*Josefina Araos es investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad

Días antes de la primera vuelta presidencial en Brasil, algunas encuestas mostraban un país mayoritariamente enojado y triste. La decepción ciudadana, sin embargo, no significó una baja asistencia a las urnas, asegurándole a Bolsonaro un triunfo contundente que lo deja como favorito para el balotaje. Probablemente, para fines de mes no cambien demasiado los resultados y tampoco las emociones de los votantes. En ese caso, Bolsonaro será elegido por pena y por rabia.

En medio de una época en la que parecen florecer líderes extremistas y autoritarios en distintas partes del mundo, la clase política que se siente amenazada frente a ellos se decepciona de una masa electoral que, a su juicio, los traiciona. Han abandonado la civilización, dicen, para volcarse a aquellos dirigentes que les ofrecen dar rienda suelta a sus bajos y ocultos sentimientos de racismo, clasismo, machismo, homofobia. Sin embargo, el escenario brasileño muestra con especial claridad cuán problemática es esta explicación, tan influyente, sobre todo, desde el triunfo de Trump el 2016.

El deterioro de la clase política y la profunda crisis económica y social de un país que hasta hace pocos años se presentaba como el más promisorio de América Latina, hace muy difícil describir el apoyo a Bolsonaro como una respuesta inspirada por la barbarie. Otra cosa es el cuestionamiento que sí merecen los discursos y declaraciones del candidato brasileño, algo que ciertos representantes políticos chilenos no parecen tener tan claro. Se supone que hemos consensuado, por la misma experiencia histórica, que la democracia es algo más que “orden y progreso”, escenario que, como se ha visto, pueden asegurar gobiernos autoritarios y dictatoriales. En ese sentido, la posibilidad de que salga elegido presidente alguien que ha afirmado que la democracia es una “porquería” es, sin duda, preocupante. Sin embargo, es fundamental hacer la distinción entre él y sus electores. La eficacia de su convocatoria requiere que la clase política sea capaz de volver a recordarle a los ciudadanos -y quizás a sí mismos- en qué consiste la legitimidad y el valor de esa misma democracia.

El encierro en la alarma, el escándalo y el desprecio por los votantes “traidores” ha impedido esta reflexión. El símbolo más evidente en el caso brasileño es lo que ocurre al día siguiente de la primera vuelta: la visita de Haddad a Lula, condenado a 12 años de prisión por delitos de corrupción. ¿Qué tipo de comedia es esta, en la cual la ciudadanía se enfrenta a la alternativa entre el extremismo y la desfachatez? ¿Cómo sorprendernos luego de que lo que inspira el voto de la mayoría, no sea tanto la adhesión a un programa, sino la manifestación de ira que permite el espacio de expresión política del que se dispone? Brasil es ahora nuestro foco de atención, pero bien sabemos que son las democracias occidentales las que están experimentando la emergencia de este tipo de líderes. Por lo mismo, un camino posible para enfrentar las efectivas amenazas que ellos puedan implicar es dejar de lado al enemigo, para mirar, al fin, al pueblo que ha decidido apoyarlo. Pero eso exige estar abiertos a una profunda autocrítica a la cual, hasta ahora, muy pocos se han mostrado dispuestos.