París, la cuna de la agenda climática global, invadida por chalecos amarillos reclamando su derecho a llenar el estanque, negándose a pagar los costos de los acuerdos que cobijó la ciudad de la luz, hoy gris ante la inminencia de un impuesto verde.

Más allá de la poética casualidad, los chalecos reflejan un cambio civilizatorio que se abre camino mientras padecemos sus profundas e inevitables contradicciones. El desafío global del cambio climático versus el derecho a transportarse a precio accesible. Las distancias culturales entre una urbe que resume el mundo y una realidad periférica que resume el país. La perplejidad de la política tradicional- partidos y sindicatos- ante un grupo de ciudadanos que no los necesitan ni permiten ser instrumentalizados. La heterogeneidad de dolores escondidos en una causa común, que probablemente se disperse ante la dificultad de ir más allá de la reivindicación puntual. Un mundo que se debate en una mentirosa dicotomía entre intereses nacionales y multilateralismo, en la borrosa dualidad entre derechos individuales y colectivos, en la ambigüedad de integrar y excluir a las diversas minorías.

Es que las legítimas ambiciones de consumo y seguridad, instaladas a fuego en nuestras conciencias, no son fácilmente desactivadas por urgencias colectivas. En Chile también transitamos esos dilemas. La aparente contradicción entre desarrollo económico y conservación medioambiental, la ambivalencia ante la inmigración o las viviendas de integración social. Convivimos con deudas no del todo saldadas y desafíos no del todo abordados. Unos reclamamos el derecho a alcanzar y sostener esa vida prometida en televisión, otros nos llenamos de contradicciones entre lo que decimos afuera y lo que hacemos adentro. También estamos quienes desde el pedestal moral pontificamos con la superioridad de nacer en tiempos que no terminan de llegar para el resto. Y, por cierto, todas las combinaciones posibles ante todas las circunstancias imaginables.

Entre tanta dicotomía, en medio de dilemas reales a imaginarios, hay una lógica binaria que parece desarmarse por su incapacidad de responder a las ambigüedades. Nadie sabe cuáles serán las banderas de izquierdas y derechas moderadas, donde estarán las futuras fronteras que las van a distinguir. Ni siquiera, si será conveniente distinguirse ante la obligación hacer lo contrario para combatir a quienes podrían utilizar la democracia electoral para terminar liquidando nuestra frágil cultura democrática. El desafío es titánico, nos obliga a interpretar las mareas de nuestra liquida naturaleza, aceptar el vaivén de un barco que navega a pleno sol y sin instrumentos. Dos errores son imperdonables: olvidar adonde queremos llegar e ignorar las intuiciones y deseos de la tripulación.

*Álvaro García Mintz, sociólogo