Tenía siete años cuando entendí al Festival de Viña como un evento de importancia nacional. Lo guardé en mi cerebro al lado de la Teletón, la parada militar, las elecciones y los partidos de la selección chilena, cosas que en la década de los noventa eran ineludibles. Tiendo a considerar los siete años como una edad importante.

Pareciera que es cuando se comienza recordar, o a tener conciencia del recuerdo como manera de participar en la realidad. Una de las cosas que más me gustaba de niño era el comercial del suplemento “La gaviota” del diario Las últimas noticias, donde unas gaviotas a la orilla del mar escribían los titulares con sus picos en una máquina de escribir.

Esa noche estaba con mis primos –a quienes invité a dormir–, comimos papas fritas, Chispop, tomamos Coca-Cola frente a la IRT de 15 pulgadas dispuesta sobre una mesa improvisada en el living. Sinceramente no sé qué vimos. En ese momento la sensación de reunirse en torno al Festival de Viña importaba más que los artistas. Por otro lado, los certámenes de los primeros años de los 90 parecían ser el mismo. El General, Gloria Trevi, Lucerito, Emanuel, El Puma Rodríguez, Los Jaivas, las atrevidas chicas de Garibaldi, bochornos humorísticos variados atravesaron el primer lustro de la década.

En 1996, ya con trece años, otra edad que marca un antes y un después en las etapas de la vida, tuve un segundo entusiasmo con el Festival. Juan Gabriel y Dinamita Show acaparaban toda la atención, pero yo esperaba la presentación de Los Tres, estaban de moda y se habían instalado como una continuidad del rock nacional luego de Los Prisioneros. Seguramente me sentía grande. Una forma de transformarse en adolescente era tener casetes piratas grabados por uno mismo. En una radio reloj muy rara de mi papá –un rectángulo de madera, donde se ponían casetes por arriba– grabé el concierto desde la Radio Cooperativa. Una vez que Megavisión dejó de transmitir, apagué la tele y me quedé escuchando a la banda penquista, sentado a la orilla de una ventana abierta. Era una de esas noches vaciadas, calurosas y silenciosas, típicas de Santiago en febrero.

No he encontrado información que corrobore mi teoría de que la palabra festival tiene que ver con una fe-estival, es decir un creer en el verano. Sea cierto o no, me gusta pensar en el verano como un espacio mítico para niños y adolescentes, que sin duda esperaban y esperan la salida del colegio, que es el momento exacto donde se inaugura la temporada. Lo anterior tiene directa relación con el regreso de bandas que fueron exitosas en el pasado. Todo artista que marcó época lo ha hecho. Este año, por ejemplo, se presentan los Backstreet Boys. Su misión es revivir por dos horas ese espacio mítico, donde las ahora treintonas fanáticas, fueron felices –o algo parecido– en el pasado. El gesto de repetir a los artistas parece ser un acto de superviviencia. Como si de esta manera la realidad –o la historia– se fijara y adquiriera sentido. Yo mismo odiaba a los Backstreet Boys y hoy me parece un gesto interesante.

El Festival de Viña y la televisión han perdido relevancia por su anacronismo. Soportes como YouTube o Netflix han transformado su existencia y permanencia en un hábito cultural. De esa manera uno termina mirando algunas de las noches festivaleras, como si el televisor fuera una ventana que mira a una época que ya se fue. Al parecer cuando la relación que tenemos con el entorno se pierde, solo queda apelar a la melancolía, la que últimamente comprendo como un simple y profundo amor a los relatos.