*Fotos por Aurel Heiniger 

“Este es un momento histórico”, dice de entrada Lincoyan Nehuén, 69 años, uno de los convocantes de la manifestación y que como muchos de los asistentes vive en Suiza desde la década de los 80’.

En la plaza “De la Palud”, en pleno centro de Lausana, la convocatoria fue a las 18:00 horas pero varios llegaron antes, con 4° de temperatura y el cielo oscuro. “Pensábamos que íbamos a ser veinte personas”, reconoce Nehuén. En esta ciudad de 150 mil habitantes, ubicada en el territorio francófono de Suiza, las protestas son escasas y las que hay se caracterizan por ser pacifistas y poco bulliciosas. Este país, que no pertenece a la Unión Europea, es conocido por su política de consensos y su etiqueta de neutralidad en conflictos internacionales.

“El llamado conflicto de La Araucanía ya no es un tema local, sino que toma una dimensión mundial. Michelle Bachelet, en su nuevo cargo, tiene que tomar en cuenta estas opiniones”, dice Lincoyán Nehuén, mapuche residente en Suiza.

Andrea Herrera, chilena de 32 años que vino a estudiar un magíster en artes y lleva recién dos meses acá, pregunta al llegar: “¿Dónde coloco estos carteles?”. No había agrupaciones políticas ni líderes de renombre internacional que contestaran. Un reducido grupo de chilenos se organizó días antes para pedir el permiso municipal- que llegó el día anterior- e hicieron correr la voz lo más rápido posible.

Herrera, ayudada espontáneamente por otras personas, despliega el material en el suelo, frente al imponente árbol de navidad que iluminaba la plaza: “Terrorista según el estado chileno = mapuche reclamando sus derechos”.

A 60 kilómetros de Ginebra, donde reside la ONU y Michelle Bachelet, Alta Comisionada de Derechos Humanos, por primera vez en décadas casi 100 chilenos/as y un par de suizo/as comienza una manifestación en apoyo a la causa mapuche.

Un antes y un después

“¡Marichiweu!” retumba en la plaza y cuatro trutrutas y un cultrún traen el sonido de las tierras mapuche a Europa. Carla Ibáñez, 43 años, 35 en este país, toma el micrófono e inicia los discursos en francés.

La fotografía de Camilo Catrillanca se repite en las manos de los/as manifestantes que sostienen su rostro con solemnidad. Todos alrededor de una bandera mapuche de varios metros de largo y un cartel luminoso con el rostro del joven asesinado el 14 de noviembre pasado por un grupo del Comando Jungla, pertenecientes a la policía chilena.

Lincoyán Nehuén cuenta que el poncho que lo abriga esta fría noche fue de su padre fallecido y que lo usa solo en ocasiones especiales. Ésta la considera una de ellas. Y reflexiona sobre la importancia de la protesta: “El llamado conflicto de La Araucanía ya no es un tema local, sino que toma una dimensión mundial. Michelle Bachelet, en su nuevo cargo, tiene que tomar en cuenta estas opiniones”.

El día en que Camilo Catrillanca fue asesinado, Michelle Bachelet estaba en la Universidad de Ginebra, en una de sus primeras apariciones públicas como Alta Comisionada, dando un discurso -con auditorio lleno- sobre el “aspecto oscuro” de la era digital. Mientras hablaba, dos mujeres mapuche interrumpieron con la bandera de su pueblo y una pancarta, reviviendo demandas que siguen a la presidenta desde el pasado. “Recuerde toda la gente que asesinó en su gobierno”, le gritaron paradas a pocos metros de ella.

Tres días después, un grupo de treinta chilenos se reunió en la misma ciudad para exigir justicia por Camilo Catrillanca, la salida del Comando Jungla del territorio mapuche e interpelar a la ex presidenta de Chile a que tome acciones.

Romper la neutralidad

Luego de eso, Anne Lavanchy, antropóloga suiza, escribió una columna de opinión en uno de los diarios más importantes de la suiza francófona, 24 Heures, asegurando que el problema con el comando especial de Carabineros es solo el último dispositivo policial tras una larga lista de hechos contra el pueblo originario, sin que “se haya juzgado nunca”.

Lavanchy asistió a la manifestación en Lausane. Recalcó a The Clinic la importancia de que se sepa en su país la lucha del pueblo mapuche y de paso asegura que “en Lausana nunca había visto una protesta así” por esta causa.

Los manifestantes corean “Arauco tiene una pena”, un clásico por estos días en las protestas mundiales que conmemoran la muerte de Catrillanca. Si en el himno nacional se alza la voz en la frase “de-los-li-bres”, acá “hoy son los propios chilenos los que les quitan su pan” se escucha con más fuerza.

Luego de una hora, la protesta termina entre aplausos. Pero la gente no se va. Se saludan, se conocen, conversan. Son las 19:20 en Lausana.

Carla Ibáñez, una de las convocantes, trata de responder por qué esta manifestación se dio ahora y no antes. “Hoy tenemos mucha más información de lo que pasa en Chile. Nos enteramos de todo y rápidamente. Además, con Bachelet al lado creemos que debe hacerse responsable”, asegura.

Karina Castillo, 62 años, 42 en este país, dice: “Este asesinato fue la gota que rebalsó el vaso. Habiendo vivido la Dictadura no podemos soportar más muertos si hablamos de democracia”.

Otro de los convocantes fue José Huilcamán, 46 años. Huilcamán destaca que muchos le contaron que se sintieron conmovidos por el caso Catrillanca más que con otros anteriores. Y agrega: “Hacer esta manifestación es molestar la quietud, esa neutralidad muy común en Suiza con la que la gente se refugia”.

Lincoyan Nehuén, mientras se despide de la gente, con rostro sonriente dice: “Este es un momento histórico porque se revitaliza el sentimiento solidario de los chilenos a una causa”.

José Huilcamán refuerza esa idea. Explica que la gente se juntó también para reconocerse porque no se veían hace mucho tiempo o no se conocían. “Luego de esta manifestación en Lausana hay un antes y un después con el apoyo a esta causa”, sentencia.