Hace pocos meses, era considerado un personaje extremo y excéntrico, sin opciones de ganar. Ahora, casi con certeza,  el candidato neofascista Bolsonaro será electo presidente de Brasil. Lo mismo sucedió antes con Trump, o Salvini en Italia. Personajes  a los que grandes medios dieron amplia cobertura, creyendo que estaban fuera de carrera, pero que con el tiempo fueron desplazando a todos sus rivales, hasta llegar al poder. Hay sin duda hoy, una ola de “regresión autoritaria” en el mundo, y claramente en América Latina también.

Así lo dice el “Índice de Democracia 2017” de la revista “The Economist”. La conclusión principal del informe es desoladora: hay un declive de la democracia a nivel global, y sólo 20 países califican como “democracias plenas” en el mundo. Los 10 primeros son países europeos, Australia y Canadá. Es decir, la democracia (en su acepción liberal) sigue siendo un fenómeno básicamente circunscrito al mundo Occidental. Y sorprendentemente, Estados Unidos no califica en este rango, mientras en América Latina sólo Uruguay es considerado un país con “democracia plena” .

Nuestro país no alcanza a integrar este primer grupo, y está en el rango (aunque en el nivel superior) de “democracia defectuosa” .  Esto no es de extrañar, si se considera el deterioro de las instituciones que hemos visto en Chile en los últimos años, así como la injerencia del dinero en la política, o las facultades desmedidas y  rol contra-mayoritario de entidades como el Tribunal Constitucional, lo que hace que distinguidos politólogos hablen de Chile hace ya tiempo, como una “democracia semi-soberana”.

Ojalá fuese tan fácil entonces, pensar que los problemas de ausencia y deficiencias democráticas en la región, se limitan sólo a casos como los de Cuba y Venezuela. Pero no es así. En la mayoría de los países de América Latina, vemos hoy una serie de fenómenos que han generado un debilitamiento de las instituciones y creciente escepticismo con la democracia. El “destape” de escandalosos casos de corrupción, es uno de los más importantes.  Esto ha llevado a la destitución de varios Presidentes en la región, mientras una mayoría que continúa en el poder, tiene muy bajos índices de aprobación. El caso más extremo es el de Temer en Brasil, un mandatario sin legitimidad y con sólo 3% de respaldo.

El impacto público de la corrupción se amplifica además, en momentos de estancamiento y recesión económicas, porque ahí se pierde la tolerancia con irregularidades que en períodos expansivos es más fácil pasar por alto. Así, lo que hoy existe en realidad, es un rechazo generalizado a las élites de poder en América Latina. Los altos índices de pobreza, y la escandalosa desigualdad que persiste en la región, no hacen sino agravar este rechazo ciudadano a las instituciones de la democracia. Si a lo anterior, agregamos las amenazas a la libertad de expresión o la concentración de la información que hay en América Latina, la expansión del narcotráfico, los graves problemas de seguridad pública,  la polarización política creciente, o la pugna entre poderes del Estado, no es de extrañar que la valoración pública de la democracia esté en declive, y se encuentre en un momento delicado (el alto abstencionismo, es también un síntoma de lo anterior).

Ahora, cualquier análisis imparcial revela que las prácticas antidemocráticas se encuentran en todo el espectro político. Esto ya lo había advertido el destacado politólogo argentino Guillermo O´Donnell en los años noventa, cuando habló de la emergencia de las “democracias delegativas” en América Latina, en referencia a Fujimori, Menem, y otros que abusando del poder del gobierno, buscaron neutralizar a las otras instituciones y contrapesos dentro del Estado.  Entonces, a los casos que siempre destaca la prensa conservadora de la región (los populismos y regímenes de izquierda) habría que agregar el fraude electoral en la última elección de Honduras, los atropellos en que incurre el populista conservador que gobierna Guatemala, la destitución por corrupción de PPK en Perú, o los oscuros manejos del Temer en Brasil, como casos graves de deterioro democráticos, en este caso, bajo gobiernos de derecha.

Lamentablemente, la gestión del actual Secretario General de la OEA, no ha sido equilibrada en este sentido (habla todos los días de Venezuela, pero desautorizó  a su propio representante, cuando denunció el caso del fraude en Honduras). Y la situación se agrava más aún, cuando en dos de los tres principales países del continente son dirigidos por personajes como Trump, y ahora seguramente Bolsonaro, para quiénes el respeto a los procedimientos de la democracia, son en realidad un estorbo. Ambos cuentan además, con mayorías parlamentarias y en el poder judicial, apoyos millonarios del mundo empresarial, amplio control de las redes sociales, y de importantes cadenas de TV, el “mix” perfecto para atropellar entonces, a opositores u otras instituciones del Estado que buscan servir de contrapeso al ejercicio abusivo del poder.

No es casual o sin fundamento entonces, la pesimista descripción que hace “The Economist” sobre el estado actual de la democracia en América Latina. La contienda en los próximos años será en consecuencia, no sólo entre proyectos progresistas o conservadores en la región, sino también entre opciones que reafirmen los valores básicos de la democracia, y otros de corte autoritario, que sirviéndose de triunfos electorales coyunturales, buscan coartar aspectos esenciales de esa misma democracia. Para defenderla de manera más eficaz, será necesario sin embargo, conocer mejor porqué estos autoritarios están ganando elecciones. En Alemania después del nazismo ya se hizo este ejercicio, habrá que hacerlo ahora entonces, con urgencia en nuestra región.  

*Boris Yopo, sociólogo y Analista Internacional.