¿Cómo debiéramos leer los resultados de la reciente elección parlamentaria y presidencial? ¿Por qué Beatriz Sánchez, no obstante fue de más a menos en opinión de todos los analistas, estuvo ad portas de pasar a la segunda vuelta? ¿Y por qué las comunas del gran Santiago que votaron masivamente por ella, antes apoyaron a Manuel José Ossandón? ¿Cómo se explica, en fin, que Andrés Zaldívar, Ignacio Walker y Camilo Escalona, que de máquinas saben, hayan fracasado en su intento de reelegirse como senadores?

La respuesta a esta clase de preguntas jamás es unívoca, pero hay un factor común que asoma tras esos y otros procesos en desarrollo: la progresiva —y al parecer irreversible— pérdida de legitimidad del Chile de la transición. Quizás la crítica sea injusta o desproporcionada (después de todo, el país actual tiene tantas luces como sombras, y ambas son herederas de la democracia de los acuerdos); pero el cuestionamiento está ahí, a la vista de quien quiera observarlo. Por motivos que conviene continuar explorando —acá hay tierra fértil para la historia y la ciencia política—, los liderazgos, los arreglos institucionales y las prácticas políticas del período posdictadura sencillamente dejaron de tener sentido para gran parte de la ciudadanía.

Si lo anterior es plausible, el desafío para la dirigencia política es abrumador. Se requieren acciones inmediatas, comenzando por nuevos mensajes y nuevos rostros: de lo contrario nuestros hombres públicos ni siquiera serán oídos. Pero esos rostros no lograrán encarnar novedad alguna, ni menos impactar en el mediano y largo plazo, sin diagnósticos y enfoques a la altura de las circunstancias. Sin duda los partidos tradicionales están al debe, pero los nuevos movimientos también enfrentan dificultades importantes. Basta recordar las peleas internas de la nueva izquierda, o la formulación de las preguntas contenidas en la consulta de RD para el balotaje.

Como fuere, se trata de un desafío no sólo inminente, sino previsible. No es exagerado sostener que una de las características de la transición fue suspender la pregunta por la legitimidad de nuestro orden político. De hecho, Rafael Otano sitúa los orígenes de esa etapa en un lúgubre seminario del año 84, en el que Patricio Aylwin sugirió precisamente tal suspensión (que, dicho sea de paso, favoreció el retorno a la democracia). Pero Robert Spaemann tampoco exagera al afirmar que “el problema fundamental de la filosofía política es el problema de la legitimación del poder”. La legitimidad es una cuestión dinámica y siempre vuelve por sus fueros. Por lo mismo —y aunque algunos todavía no lo noten—, sería cuando menos ingenuo continuar desarrollando nuestra vida común como si del 90 a la fecha nada significativo hubiera ocurrido.

A fin de cuentas, ya no es suficiente hablar de economía o estabilidad. El progreso trae consigo sus propias tensiones, y sólo quien sea consciente de ello podrá influir en el nuevo Chile que emerge ante nuestros ojos.