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Mundo

31 de Enero de 2018

La épica y el turismo dopado se citan en el Himalaya

Al mismo tiempo que crecen las expediciones comerciales y se reduce el número de personas que logran ascender montañas como el Everest sin utilizar botellas de oxígeno, existen alpinistas que siguen buscando lograr metas en las condiciones más adversas

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Texto de Ricardo Uribarri publicado primero en CTXT

Escalar las montañas más altas de la Tierra se ha convertido en uno de los retos más ansiados por el ser humano desde el siglo pasado. Cada vez son más las personas que quieren experimentar la sensación de haber pisado cimas como la del Everest, el techo del mundo, y ese afán ha provocado que las condiciones en las que se producen actualmente muchas ascensiones tenga poco que ver en ocasiones con el espíritu clásico de esta actividad. La aparición de expediciones comerciales que facilitan el objetivo lo máximo posible a sus clientes, con ayudas como el oxígeno artificial, ha generado un gran debate, hasta el punto de que muchos igualan ese hecho al dopaje que se produce en otras disciplinas y no lo consideran alpinismo.

Los datos de Himalayan Database, el registro sobre ascensiones a los picos más altos de la cordillera que inició la periodista Elizabeth Hawley, son elocuentes. Si entre 1993 y 1997 el 51,87% de los alpinistas que alcanzaron la cumbre de alguna de las montañas de más de 8.000 metros del Himalaya lo hicieron sin oxígeno embotellado, el porcentaje descendió hasta el 10,79% entre 2013 y 2017. El Everest es donde más se repite esta situación. Tan sólo 11 de las 648 cimas que registró el pasado año, a sólo diez del récord histórico de 2013, se lograron sin la ayuda de oxígeno. En los últimos cinco años sólo 25 personas han llegado a su cumbre sin utilizar botellas de aire, frente a las más de 2.000 que sí lo hicieron.

Hace diez años, la Asociación Mundial Antidopaje estipuló que “la utilización de medios artificiales (como el oxígeno embotellado) para el enriquecimiento de la sangre del deportista debe ser considerada doping”, lo que daba a entender que no debían ser tenidas en cuenta ni contabilizadas de forma oficial las cumbres conseguidas bajo esas condiciones. Ocurre que la incidencia de esa normativa afecta más a la cuestión ética que a la práctica. Hay que contar, además, con que los testimonios de los protagonistas sean verídicos, lo que no siempre es comprobable. Y pese a que puede afectar a los alpinistas profesionales que buscan un reconocimiento, no influye a los aficionados que se pueden permitir desembolsar una importante cantidad de dinero a cambio de vivir una aventura o tener una foto de la que presumir.

El aventurero y escritor Sebastián Álvaro Lomba, que fuera director del programa Al filo de lo imposible de TVE, tiene una opinión bien clara a la hora de definir las diferentes formas de escalar una montaña: “Lo que realizan las expediciones comerciales no se puede ser catalogado como alpinismo. Es otra cosa que no se merece ser llamado así, sino como turismo”. Una afirmación que la justifica señalando que “hay personas que en los últimos metros de escalada son llevadas a caballo, literalmente, por los sherpas; las botellas de oxígeno empiezan a emplearlas desde el campo 2, y son cargadas por los porteadores con un tubo de goma más grande para que les llegue el aire a los clientes y no se tengan que preocupar en cargar con ellas. La situación se ha desvirtuado a estadios máximos”.

Hay quien defiende que estas expediciones comerciales producen beneficios económicos para la zona y sus habitantes. Cada año aumenta el número de personas cuyo trabajo está relacionado con el turismo en el Himalaya (se calcula que en Nepal serán medio millón en 2021) pero Álvaro no termina de ver clara esa cuestión: “Buena parte de las montañas de más de ocho mil metros están concentradas en una zona muy concreta entre Nepal, Pakistán, China e India, y su ascensión se ha convertido en una fuente de negocio, de comercialización y de codicia. Algo, por cierto, que también hemos hecho los europeos con los Alpes y los Pirineos. Es cierto que el nivel de vida de algunos habitantes del valle del Khumbu (el hogar de los sherpas) y de Katmandú (capital de Nepal) está mejorando, pero este tipo de economía se concentra en las manos de muy poca gente y se está pagando un coste medioambiental y social muy elevado”.

Resulta evidente que estas expediciones han crecido porque existe una demanda de personas que quieren experimentar la sensación de llegar a la cima de las montañas más altas del planeta y consideran que nadie tiene derecho a impedírselo. “Si esta gente quiere sentir lo que es estar en lo más alto del Everest debería leer más y apuntarse menos a este circo de las vanidades. Esas emociones las pueden encontrar igual subiendo una montaña en el Pirineo o en los Alpes y con las fuerzas que te dan tus posibilidades. No se parecen a las empaquetadas al gusto de clientes poco exigentes y con mucho dinero que se dan en el Everest y que son más propias de un parque de atracciones de Disney en París. Supongo que los que suben en estas condiciones no pensaran que tienen que ver con gente como Mallory, Messner o Hillary”, afirma Álvaro.

El problema de la presencia de personas con poca o nula experiencia en este tipo de montañas son los peligros a los que se exponen. “Hay gente que quiere acceder a cumbres más altas de lo que su organismo y su preparación le da –explica el director de Al filo de lo imposible–. Como lo que más nos falta en las épocas modernas es tiempo, lo que hacen es acortar los plazos. En lugar de hacer un aprendizaje largo de la disciplina del alpinismo, que tiene que ver con la gestión del riesgo y tu propia vida, dejan esas decisiones en manos de personas que muchas veces son incompetentes, como se ve en los accidentes que suceden, cada vez más numerosos. Muchos de los sherpas no lograrían pasar un examen pequeño de titulación de guía acompañante en España”.

¿Qué hacer para evitar los problemas que conlleva la masificación de las montañas? ¿Es necesario poner algún tipo de límite? Sebastian Álvaro es partidario de esa opción. “Hace 100 años éramos 2.300 millones de personas en la Tierra y el año pasado creo que hemos superado los 7.400 millones. Cuando hace 140 años surge la idea en Estados Unidos (posteriormente extendida por todo el mundo) de proteger los parques nacionales y otros lugares, entre los que deben estar las montañas, se dejó que fueran los estados los que regularan esas áreas y las protegieran a cambio de dejarlas abiertas a las personas. La presión de la gente sobre esas zonas ha ido en aumento y en algún momento habrá que poner prohibiciones o cotos. Es impensable que pueda seguir habiendo todos los años 1.500 personas en el campo base del Everest sin que el medio ambiente se vea perjudicado”.

En 2016, Nepal anunció que estaba estudiando una nueva normativa a aplicar en las ocho montañas de más de ocho mil metros que hay en su territorio. El borrador incluía prohibir las ascensiones a los que no demostraran haber escalado al menos una montaña de 7.000 metros en el país así como vetar las ascensiones en solitario y a las personas de más de 75 años. De momento, no se ha tomado una decisión definitiva al respecto.

Álvaro sí diferencia entre los aficionados que se apuntan a estas expediciones comerciales y los alpinistas contrastados que en momentos puntuales han utilizado oxígeno, como es el caso del veterano Carlos Soria. “Hay que decir que él tiene muchas más ascensiones a ochomiles sin botellas de oxígeno que con ellas y cuando las ha usado lo ha dicho y es comprensible por la edad que tiene (78 años). Entiendo que es difícil sustraerse a la presión que tiene por completar los 14 ochomiles (le faltan dos) y por eso lo está haciendo”.

De forma paralela a esta creciente problemática, son actualidad dos expediciones que son más fieles al estilo clásico del alpinismo y que llaman la atención por el reto que persiguen. Una es la que encabeza el alpinista vasco Alex Txikón, que pretende coronar sin oxígeno el Everest en invierno, algo que no logra nadie desde los polacos Krzysztof Wielicki y Leszek Cichy en 1980, hecho aún inédito en la historia de la montaña si nos ceñimos estrictamente a una expedición desarrollada dentro de la estación de invierno. El sherpa Ang Rita sí llegó a la cima sin la ayuda del oxígeno el 22 de diciembre de 1987 pero su ascensión se inició en otoño. Txikón ya intentó esta misma gesta el año pasado pero se tuvo que retirar a los 8.000 metros por culpa de los fuertes vientos, que en esta época pueden alcanzar los 150 km/h. acompañados de una temperatura de hasta -60ºC. El escalador de Lemoa está acompañado por el pakistaní Ali Sadpara, con quién ya logró coronar sin oxígeno el Nanga Parbat en el invierno de 2016, y por seis sherpas.

La otra expedición está formada por 13 alpinistas polacos y busca coronar el K-2, la segunda montaña más alta de la Tierra con sus 8.611 metros y para muchos, más complicada de ascender que el Everest. Nadie hasta ahora ha sido capaz de llegar a su cima en invierno, ni siquiera con oxígeno, elemento que, para añadir más dificultad, no va a usar este grupo encabezado por el propio Krzysztof Wielicki, que ya intentó sin suerte esta aventura en el invierno de 2002-2003.

Sebastián Álvaro tiene algún reparo sobre la expedición de Txikón, que formó parte de su equipo en Al filo de lo imposible. “Está montada a la mayor gloria de Alex y yo nunca he creído en eso y sí en buenos equipos de escalada. No le quito ningún mérito a uno de los tipos más fuertes del alpinismo español pero es una expedición hecha a la vieja usanza. Los que van con él deben considerarse trabajadores a sus órdenes, no compañeros de escalada. Y todos ellos, menos Alex, van a ir con botellas de oxígeno, incluido, al parecer, Ali Sadpara. Si es así, si la ruta la va a abrir gente que lleva botellas, si te van marcando la huella el día final a la cumbre del Everest, ¿se puede considerar la expedición con o sin oxígeno?”.

Más entusiasmado se muestra Álvaro con el intento de los polacos al K-2, aunque es pesimista con su culminación. “Todos los que forman el grupo son escaladores de primera categoría, son la flor y nata del alpinismo polaco. Sin embargo creo que tienen pocas posibilidades de llegar a la cumbre porque estamos ante un reto que, en mi opinión, está por encima de las posibilidades del ser humano. Pero sólo el intentarlo merece la pena y el hecho de que estén allí es para quitarse el sombrero. Las condiciones son tan duras que van más allá del esfuerzo de una prueba, entra casi dentro del sacrificio. Pero hay que jugar la partida y estamos ante el invierno más cálido desde que hay registros. Quién sabe si se encuentran ante una ventana de tiempo cálido y la pueden aprovechar. Si consiguen llegar a 8.000 metros para mí ya será un éxito increíble”.

La épica que caracteriza al alpinismo frente a experiencias turísticas algo más extremas de lo normal. Dos realidades que viven tan opuestas como las caras de las montañas que comparten. ¿Podrán seguir conviviendo en el futuro?

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