt, otros pensamiento express, otros estupidez: forzar todo dato o estímulo para que cuadre sin contradicciones ni inconvenientes con la continuidad de mi “sí mismo”.

El goce apocalíptico nos lleva a crear una abstracción de la humanidad que se parece cada vez más a una moral autocomplaciente; pero que, más allá de la embriaguez egótica que genera, como el personaje de “Los hermanos Karamazov” cae en el desprecio al humano de carne y hueso: “Mientras más amo a la humanidad menos amo a los seres individualmente (…) hubiera llegado hasta el patíbulo por mis semejantes y sin embargo soy incapaz de vivir con nadie dos días seguidos”.

Quizás los datos de la última encuesta CEP sean un reflejo de tal paradoja: la principal preocupación del chileno no es lo que grita a los cuatro vientos –el sistema previsional, los niños, o incluso la educación–, sino la seguridad. Ya una encuesta Cadem había arrojado, unos días antes, que la mayoría de los chilenos apoya el alza de las cotizaciones previsionales con cargo al empleador, pero una mayoría más expresiva aún (63%) rechaza que esa plata extra vaya al fondo solidario y no a sus cuentas individuales. Carlos Peña planteó su hipótesis para explicar, en medio de tanta contradicción, cómo una presidenta acusada de populismo puede obtener un ingrato 15% de apoyo; afirma que se trata de un populismo delirante: el gobierno escucha al pueblo que imagina. Y seguro lo imagina como esa humanidad del personaje de Dostoievski: virtuosa, santona y libre de contradicciones e intereses personales.

Y uno de los datos más sabrosos de la CEP: el chileno se siente bastante satisfecho con su vida, pero supone que el resto de la gente no lo está. Un “yo estoy bien, tú estás mal”. Otra vez la preocupación por la humanidad y, sin embargo, el preocupado se siente bastante bien consigo mismo, cuestión que seguramente le da altura a su narcisismo moral: debo guiar al otro hacia el bien. Ahora sí, es a esta posición desfachatada a la que llamaría la felicidad envasada: esa clausura moral del pensamiento express en que yo siempre voy por la senda correcta y tú por la equivocada, aunque tal gesto suela vestirse de generosidad.

Lo que revela la encuesta, visto así, es un escollo para el goce conspirativo que sólo ve la huella perversa de voluntades ajenas tras los procesos sociales de los que, sin embargo, también forma parte. La evidencia de que, por desgracia, pensar distinto no es tan fácil como se piensa, no basta con estar del lado de la disidencia. Como la trampa del mago de Oz, atribuir todo mal al “modelo” nos empuja a ajusticiar al hechicero maligno para encontrarnos tras la cortina nada más que con un megáfono acéfalo. Sacando la cuenta, luego, de que aun con la furia y la pancarta en mano, nos pasamos la vida, tal como en el filme, siguiendo el camino amarillo. Así como nos quejamos de un taco sin reparar en que somos el taco, pues bien, podemos decir también que somos el “modelo”.

Pensar distinto de veras, implica en primer lugar la disidencia con el “sí mismo”, eso que ocurre cuando nuestros guiones quedan en estado de excepción y se da lugar a lo inédito. Pensar distinto es separarse, antes que de lo instituido por otros, de nuestro “sí mismo” que nos vuelve repetitivos.

Sospechar de uno mismo es un coñazo, sin duda. Será por eso que a las autoridades se les ocurre que la filosofía es una manfinfla que se puede reducir a un consejo de curso. Y quizás por eso, también, existen unas cabezas que suponen que las autoridades son unos malos muy glamorosos, tan inteligentes como para concebir en su propio consejo de curso un plan infalible para que el pueblo deje de pensar. Al pensar eso, es que ya dejamos de pensar.
Manfinfleras las autoridades, manfinfleros nosotros. Deleuze decía que la filosofía no servía al poder –ni al Estado ni a la Iglesia, por cierto– pero tampoco a una ideología del bien tan envasada que no se hace preguntas. Si la filosofía sirve para algo es para “denunciar la bajeza del pensamiento en todas sus formas”. Y hoy, junto al poder al que siempre vale la pena vigilar, supongo que es imperativo que el pensamiento pueda denunciar al ciudadano demasiado satisfecho consigo mismo en su felicidad envasada, y que, con razón, está poco dispuesto a cuestionar sus verdades. No por nada las tecnologías contra el sufrimiento se orientan hoy a engrandecer el ego, a completarse solo y prescindir de la necesidad del otro, a la “atención plena” en uno mismo. Nuevas virtudes del célibe espiritual –libre del infierno de requerir de los otros– que habrá que ver si encuentran algún ajuste a tiempos en que verbalizamos una lucha por un nuevo pacto social solidario.

Resistiéndome al goce apocalíptico debo reconocer que junto a este amor a la humanidad algo hipócrita, sigue corriendo el otro: el amor que duele. Ese que es siempre un suicidio para el ego, ese que nos hace vulnerables, necesitados y dependientes. Ese que nos permite reconocernos en otro ser humano y no nos permite la indolencia a su dolor. Eso todavía existe. Y quizás sea lo que ha garantizado la existencia de nuestra especie. El amor, no ese de alguna revolución de las flores u otro simulacro estético de felicidad, sino el amor que duele, es el que –como la filosofía– implica romperse a sí mismo y obliga al lazo con la alteridad, con los otros de carne y hueso, y con otras ideas que por lo menos nos aseguren estar algo insatisfechos con las propias.