Columna de Alia Trabucco: Las palabras justas

Por Alia Trabucco Zerán

Este año, entre alarmantes noticias políticas y climáticas, una nota policial pasó casi desapercibida. En Estados Unidos, una mujer de veinte años, Michelle Carter, fue condenada por el homicidio de un amigo. Lo extraño: él estaba solo al momento de morir. Michelle, desde su casa, sostenía un teléfono y le enviaba mensajes incitándolo a que se suicidara. No lo pienses más, le dijo. Hazlo de una vez. Esas palabras la condenaron. En una sentencia sin precedentes, el jurado norteamericano determinó que Carter había sido culpable del suicidio de Conrad Roy. Que esos mensajes habían sido la causa, al menos indirecta, de su muerte. Para el jurado no había duda razonable: las palabras podían matar.

Más allá de la argumentación que puso a Carter tras las rejas, este caso parece ser el extraño corolario de un debate cada vez más complejo sobre los vínculos entre lenguaje y poder. Las palabras y su poder corrosivo han estado en el centro de las disputas sobre el racismo de Trump y la homofobia de Bolsonaro; las palabras y su huella de violencia han sido cuestionadas una y otra vez por el movimiento #niunamenos; y son las palabras y su poder transformador las que han protagonizado un intenso debate lingüístico en varios países de habla hispana.

Mientras esta semana asistimos a un nuevo estallido feminista, un rasgo propio de las oleadas anteriores parece resurgir. Me refiero a la impronta crítica de este movimiento, al impulso que lo ha llevado a una interrogación radical de la sociedad pero, también, a un implacable cuestionamiento de nuestra configuración individual. Cómo hemos incorporado el machismo a nuestras vidas, a nuestra educación, a nuestras relaciones sexuales y a nuestros modos de sentir, son preguntas que nutren la historia del feminismo y que se han desplazado, esta vez, al terreno del lenguaje.

El 2018, miles de mujeres argentinas y chilenas se tomaron las calles para demandar, allá, la legalización del aborto y, acá, el fin de la educación sexista. Eludiendo liderazgos jerárquicos, en vocerías rotativas que impidieron la identificación de “la” mujer o “la” líder, las artífices de ambos movimientos optaron por mostrarse como un cuerpo colectivo y de ese cuerpo brotaron palabras que nadie nunca había escuchado: “nosotres”, “todes”, “chiques”. Una “e” que desplazó a la equívoca “o” y a la exclusiva y excluyente “a”, generando perplejidad y estruendosas carcajadas.

Frente a estas reacciones, las voceras se miraron unas a otras, contemplaron sus cuerpos y se dijeron: ¿por qué decir “nosotros” o “nosotras”? ¿No era esa dicotomía y el sistema de valores subyacente la causa de tanta violencia y desigualdad? ¿No estaba el castellano reproduciendo esas jerarquías? ¿Y qué ocurría, además, con las identidades no binarias, las que se negaban a ser definidas como hombres o mujeres? Estas preguntas gatillaron álgidos altercados sobre el poder del lenguaje y el lenguaje del poder. ¿Era el castellano una lengua machista? ¿Podría el feminismo transformar la lengua? ¿Y podría la lengua transformar la realidad?

Las reacciones al “lenguaje inclusivo” han sido de una virulencia insospechada. Desde Mario Vargas Llosa hasta los guardianes de la Real Academia se escuchó fuerte y claro el sermón habitual: “El masculino gramatical funciona como término inclusivo en referencia a colectivos mixtos”. Pero pasaron los meses, la “e” continuó su recorrido y también las preguntas que rondan a esta metamorfosis de la lengua: ¿Fue alguna vez preciso el genérico masculino? ¿Por qué los tratados de derechos humanos agregaron “niñas” donde decía “niños” y reemplazaron “hombres” por “personas”? ¿La “o” había designado alguna vez a toda la humanidad?

Hace más de cien años, la olvidada revuelta de la “a” también causó estupor. Durante décadas, abogada y doctora fueron palabras que describieron a la esposa del abogado y del doctor. Y cuando las mujeres se incorporaron a esas profesiones, muchos, entre risas, consideraron confuso nombrar esos oficios en femenino. Ellas debían llamarse a sí mismas abogado o doctor si no querían ser confundidas con “la esposa de”. Y, para muchas, esa fue una verdadera conquista. La resistencia a la letra “a” incluyó a hombres y mujeres y se extendió durante más de un siglo. Pero qué es un siglo en la historia de una lengua. Y qué es la historia de la lengua sino una historia de transformación. Hoy, abogada y doctora no solo forman parte del castellano sino también de nuestra imaginación. Y ha sido la imaginación radical del feminismo la que ha permitido a las mujeres desbordar los estrechos márgenes de lo posible.

Ignoro si dentro de cien años la vilipendiada “e” formará parte del castellano. Ignoro si en el futuro yo misma podré pronunciar esa letra sin sentirla ajena. Pero si las palabras pueden matar, si pueden engendrar odio y violencia, si son capaces de transmitir amor, es que nunca, jamás, son solo palabras. Y tal vez necesitemos eso, nuevas palabras, para imaginar una nueva realidad.

* (Alia es autora de la novela La resta (Tajamar, 2015) y del libro de ensayos Las homicidas (Lumen, 2019)).

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