“Miré para atrás y solo vi lama, no dio tiempo. Fue cuestión de segundos”. Así relata Wilson Ferreira (nombre ficticio) su huida a contrarreloj de la represa de residuos ferrosos que se rompió el viernes cerca de la ciudad de Brumadinho, en el estado brasileño de Minas Gerais (sudeste).

Ferreira, de 33 años, trabajaba tan solo hacía nueve meses en el complejo minero del gigante brasileño Vale, en el área de mecánica industrial, y aún no acredita cómo se pudo salvar de un ‘tsunami’ de un millón de metros cúbicos de agua y residuos de minerales de hierro bajando a una velocidad mortal.

La catástrofe ocurrió entre las 12.00 y las 12.20 hora local (14.00-14.20 GMT) del viernes. Estaba en la hora del almuerzo, disfrutando de su tiempo de descanso con otros compañeros en un banco, prácticamente tenía la represa encima, asegura a Efe.

Fue entonces cuando vieron a un grupo de funcionarios corriendo por la vía principal del recinto y dando la voz de alerta.

“La única cosa que me salvó fue que vinieron tres funcionarios de Vale, del área administrativa, desesperados y gritando: ¡El dique se rompió!”, recuerda Ferreira, que prefiere contar su historia bajo el anonimato.

“No hubo ninguna sirena, no hubo nada que nos avisara”, añade.

Sin tiempo para reaccionar, salió corriendo sin saber muy bien a dónde exactamente ir, solo pensaba en buscar un lugar seguro para salir de allí con vida.

“En menos de un minuto se lo tomó todo. Vino con fuerza”, expresa este superviviente junto a su esposa, cerca de la improvisada sala de comando que las autoridades brasileñas han montado en una sede universitaria para coordinar los trabajos de rescate.

Según los últimos datos oficiales, la tragedia deja ya diez muertos y cerca de 300 desaparecidos, la mayoría del área administrativa del complejo de Vale, de donde se escapó por segundos.

Las autoridades brasileñas han rescatado hasta el momento alrededor de 200 personas -46 de ellas en las últimas horas-, muchas de ellas familias que quedaron incomunicadas por el tsunami de barro y residuos minerales, y también algunas presas en el lodazal.

“El dique se rompió de un momento a otro, no hubo ningún aviso. Normalmente, cuando una estructura de estas se está rompiendo, normalmente hay algún aviso, pero esta vez no, no dio tiempo. Quien se salvó, se salvó porque Dios lo quiso”, afirma.

Ferreira se fue corriendo con alrededor de un centenar de personas. Todas se fueron a un lugar alto, a la espera del rescate, que llegaría horas después.

La represa estaba en el medio de dos minas. La que estaba en la parte baja, la mina de Feijao, fue la más afectada, relata.

“Había que pensar muy rápido. No dio tiempo a avisar a la gente que estaba en los despachos, dentro de las salas…”, se lamenta.

Otros de los supervivientes le han comentado que aún hay personas con vida en la zona, “con la lama hasta aquí” (señalando la cintura). Solo del Cuerpo de Bomberos hay actualmente 14 helicópteros sobrevolando la zona constantemente.

Ferreira cree que la suerte le dio una segunda oportunidad en la vida, porque “si hubiera estado en otro lugar” no lo hubiera contado, expresa.

Menos de un día después de esta fatal tragedia, la segunda de este tipo en apenas tres años tras la de Mariana, también en Minas Gerais, que causó 19 muertos y el mayor desastre medioambiental de la historia de Brasil, Ferreira ha venido hasta el centro de comando para mostrar su apoyo a los familiares de sus amigos desaparecidos.

“Vine para saber si hay alguna lista, si alguien más consiguió salir, si hay alguna familia”, comenta algo desesperado. Las autoridades ya han señalado que el número de fallecidos muy probablemente superará, por mucho, al de Mariana.

Sin embargo, Ferreira mantiene vivas sus esperanzas de reencontrarse con algunos de sus compañeros. “Hay posibilidades, hay posibilidades”, se repite.