Carta abierta a los criminales de Punta Peuco: “Podrás vivir mil años y no tienes derecho alguno a salir en libertad”

“No olvido la noche que me secuestraron entre una docena de agentes armados a los cuales hube de enfrentarme solo. Una vez en el cuartel, quizás cuanto rato más había transcurrido cuando me fueron a buscar a la celda, me vendaron los ojos, me ataron las manos y me condujeron a un lugar desconocido. Sólo recuerdo que descendimos escaleras y entramos a una sala donde hacía mucho calor y se sentía la presencia de mucha gente”.

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El Desconcierto publica una carta abierta del sociólogo Tito Tricot dirigida a los criminales que cumplen condena en Punta Peuco, esto a propósito de la ceremonia del perdón que se realiza este viernes.

“A ti asesino, torturador, violador te digo que podrás vivir mil años y no tienes derecho alguno a salir en libertad. Sólo deseo vivir lo mismo para ver el día que te entierren boca abajo para que si alguna noche cualquiera quieres salir te hundas más aún en las profundidades de la tierra. Porque yo no perdono, y si bien es cierto no puedo hablar por nadie más, si puedo decir una palabra por Ignacio, mi hermano de lucha, el comandante Benito, a quien la impenetrable muerte lo sorprendió en una apacible calle de Las Condes, porque la muerte en dictadura es traicionera, tiene ojos de escarcha y manos de granito. Es desalmada y mata porque es su esencia matar, porque es de la esencia de los militares matar”, se lee en el primer párrafo.

“Por eso, a ti asesino, te digo que podrás pedir perdón pero no te creo, y aunque creyera, yo no perdono”, prosigue Tricot, quien luego cita la detención su pareja en dictadura, cuando sólo tenía 21 años y estaba embarazada.

“Un comando de la CNI irrumpió en medio de la noche para cercenarle parte de un sueño compartido; los agentes la llevaron a un calabozo del primer piso de un edificio que resultó ser el cuartel general de Investigaciones. La encerraron en la más absoluta de las oscuridades”, recuerda.

Luego, escribe sobre su propia detención. “No olvido la noche que me secuestraron entre una docena de agentes armados a los cuales hube de enfrentarme solo. Una vez en el cuartel, quizás cuanto rato más había transcurrido cuando me fueron a buscar a la celda, me vendaron los ojos, me ataron las manos y me condujeron a un lugar desconocido. Sólo recuerdo que descendimos escaleras y entramos a una sala donde hacía mucho calor y se sentía la presencia de mucha gente. Podía distinguir la silueta de algunos zapatos por el breve espacio entre la venda y mi nariz. Me desnudaron, primero la parte superior y, luego, el resto. Comienza el interrogatorio: ¿Dónde está Carreño, quién lo tiene? No tengo idea de lo que hablan, digo. Silencio eterno. Mira conchetumadre es súper simple la pregunta: ¿Dónde está Carreño? Después vienen otras más difíciles, pero esa es la primera, brama una voz aguardentosa. No tengo nada que ver con eso, repito. Siento el primer golpe en los riñones, quedo sin aliento. Luego golpes con las palmas en los oídos, el conocido “teléfono”. Se alejan momentáneamente las voces; más golpes en la espalda y mucho calor. Me tiran del pelo para levantarme. Aún no siento miedo. Espero las preguntas, pero en lugar de éstas recibo más golpes, esta vez en las costillas. Me sujetan entre dos, siento olor a alcohol y sudor. No hay preguntas, solo golpes y el “teléfono” que hace reverberar el sonido y el calor en los oídos. Mucho calor y el olor a transpiración y adrenalina de mucha gente en un espacio cerrado. No tengo noción del tiempo. Quizás han transcurrido solo minutos u horas. No sé. Tal vez he perdido la conciencia. ¿Dónde está Carreño? Insisten. No tengo idea, repito desde mi islote de absoluta soledad. Y truena nuevamente la misma voz: Tu señora está muy mal y va a perder la guagua y por respeto a ella deberías hablar, grita. No sé nada de Carreño, reitero. ¿Y qué diríai si traemos a tu señora embarazada? Sólo reflejaría su calidad moral, digo espontáneamente, sin pensarlo ni un segundo, porque si lo hubiese pensado me hubiera quedado callado. ¿Qué estai hablando conchetumadre, qué me importa tu cagá de moral? ¡Traigan a la hembra de este hueón! Siento pasos y un portazo”.

 

“Por esto, a ti asesino, y a todos aquellos: autoridades, religiosos, académicos, políticos y otros, les digo fuerte y claro: yo no perdono ni olvido, porque el olvido es otra manera de perder la memoria, y perder la memoria es otra forma de perder la dignidad. Por eso a ti asesino, torturador, violador te digo que podrás vivir mil años y no tienes derecho alguno a salir en libertad”, afirma Tricot.

La carta completa acá.

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