Ya en octubre habían 0 grados y yo me estaba muriendo. Desde ahí hasta ahora, cada semana que pasó se sintió como un bajón término inexplicable. Siempre parecía que no podía ser peor, pero todos, latinos, gringos, etc., se reían de mí. “Créeme, esto no es nada”, decían. “Winter is coming”.

¿Por qué en Minnesota hace tanto frío? Alguien me explicó que es porque desde aquí hacia el norte todo es plano, no hay ningún cerro que detenga o que amortigüe el flujo de masa de aire polar que viene desde la Bahía de Hudson, en Canadá. Atraviesa todo Ontario y llega directo hacia Minnesota y Wisconsin, pero aquí es donde se siente peor.

En ese momento tenía la idea metida en la cabeza de ir todo el invierno en bicicleta el restorán en el que trabajo, que queda en el centro de Minneapolis a como 25 minutos pedaleando desde mi casa. Mi otra opción era hacer el viaje en el tranvía, porque puedo subir la bici. La cosa era no dejar de usar la bici.

Y lo he estado haciendo, pero esta semana todo se está poniendo realmente mal. El domingo pasado que salí del restorán, a las 11 y algo de la noche, habían como 40 centímetros de nieve. Ahí me fui pedaleando parado, como se dice, haciendo fuerza y equilibrio para no quedarme atorado en la nieve, caerme y congelarme el culo. Pero la verdad es que cuando nieva no hace tanto frío. El frío de verdad viene después, o sea hoy, mañana y quizás hasta cuando. Hasta el presidente del muro se ha expresado en su red social favorita sobre las temperaturas de todo el Midwest, pidiéndole al Calentamiento Global que vuelva, que lo necesitamos.

Esto es lo que uso: Una primera capa térmica, un polerón de lana, una chaqueta aislada; calzoncillos largos térmicos, un pantalón térmico especial para andar en bicicleta; dos pares de guantes, uno de ellos especiales para nieve; tres pares de medias de lana comprimida, además de los calcetines de lana de alpaca que me mandó mi mamá desde Santiago, y unas botas negras de nieve que parecen más para ir a la Luna. También una máscara térmica y un casco aislado que me protege los oídos, porque el viento los hace sentir como si fueran a reventar.

Lo peor es cuando hay viento. Es la misma sensación que uno siente cuando va a la playa en invierno y mete los pies al agua y se le congelan hasta los huesos, pero por 10. Y uno nunca se acostumbra.

La mujer dueña de la casa en la que vivo me manda mensajes. “Cuídate, hoy va a hacer frío extremo”. Una amiga me escribe: “No te expongas al frío, te puede dar ‘frostbite’”. ¿Qué chucha es eso?, le pregunto. “Es cuando se te congelan los dedos o la nariz y se te ponen negros y los puedes perder. A una amiga le dio el ‘frostbite’ en la nariz y casi la pierde, y ahora tiene que usar una máscara en el invierno, porque si la expone la tienen que operar”. Pienso en esas películas estilo Límite Vertical, en la que los alpinistas mueren congelados. O en el libro Mal de Altura, del periodista Jon Krakauer. Creo que cuando leí ese libro fue la vez que tuve más frío antes de vivir acá.

El otro día pasé por uno de los puentes que cruzan el río Mississippi. Estaba todo congelado, una cosa increíble de ver, toda esa masa mítica de agua que llega al extremo sur del país, a New Orleans, completamente helada. Los lagos de la ciudad también están congelados, y la gente organiza campeonatos de hockey, pescan y patinan. Así sobreviven no solo al frío, sino que también a la oscuridad; la noche empieza a las 5 de la tarde, y ya desde las 3 te están diciendo “have a good night”.

Yo pedaleo, soy un pedaleante blanco. “Estás loco, chileno”, me dicen mis compañeros de pega. Hoy habrán -25 de máxima y -33 de mínima. La nieve se ha endurecido y eso hace más difícil aún mantener el equilibrio. Pero no hay otra opción, no me la puede ganar. Es estúpido, obvio que sí, tanto como pedirle al Calentamiento Global que venga, que lo necesitamos, la verdad es que yo también lo necesito, le rezo, necesito que hayan -5 para ponerme ropa de verano, quizás porque se me congeló el cerebro y a -30 grados nada me parece lógico.