Vecinos de la ciudad de Brumadinho, en el sureste de Brasil, miran de lejos sus casas, hoy destrozadas y bañadas en un lodo con residuos minerales que ha convertido verdes prados en un mar de fango: “Perdimos todo”.

Lo que antes era un valle próspero con algunas haciendas dedicadas a la agricultura y a la ganadería, hoy es una ciénaga. El silencio es sepulcral, solo interrumpido por el sonido de los helicópteros de rescate y el cacareo de algún gallo.

En algunos puntos, únicamente se ven las copas de los árboles. El tronco está sepultado por millones de toneladas de barro procedentes de la represa de contención de la minera brasileña Vale que reventó el viernes y causó al menos 37 muertos y entre 250 y 300 desaparecidos.

En la orilla de este nuevo mar espeso y algo viscoso de color marrón, quedan en pie algunas casas, parcialmente destruidas. En una de ellas vivía Isamara de Araujo, de 49 años, y Pedro de Jesús Rocha, de 50, con su hijo e hijastro.

Cuidaban la tierra de esta finca desde hacía “un año y poco” para un hacendado y vivían en una pequeña casa al lado del caserío principal.

“Fue de repente, estaba calentando la comida. Escuché un ruido muy fuerte y ahí pedí a los chicos que fueran allí para ver qué ocurría. Dijeron que se estaba inundando. No dio tiempo a coger casi nada, salimos corriendo para arriba. Vino rápido, destrozando todo” relata a Efe Isamara.

“Perdimos todo, sobró eso de ahí, unas gallinas y una cabra, perdimos todo”, se lamenta.

El barro, que visualmente parece lava volcánica, pero fría y marrón, entró literalmente dentro de la casa y rajó de arriba abajo una de las paredes de la cocina, donde se asoma una lavadora derrumbada y encima, una pared de ladrillos.

Volvió para ver en qué estado se encontraba la vivienda y descubrió el cuerpo sin vida de un hombre. Llamó a los bomberos y en la misma zona hallaron otros cuatro fallecidos.

En el cuarto donde duerme este matrimonio falta una pared, por cuyo espacio se ven troncos y el fango entrando. La casa en cualquier momento se desploma.

El gallinero, un criadero de ganado y ocho de las diez cabras que cuidaban han desaparecido del mapa, engullidas por la destrucción que dejó a su pasó la lama.

“Fue un ruido inmenso, creímos que era el tren con el hierro y la locomotora”, recuerda a Efe Pedro de Jesús, quien asegura que de no haber salido con rapidez habrían sido pasto de la ola de barro porque todo fue “muy rápido”.

Sin luz, sin agua y “sin nada”, como dice Isamara, la familia aguardará en el recinto, a la espera de lo que les diga su patrón, con una sensación de “mucha tristeza” y algo de impotencia.

Para Pedro de Jesús, la tragedia muestra hasta qué punto llega “la desatención de los poderosos”.

En el momento de la tragedia, Santusa de Fátima Assis también estaba haciendo la comida, cuando tuvo que dejar todo para salvar su vida y la de su esposo.

“Mi vecino trabaja en Vale, ahí él recibió una llamada diciendo que la represa había reventado y salió gritando: ‘Vamos a correr que reventó’ y fuimos para allí encima”, recuerda.

“Estaba haciendo la comida y de la misma forma que estaba haciendo la comida, la dejamos ahí y allí sigue”, agrega.

En su caso, el “tsunami” de agua y residuos minerales de la represa solo destrozó la parte atrás de su casa, a la que por el momento no puede volver por el alto riesgo que supone.

Una de las grandes preocupaciones de las autoridades brasileñas está relacionada en este momento con el estado de otro dique, al lado del que se rompió y el cual está formado por entre tres y cuatro millones de metros cúbicos de agua.

Defensa Civil monitorea esa estructura, los bomberos ayudan en la evacuación de habitantes de comunidades agrícolas próximas, mientras Vale se dedica a drenarlo a fin de evitar una rotura.

Santusa confiesa a Efe que ganas no le faltan para mudarse de ciudad, pero lo ve como una quimera imposible.

“Mira ahora, con todo esto, todos los valores… ¿Cómo alguien va a querer comprar un lugar en el que hay peligro?”, se pregunta.