COLUMNA | Steve Bannon: El virtuosismo de la claridad

Bannon proporciona una meta-narrativa a políticos chilenos de derecha para nombrarse, sin vergüenza ni complejos, con un dejo de orgullo, populistas de derecha, e inscribir su movimiento e ideas en un movimiento internacional. Ello vendría a darle un nombre programático a discursos ya operantes en Chile.

[Esta columna corresponde a una serie de misivas entre académicos y analistas que buscan dar una línea de respuesta al populismo de derecha]

Steve Bannon, en la entrevista que le hace Axel Kaiser, profetiza respecto a que la política del futuro será de tipo populista. Algo muy similar había propuesto Laclau, en su notable estudio La Razón Populista. Aunque la diferencia entre ambas propuestas es de suyo notable: mientras para el primero, es la promoción del libre mercado lo  que nos hará más libres, el intelectual argentino veía en el populismo una política emancipatoria, que permitiría llegar hacia una real democracia. En definitiva, mientras que para Bannon el populismo no es más que un medio (estratégico) para profundizar el capitalismo, Laclau entiende que el populismo es el medio y el fin.

Vale la pena la anterior aclaración, pues lo hecho por Bannon se podría considerar casi una provocación, al glorificar una noción que las Ciencias Sociales en general, y sobre todo sectores de derecha y el Liberalismo, le han atribuido problemas de todo tipo, calificando al “fenómeno populista” como una amenaza flagrante a la democracia. En este sentido, lo que hace Bannon es re-significar al populismo como una estrategia discursiva, aunque potenciando un contenido de derecha: nacionalista en lo político, conversador en lo cultural y liberal en lo económico. Jugada magistral, porque si el populismo era concebido, sobre todo en América Latina, como los intentos de establecer programas de un grupete de socialistas irresponsables, ahora se podría utilizar para instaurar el libre mercado. Como menciona Bannon, solo el populismo de derecha sería la auténtica forma de hacer a todos capitalistas y terminar así con un capitalismo monopólico de corte socialista, que no sería más que una asociación de amigos con el Estado.

En una excelente columna publicada recientemente por los colegas Basaure y Joignant, también ponen en evidencia esta “cruzada global” en la que Bannon se encontraría involucrado, destacando el hecho de que el populismo de derecha es un serio desafío a las “fuerzas progresistas nacionales e internacionales”. Lo es en tanto propugnan “un relato salvífico de las economías nacionales y de la cultura occidental”. Relato que mancomunando sofisticación y simpleza, podría dar un golpe devastador a la izquierda, y a su base principal de apoyo, al menos en América Latina, el pueblo popular. El llamado de los autores, entonces, es a pensar en forma crítica y deconstructivamente esa narrativa a nivel global, pero también local.

En el ámbito local, los autores tienden a observar que en buena medida la narrativa populista de derecha ya estaría operando en Chile. Para ellos, habría un discurso -preconizado por José Antonio Kast- que se sustentaría en tres elementos:

Primero, en la oposición de pueblo versus élite; segundo, la denuncia de los medios de comunicación como conspirativos y colonizados por la “izquierda” y la ideología de género; y tercero, la exaltación de un discurso de lo nacional frente a lo extranjero. Sin embargo, la pregunta que inmediatamente surge es si realmente es tan marcado dicho discurso. A nuestro modo de entender las cosas, al menos en el discurso expuesto por Kast, no se habría conformado –aún- un discurso de tipo populista, pero sí podría haber espacio para una configuración futura.

En primer lugar, porque el uso de las fake news (tanto como el uso de noticias falsas como la denuncia conspirativa) no constituye un elemento esencial en el discurso populista en general, ni en el de derecha en particular. Una cosa es que, por ejemplo, Trump haga uso de ellas, pero lo que podría hacer populista a Trump es su discurso polarizador, y no el uso frecuente y de medios alternativos. Del mismo modo, que Kast acuse una suerte de conspiración de los medios de izquierda, no hace que su narrativa por defecto sea populista, como tampoco la falsedad –evidente- del enunciado. Sería prudente prevenirse de los análisis o concepciones que catalogan como populista lo falso y lo demagógico. Plantearse en esos términos, le hace un flaco favor a la deconstrucción crítica que se pretende.

En segundo lugar, desde la perspectiva formal del discurso, asumiendo con ello la propuesta Laclauniana, el Populismo viene siendo una lógica discursiva, enunciada por un líder, que debe oponer en una lógica polarizadora y emancipadora al pueblo versus el anti-pueblo. En rigor, para Laclau, el pueblo es siempre la plebs, los “dañados”, que buscan ser el auténtico populus, mientras que el anti-pueblo es aquel que no lo reconoce. Por eso, para el intelectual argentino, tanto la élite económica y/o política como el extranjero o las transnacionales podrían constituirse como el anti-pueblo. Esa sería la diferencia entre un populismo de izquierda con uno de derecha, vale decir, la construcción del discurso operaría bajo el mismo esquema (significantes vacíos y flotantes, cadenas equivalenciales), pero el “enemigo” sería otro, así como el clivaje que organiza el universo político: uno de tipo socioeconómico, para el populismo de izquierda, y uno culturalista o étnico para el de derecha. Para el populismo de izquierda, sobre todo en América Latina, los discursos se dirigirían en contra de una oligarquía fagocitadora de los recursos, cómplice o aliada del imperialismo, mientras que el populismo de derecha, como se observa en Europa se apela al pueblo-nacional traicionado por la Unión Europea y amenazado por los inmigrantes. El indescifrable Trump, en cambio, acomete contra los llamados globalistas, los organismos internacionales y los migrantes que habrían traicionado al ciudadano común y nativo. No hay pueblo, sino ciudadanos. Como menciona recurrentemente Bannon en la entrevista, el enfrentamiento es entre el ciudadano común y emprendedor frente a una élite de izquierda, aunque en el fondo, lo que se puede observar en Trump, más allá de un discurso de crítica hacia las élites, es allanar el camino a una plutocracia.

¿Sería éste el caso de Kast? No, en lo absoluto, al menos por tres razones:

Primero, porque no logra identificar a una elite más allá de una supuesta élite política de izquierda, de algunos universitarios y feministas que tendrían copada la “agenda valórica”, como constantemente afirma. De hecho, ha guardado absoluto silencio respecto a las élites religiosas y económicas, que en la actualidad están sumidas en un constante cuestionamiento. Vale decir, Kast aún no logra propugnar un discurso social popular en contra de las élites (como un todo) y hacerlas aparecer como las responsables de las desventuras del pueblo.

Segundo, para Kast, el pueblo chileno, no es ni mucho menos el pueblo desvalido, sino el mismo pueblo de siempre, el nacional, sin antagonismo de clase ni de grupo social. Hasta el momento, entonces, el tono de Kast–por más que tenga un tufillo patriotero y chovinista, como el caso de los lácteos- no es del tipo que logra responsabilizar a un anti-pueblo de las desventuras del pueblo chileno.

Tercero, porque contrariamente a todo populismo conocido, Kast propugna el empequeñecimiento del Estado, a la usanza neoliberal. Un Estado subsidiario, protector de la propiedad privada y que imponga el orden (el de la Constitución de 1980, claro está).

En definitiva, el discurso de Kast, por el momento, más que ser catalogado de populista, se enmarca en el discurso clásico de parte importante de la derecha chilena: conservadora en lo valórico y autoritaria en el sentido que añora la presencia de un líder fuerte; que entiende que los chilenos son todos, y que los izquierdistas (léase comunistas, y progres de todo tipo) son un pequeño grupo de agitadores que contaminan al verdadero pueblo chileno. Y si a ello se le suma la ideología de libre mercado, se está ante una visión maniquea de la sociedad que, en el fondo, separa a la gente de trabajo de quienes quieren vivir del trabajo ajeno o a costa del Estado. Lo de Kast, por más chocante que pueda parecer su “sentido común”, no es más que el discurso conservador, gremialista y libremercadista que elaboró Jaime Guzmán, pero ahora con mayor publicidad, al más puro estilo de Trump (o ahora Bolsonaro).

De este modo, a las contradicciones y paradojas que Basaure y Joignant encuentran en Bannon con todas sus novedosas sofisticaciones y simplezas, habría que atender a algo que nos parece más de fondo, esto es, la construcción discursiva de un oxímoron en la deriva populista: el de un aparente populismo sin pueblo.

*Claudio Riveros y Alejandro Pelfini, son académicos de la Universidad de Talca y la Universidad del Salvador(Argentina), respectivamente.