Jerry Lewis en El Rey de la Comedia, de Martin Scorsese en 1982.

A los cinco años, vivía en mi propio Macondo, un pueblito lluvioso y aburrido al sur de Chile, Traiguén, y me pasaba todo el día en el cine rotativo del pueblo, viendo tres a veces cuatro películas, que se enredaban porque el proyeccionista tenía un truco para acordarse de cambiar la bobina, ponía una moneda en la proyectora que tenía la película y cuando la moneda caía, era señal de que tenía menos de un minuto de poner la otra bobina. A veces se equivocaba, y ponía otro rollo. Era en ese tiempo, que un día fui con el corazón en la mano, con un artículo sobre Jerry Lewis al diario El Colono de Traiguén.

Y lo publicaron.

Y me gané el cariño de mi padre.

Pero esa historia su-realista es para otro artículo o quizás ya lo escribí.

Un día veo esas horribles películas que hacía con el ostentoso Dean Martin, y Jerry Lewis era el salvavidas por su enorme chispa y capacidad de improvisación, y me transformé en un increíble fan de él.

Cuando por fin ambos se separaron, como un matrimonio forzado, emergió la inmensa capacidad de Jerry Lewis, con su ambicioso y espectacular filme El Botones (1960), que naturalmente tenía mucha influencia de Chaplin, pero más intelectual.

Este grandioso realizador, de verdadero nombre Joseph Levitch, norteamericano de origen judío-ruso, comenzó así a invadir el mundo con su cine, primero con la brillante sátira a la condición humana y su egolatría en El profesor Chiflado (1963), que es un filme perfecto, y que hizo pensar a los norteamericanos que Lewis no era solo el idiotita que hacía muecas, sino que un cineasta que había que respetar.

Pero su verdadera consagración vino, por supuesto, de la mano de los franceses que lo catapultaron como un cineasta imprescindible, con un cine de autor para las masas y los iniciados, que venía a predicar sobre lo que era la vida contemporánea, los líos con las mujeres y el sexo. Su obra impresionó a Woody Allen, otro de sus discípulos, así como a Jim Carrey, que recuperó las desopilantes piruetas de Lewis.

Con el tiempo, su cine era más profundo, alejado de las tonterías que hizo con Dean Martin, y filmaba con mayor conciencia esa capacidad suya de mirar el mundo como algo agridulce. Cuando realizó Smorgasbord (Cracking Up, 1983) que es la cima de su cinematografía, y una película hilarante, pero también amenazante sobre las costumbres y la falta de integridad de los seres humanos consumidos por el capitalismo -otro adelantamiento de Lewis-, llegó a la cima de los entendidos, pero no ganó el apoyo del público. Es un filme difícil, que hay que ver varias veces, y cada vez te entrega una nueva versión, como son todas las grandes películas. Antes había realizado muchos filmes hilarantes y siempre plagados de señales de la frenética búsqueda de felicidad del ser humano.

Pero sin duda, su salto más grande fue una película sobre un payaso que intenta darle alegría a los presos en la época nazi. Es un filme espectacular, inmenso, que da todo el gran crédito de este potente cineasta y prodigioso actor que entrega al mundo una especie de clase magistral de cómo debe ser el gran cine.

Sin embargo, la película no salió a la luz pública por peleas entre los productores, y porque no la consideraron lo suficientemente cómica. El filme, de todos modos, circuló en ambientes especializados -algo que me permitió ver una versión- y es magistral.

Finalmente, el muy mal cineasta y actorsucho Roberto Benigni le hace una copia exacta en La Vida es Bella. Pero Jerry, que tenía el corazón muy grande, no lo demandó. Ese no era el temperamento de él.

Muchos otros cineastas tuvieron el aluvión de la influencia de Lewis, y ninguno pudo zafarse del misterio de su arte. Quizás el único que logró crear un mundo cinematográfico propio fue Woody Allen, a pesar de la gran influencia que recibió del mejor de los mejores.

Cuando yo hablaba maravillas de Lewis, mis compañeros de Licenciatura en Filosofía me miraban con cara de malos amigos, a la intelectualidad les costó mucho separar el Jerry Lewis con Dean Martin, y luego su época de grandes filmes.

Inventó el video-assist, que es un monitor pegado a la cámara que le permite actuar y dirigir al mismo tiempo. Naturalmente cientos de cineastas imitaron este prodigioso estilo. Era un gran renovador no solo de la comedia, sino que de la técnica.

A pesar de su reconocimiento inmenso en Francia y otros países europeos, los norteamericanos eran renuentes a su cine.

Martin Scorsese, a partir de una obra teatral, realizó un filme titulado El Rey de la Comedia (1982) que contaba la historia de una gran estrella de shows de la televisión, interpretado magistralmente por Lewis, que hacía reír y disfrutar sin igual: Jerry Langford, un millonario que cuando las luces se apagaban, era pesado y su rostro se volvía adusto. Rupert Pupkin, interpretado por Robert de Niro, hace el papel de fan de esta gran figura del espectáculo, quien constantemente lo acosa porque quiere que participar en su show y que él lea su material como cómico. Luego de una búsqueda kafkiana, en que Pupkin llega hasta la casa de su ídolo, pero Lewis, al verlo tan amistoso, decide llamar a la policía. Luego, Pupkin decide secuestrarlo, y lo único que le pide a la cadena de televisión donde trabaja Lewis, es que le den por una sola vez, el espacio de Jerry.

El Rey de la Comedia es un filme que muestra un aspecto totalmente diferente de Lewis, quien, como Woody Allen, cuando reciben papeles serios lo hacen magníficamente. Hasta el día de hoy, me pregunto por qué en paralelo Jerry Lewis no desarrolló una carrera de actuación con películas más “de carácter”, como dicen los esnobs, que hay muchos en Chile.

Creo que Kusturica lo incluyó en uno de sus filmes, lo que demuestra la admiración de los buenos cineastas por él.

Muchos años han pasado desde el día que fui corriendo y con las manos sudadas a entregar mi artículo a los cinco años al diario El Colono de Traiguén, mi Macondo particular, en el que proclamo a Jerry Lewis como uno de los más grandes cineastas de la historia.

Naturalmente, mis compañeros me decían el “Jerry Lewis chileno”, así como ahora, algunos me llaman el “Woody Allen chileno”.

En todo caso, lo más importante con relación a Jerry Lewis, es que cada día que pasa, el tiempo me da la razón: Jerry Lerwis es The Best of The Best.