José Donoso sin límites

Poco se ha dicho sobre “Casa de campo” a 40 años de su publicación. A pesar de ser una de las novelas más importantes inspirada en la dictadura de Pinochet, la obra parece no despertar demasiado entusiasmo. Algo que aquí contraponen novelistas y académicos, quienes sacan a flote al escritor chileno miembro del boom latinoamericano que desnudó a la clase alta chilena puertas adentro.

Cuesta encontrar el lugar exacto en que está sepultado José Donoso. Sus huesos, como los de muchos otros escritores, están enterrados cerca del mar. El cementerio de Zapallar, frente al roquerío de cara al Pacífico, es curioso: a pocos kilómetros del exclusivo y apartado balneario se mezclan los restos de la aristocracia chilena con tumbas de los vecinos de Papudo o La Laguna.

A 22 años de su muerte, la lápida del escritor chileno que integró el boom latinoamericano apenas se lee. Enterrado junto a Pilar, su hija adoptiva y autora de “Correr el tupido velo”,  yace rodeado por esa clase alta que retrató con tanta agudeza —y crudeza— en la mayoría de sus novelas.

José Donoso es quizá el novelista chileno más importante del siglo XX, pero curiosamente no tiene el rating de Roberto Bolaño y sus detectives salvajes. No deja de llamar la atención, porque a 40 años de la publicación de “Casa de Campo”, esta alegoría de la dictadura militar sigue teniendo notable vigencia, como muchos de los temas que la rodean.

La historia se desarrolla en una enorme mansión señorial donde, alejados de la civilización, la familia Ventura veranea tranquilamente junto a sus hijos. Un día, al irse de paseo los adultos, los niños quedan encerrados, solos y subversivos. “Es una metaforización cruda, feroz y descarnada de la vida y miserias de ese estrato de la alta burguesía criolla, la misma que propició el golpe de Estado de 1973”, comenta el poeta Manuel Silva Acevedo, Premio Nacional de Literatura 2016.

Cinco años después del golpe de Estado de 1973, Donoso la publicó durante su autoexilio en la editorial catalana Seix Barral. La novela, con toda su amplitud y grandeza, da cuenta de un proyecto estético ambicioso. Como dice Sebastián Schoenennbeck, estudioso de la obra donoseana,  “él no es un realista, hace visible aquello que no necesariamente se ve. Como alegoría, “Casa de campo” narra los hechos de 1973, pero también los vacíos del orden social”.

Es un artificio narrativo y técnico muy celebrado por la crítica especializada, pero también un artificio político, capaz de hacer una lectura del Chile de entonces y plantear una reflexión en torno a la historia reciente, con toda su violencia y desorden.

Su lúcido retrato del Chile actual es reconocido por Cecilia García Huidobro, académica de la Universidad Diego Portales y editora de libros, diarios y artículos periodísticos de Donoso. “Sus ficciones se zambullen en oscuras profundidades de la condición humana, convirtiéndose en registros de perpetua actualidad. Pueden leerse como noticieros de esta cornisa llamada Chile, que nos marca con esa inseguridad endémica que es santo y seña de identidad”, dice.

Donoso sufrió la escritura: fue un hombre atormentado por sus miedos y demonios, pero nunca dejó de mirar de frente a un Chile que se iba, aunque en ese ejercicio se le fuera la vida. Sufrió períodos de “seca literaria” cada vez que terminaba un texto y fue víctima de una inseguridad que nunca lo abandonó. Más que su propio éxito —que lo tuvo, y en abundancia—, siempre le importó no estar a la altura de sus propias expectativas o ver cómo le llegaba un aplauso cerrado a sus amigos Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, también miembros del boom.

Esa constante inseguridad iba acompañada de un trabajo incansable por la excelencia estética, cuyo resultado está a la vista: su narrativa, a pesar de los años, no pierde vitalidad. “Su interpretación sobre las dinámicas de clase, la vejez y la marginalidad siguen siendo tan significativas para el Chile de ahora como lo fueron en su momento”, comenta Consuelo Valdés, Ministra de las Culturas.

Pero su capacidad imaginativa no solo se traduce en una hábil representación de las apariencias de la sociedad chilena. Va más allá, pues es capaz de profundizar en aspectos menos evidentes o más subjetivos. “Las obsesiones, miedos e hipocresías, las formas de habitar el mundo con las que Donoso trabaja, son parte de lo que somos todavía”, plantea el antropólogo social Pablo Ortúzar.

En algunas de sus novelas más célebres, como “El obsceno pájaro de la noche” o “El lugar sin límites”, el mundo de las máscaras se construye en varios niveles: siempre hay una dimensión más profunda, más escondida. Y en el juego que se establece entre lo que se oculta y lo que se muestra es donde se construyen los intersticios de sus personajes, pero también del conjunto social que intenta desnudar. Sus personajes abarcan un amplio espectro social: desde travestis rurales o frustrados escritores cosmopolitas, hasta viejas seniles venidas a menos o niños monstruosos; los caracteres de Donoso apuntan de manera oblicua a la realidad, iluminando lateralmente los aspectos más tenebrosos de ella.

El novelista mismo, a su vez, escribe desde un lugar particular. Hijo de la aristocracia chilena, pertenecía a la élite, pero se desplazaba por sus bordes. De ahí que sea capaz de observar las amenazas que se ciernen sobre ella. “Sus novelas son estudios detallados y exquisitos del miedo al otro, de la angustia por la pérdida de los privilegios que se quieren eternos”, dice Ignacio Álvarez, académico de la Universidad de Chile y especialista en narrativa chilena del siglo XX. Sin embargo, esa pregunta no queda en el olvido, lo que vuelve a Donoso un autor capaz de hablarle al presente. “Hoy —continúa Álvarez— las élites otra vez se sienten amenazadas, aunque por razones y con miedos muy distintos a los del siglo XX”.

Aunque el uso de las máscaras no es exclusivo de su obra. También en su vida la oscuridad de la condición humana se esconde tras un velo. Muestra un rostro apacible de una realidad bastante más compleja. La publicación de sus diarios, tanto en “Correr el tupido velo” (2009) como en “Diarios tempranos. Donoso in progress (1950-1965)”, revelaron muchas claves de lectura para entender los sombríos entresijos el mundo donoseano: su temprana erudición, la infertilidad, el psicoanálisis, el exilio, la inseguridad social y creativa; todos esos elementos develan a esta intrigante figura de las letras chilenas, cuya obra no sigue interpelando.

Hay que saber observar detrás de esos velos y máscaras que esconden lo que la sociedad no siempre quiere ver. “José Donoso fue muy lúcido y agudo en su forma de adentrarse en ciertos aspectos de la sociedad chilena (…) las apariencias y los secretos (especialmente de clase alta), la enorme desigualdad social, los extremos a los que puede llegar la precariedad económica y la desesperación. Todas las máscaras detrás de las que podemos escondernos. El suyo es un retrato doloroso y feroz de una sociedad fracturada”, agrega la novelista María José Navia.

Sin embargo, no todo es oscuridad y dolor. También hay juego, carnavalización, pequeños resquicios para una risa no siempre amarga y que incluso, a veces, alcanza la empatía. Para la escritora Francisca Feuerhake, también conocida por su personaje la vieja cuica, “Donoso no cae en la bajeza de odiar a sus personajes, sino que les retira las máscaras y los velos con cariño, casi con autocompasión y respeto, un profundo respeto por quien se ve enfrentado a la delgadísima línea ambigua de lo inexplicable, lo extraño y lo ridículo”.

Donoso nunca abandonó la escena chilena, a pesar de vivir gran parte de su adultez fuera del país, principalmente en España y Estados Unidos. Al volver de su autoexilio en 1980, ocupó un lugar de honor y se transformó en un importante actor del campo cultural chileno. Formó a muchos escritores en el taller que realizaba en su casa de la calle Galvarino Gallardo, sus huellas pueden rastrearse en los escritores de la llamada “nueva narrativa chilena” que publicó con tanto éxito a principios de los noventa y en 1990 fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura.

Sin embargo, ya sea por el desprecio con que Bolaño etiquetó a los “donositos” o porque el prejuicio de lo añejo sobrevuela injustamente sus creaciones, es un hecho que la atención que se le presta a su obra está muy por debajo de lo que ella merece.

Sus novelas y cuentos, sus diarios y artículos siguen ayudando a la comprensión de una sociedad cuyos miedos y obsesiones parecen no ser tan distintos a los de varias décadas atrás. Una obra como la de Donoso puede ayudar a encontrar las palabras para describir esa realidad que, de otro modo, se hace tan esquiva.

*Por Joaquín Castillo Vial, subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad

Comentarios
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