La extrema pobreza en la que vivía en Choluteca, una de las ciudades más antiguas de Honduras, obligó a María, madre de seis hijos, a integrarse a la caravana de hondureños que migran desde el pasado fin de semana a Estados Unidos.

Con su ropa y sus zapatos sucios, María Marleny Mejía llegó el viernes en un camión cerrado junto a un grupo de 23 hondureños, la mayoría jóvenes, a la Casa del Migrante en la capital.

“Ingresen, pasen, pasen”, les dijeron un par de jóvenes que ejercían guardianes de la puerta de esta instalación, a la que con frecuencia llegan vehículos particulares con ayuda humanitaria. Agua, pan, comida, ropa, zapatos. Todo sirve.

A las afueras de la Casa del Migrante, un montón de bolsas negras eran las fieles testigos de la ayuda que reciben los migrantes hondureños -en su travesía por el territorio guatemalteco- cuando pasan por el lugar para un breve descanso, mientras siguen su arriesgada ruta.

Ahí, en la calle, -porque no se permite el ingreso de periodistas al centro- María relató a Efe que en Choluteca se enteró de la salida de una caravana de San Pedro Sula hacia Estados Unidos.

“Se corrió la voz, y pues, nos juntamos un grupo”, comentó esta mujer, de 44 años, a quien le acompañan dos hijos, una de 21 y un varón de 13. Los otros cuatro, dijo, los dejó con una hermana en Choluteca.

Viaja sin nada. Con la única ropa que se puso el pasado miércoles en su tierra natal, pero en su mano derecha lleva una bolsa para echar “lo que me regalan” para el camino.

Su grupo no pudo cruzar por la frontera de Guatemala con Honduras, Agua Caliente, como lo hizo la mayoría. “Nos agarró la migra (migración) y la Policía, y tuvimos que caminar a otro lado más arriba, por allí por Alvarado”.

Hacía referencia a Ciudad Pedro de Alvarado, que es la frontera de Guatemala con El Salvador.

“Es que no se leer, no conozco nada”, acotó.

Después de trabajar muchos años en una camaronera, se quedó sin empleo y viuda. Tuvo que dedicarse a lavar ropa para conseguir ingresos para comer, pero la paga era una miseria. Demasiado.

“Así era el montón de ropa, mire -hizo la muestra con sus manos- y apenas me pagaban 15 lempiras”, que serían así como unos 60 centavos de dólar.

Eso no le alcanzaba para nada. “Entonces decidí migrar. Ojalá llegue a Estados Unidos”, agrega con la mirada cabizbaja pero llena de esperanza.

No le teme al riesgo que representa migrar ilegalmente a Estados Unidos: “Tengo que hacerlo. Mi idea es hacer una casita para mis hijos”, explica con un tono de confianza como el de ese que ve una luz al final del túnel.

Y si el Gobierno del presidente Donald Trump cumple con su amenaza de no dejar ingresar a Estados Unidos a la caravana de migrantes hondureños, pues María dice que le tocará volver a la tierra que le vio nacer.

“Pero primero Dios llegamos”, enfatizó antes de ingresar a la Casa del Migrante, donde recibiría atención humanitaria antes de continuar su forzada caminata por el afamado “sueño americano”.

María es solo una de las miles de mujeres, algunas con pequeños hijos en los brazos y con pequeñas mochilas al hombro, que van decididas a cruzar Guatemala y México para llegar a Estados Unidos en busca de mejorar sus condiciones de vida.

Los migrantes hondureños, algunos de los cuales ya cruzaron la frontera con México, huyen de la pobreza y de la violencia que les agobia en su país.

No le temen a las amenazas. Han sufrido tanto que han perdido el miedo.