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“El descontento chileno y los hijos de la democracia”, lleva como título la columna que escribe para The New York Times el director de The Clinic, Patricio Fernández. En el texto, anuncia que “un ciclo político está terminando en Chile, mientras un intenso malestar reina entre sus habitantes”.

“Pareciera que en muchas partes de América Latina y el mundo pasa lo mismo, y quizás la respuesta esté en internet, que llegó para cambiar las relaciones políticas, pero acá coincide además con ciertos ritmos internos. La última camada de jóvenes que entró al parlamento —Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric y Karol Cariola, todos dirigentes de las protestas estudiantiles de 2011—, nació en los albores del plebiscito de 1988. Ellos no son hijos de la dictadura, sino de la democracia, y el objeto de sus juicios ya no es Pinochet —quien la semana pasada cumplió 10 años de muerto—, sino la Concertación, el orden político que le dio gobernabilidad a Chile durante las últimas décadas y que hoy agoniza”, afirma Fernández.

Sugiere que “a estos millenials ninguna fidelidad los obliga con los fundadores de la normalidad democrática actual”, pues -recuerda- que “no vivieron directamente la dictadura de Augusto Pinochet, ni sienten responsabilidad alguna por el cuidado de la institucionalidad, porque la amenaza de su ruptura nunca ha estado en sus horizontes”.

Sostiene que estos jóvenes, “en lugar de reconocer los logros de los “progresistas” de las últimas décadas, les cobran a gritos lo que no hicieron”.

Entre ambos, apunta el director de The Clinic, existe un generación que califica como “perdida”, la cual “pudo tender el puente para que ambas historias se comunicaran, pero la obnubiló la admiración por sus padres: acompañarlos como héroes durante el exilio, escuchar sus cuentos de dolor o aplaudir desde la tribunas su papel en la compleja reconstrucción de la democracia”.

Así las cosas, Patricio Fernández sospecha que “detrás de la rabia e insatisfacción imperante en Chile —un oasis en un continente con países profundamente convulsionados—, hay una fuerte ruptura entre las elites gobernantes y la actual ciudadanía”.

Explica al respecto que “el país al que esas elites le hablan, desarrollado al alero de sus acuerdos, ya no es el mismo. El consumo se expandió y de un 45 por ciento de pobres en 1990 se pasó a un 11,7 por ciento según la última medición”.

Recuerda que “la Concertación —alianza de centro izquierda nacida para derrocar a Pinochet— gobernó durante dos décadas buscando acuerdos con la derecha y manteniendo a raya las fuerzas sociales. Pero esta nueva generación de ciudadanos, tributaria del crecimiento económico y el desarrollo capitalista experimentado durante sus administraciones, irrumpió con petitorios nuevos luego de la llegada de Sebastián Piñera al poder (2010), el primer presidente de derecha desde el fin de la dictadura”.

Para Fernández, “las redes sociales influyen a estas nuevas clases medias más que la prensa y los partidos, y eso que alguna vez se llamó proyecto colectivo hoy parece más bien una suma de grupos que se suman o se restan dependiendo del atractivo momentáneo de sus causas”.

Por eso es que sintetiza su columna afirmando que “Chile vive una dispersión política inédita en las últimas décadas Aún no ha emergido un nuevo orden que sustituya a la Concertación, hoy llamada Nueva Mayoría. Y la clase política no parece haber encontrado el modo de traducir en discursos y propuestas convincentes la insatisfacción imperante”.

 

“De la capacidad de escucharse mutuamente dependerá el éxito de la vía chilena al desarrollo”, cierra.

La columna completa en The New York Times acá.