Apenas empezó el estallido, no dudó un instante en salir a la calle a registrar lo que pasa en la primera línea. Hasta ahora el periodista suma tres balines en el cuerpo, una lacrimógena en las costillas, varios piedrazos y un autorizado análisis de los enfrentamientos entre civiles y uniformados. “Si no has participado de ello, es fácil caer en la trampa de separar a buenos y malos con líneas súper rígidas”, comenta a casi tres meses del 18-O. Con su segundo hijo recién nacido, el excorresponsal de guerra sigue en la calle porque siente que es su pega: “Es mi vocación. He hecho esto en Pakistán, en Irak, en Cisjordania, en Israel, en Gaza, en Colombia, en Haití, todos lugares conflictivos y en todos podría haberme quedado dos cuadras más atrás. A mí me gusta mi pega, me gusta lo que hago, me hace sentir útil”.
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