Columna de Josefina Araos: Populismo previsional

Foto: Agencia Uno

Columna de Josefina Araos: Populismo previsional

Es fundamental, en este nuevo rebrote de inquietud por la supuesta entrada de nuestro país a una espiral populista, preocuparse de que el término no se reduzca a una mera etiqueta descalificadora. Si queremos que el concepto sirva de algo, necesitamos asegurarnos de que no reemplace el argumento y la reflexión.

Luego de la polémica aprobación del retiro del 10% de fondos de las AFP, el populismo reapareció en el debate público local. El argumento que se ocupa es más o menos así: los políticos que votaron a favor del proyecto se habrían rendido a la presión popular –algunos hablaron de una “pataleta”–, a pesar de que la evidencia y los expertos sugerían lo contrario. Se habrían usado argumentos engañosos y simplificado el debate al máximo para justificar una decisión que no se apoyaba en el alivio real de las personas ante la crisis económica, sino en someterse a sus gritos. Entre medio estaría también el objetivo camuflado de pegarle un golpecito de gracia al deslegitimado sistema de AFP, aunque sea reforzando los términos de un individualismo que veremos los malabares que habrá que hacer para reconvertirlos a una lógica solidaria en el futuro. 

Como dijo Cristóbal Bellolio, no debemos tratar de entender lo que ocurrió en el Congreso desde la distinción izquierda-derecha, sino a partir de la oposición elite-pueblo, que en general se atribuye al populismo. Desde ahí, una interpretación posible sería que esta vez el criterio que mandó no fue ideológico en primera instancia, sino el ponerse del lado de la gente como sea, a ver si con eso recuperan algo de la credibilidad que desde octubre está por el suelo. La hipótesis de Bellolio es persuasiva. Sin embargo, el modo en que los actores involucrados utilizan la acusación de populismo está lejos de este tipo de hipótesis y, lejos de ser operativo, revela rápidamente sus puntos ciegos.

Como dijo Cristóbal Bellolio, no debemos tratar de entender lo que ocurrió en el Congreso desde la distinción izquierda-derecha, sino a partir de la oposición elite-pueblo, que en general se atribuye al populismo.

Los primeros en levantar la etiqueta fueron miembros de (o cercanos al) oficialismo: el exministro Blumel, Marcela Cubillos y Felipe Kast tildaron de populistas a los representantes de la derecha que votaron a favor del proyecto. El populismo ya no sería patrimonio de la izquierda, sino que estaría invadiendo también a quienes, hasta ahora, estaban libres de sus garras. En esta ocasión, en cambio, se mostraron temerosos por una calle enfurecida o fueron  tentados por el éxito fácil. Si acaso hay una explicación más sofisticada de la debacle interna de la derecha ante este episodio, es algo que ni siquiera se formula. 

En una línea similar escribió unos días después Andrés Velasco, criticando duramente la decisión del Congreso. Uno podrá considerar atendibles muchos de sus cuestionamientos, el problema es que los termina atribuyendo exclusivamente a la seductora pero peligrosa lógica populista, que de a poco estaría horadando los sistemas democráticos del mundo. En ella, no sólo operan los demagogos que ofrecen salidas simplonas, también un pueblo que ejerce el “derecho humano a la pataleta” y sus representantes les dan en el gusto. Curiosa manera de presentar el malestar profundo que nos ha conducido a la crisis en que desde octubre nos encontramos sumidos.

FOTO REFERENCIAL. Crédito: Agencia Uno

Como sea, el término vuelve con fuerza una vez más, pero por el momento no logra dar cuenta de un fenómeno real que nos permita entender lo que ocurre. Lo que se ve en cambio es su despliegue para conceptualizar el disgusto, los temores, la frustración y también la ceguera de quienes levantan la etiqueta. En ese sentido, es llamativo que en general el uso del populismo en nuestra discusión pública, aunque se hace lleno de aspavientos, casi siempre termina reemplazando el argumento. Es como si a medida que más se utilizara, menos claridad hubiera de lo que ocurre y más profunda fuera la desorientación de aquellos que lo enarbolan. El rechazo de Velasco al proyecto aprobado podría haber sido tanto más potente si en lugar de volver sobre la amenaza populista, hubiera intentado explicar cómo abrir un espacio entre la profunda distancia que parece invadir a la política respecto de la ciudadanía, y la rendición absoluta a sus presiones. Porque es justamente en esa tensión en la que nos encontramos hoy día: como si tuviéramos que elegir entre una institucionalidad sorda o un pueblo que no necesita mediaciones para transformar sus demandas en un proyecto político. Pero es más sencillo hablar de populismo y apelar a los prejuicios instalados, que formular este tipo de reflexiones. Lo dramático es que la estrategia, aunque sea amplia y transversalmente ocupada, se ha revelado una y otra vez completamente infructuosa. Pues lo concreto es que por más amenazas que se adviertan, a nadie parece preocuparle demasiado, y las agendas y líderes vinculados a ese peligroso populismo no hacen más que seguir avanzando. 

Porque es justamente en esa tensión en la que nos encontramos hoy día: como si tuviéramos que elegir entre una institucionalidad sorda o un pueblo que no necesita mediaciones para transformar sus demandas en un proyecto político. Pero es más sencillo hablar de populismo y apelar a los prejuicios instalados, que formular este tipo de reflexiones.

Es fundamental entonces, en este nuevo rebrote de inquietud por la supuesta entrada de nuestro país a una espiral populista, preocuparse de que el término no se reduzca a una mera etiqueta descalificadora, que por lo demás solo libera a quienes la ocupan de preguntarse por su implicancia en la crisis que denuncian. Si queremos que el concepto sirva de algo, necesitamos asegurarnos de que no reemplace el argumento y la reflexión. Sólo así podrá servir de ayuda para describir y comprender un momento particular, diluciando toda su complejidad, y no en cambio como un recurso fácil (tan fácil como las soluciones que atribuyen a los populistas) para evitarnos la tarea de pensar.

*Josefina Araos Bralic es investigadora Instituto de Estudios de la Sociedad (ES).

Comentarios
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