Columna Florencio Ceballos: Final de serie

“Al mundo le fue un poco mejor que a Estados Unidos en esta elección. La sensación de alivio es más inequívoca. El poder disruptivo de un sociópata al mando de la principal potencia económica, diplomática y militar ha sido inhabilitado”.

La serie distópica que he seguido con adicción malsana durante los últimos cinco años -el ascenso, reinado y caída de Donald J. Trump- ha resuelto su principal nudo dramático hace algunas semanas y se acerca a su esperado final. 

Me abandoné desde la campaña del 2016 a esa seriefilia peligrosa sentándome muchas noches frente al televisor a ver cómo Estados Unidos hacía lo que mejor sabe hacer: codificar como show, un evento político que dejará cicatrices permanentes.  

De alguna forma perversa, mezcla de curiosidad, estupefacción y desprecio, me terminé acostumbrando a esos personajes grotescos, a esos villanos de Gotham. Dejaron de provocarme incredulidad sus excesos, aún sabiendo que esa era precisamente su apuesta: que por cansancio termináramos por normalizar lo anormal. 

Me acostumbré a la amoralidad sin límites de Trump, a su audacia patológica, a su narcisismo de cuarta, a su léxico calculadamente bruto. Me acostumbré a su cáfila de consejeros filonazis imaginando formas de poner niños en jaulas. A sus hijos y cuñados a cargo de la family office consistente en transformar los destinos de un país y el mundo en un turbio negocio personal. A sus abogados delirantes que mienten mientras un hilo de tintura les corre mezclado con el sudor de la cara. A sus oligarcas de corbatas brillantes a cargo de eviscerar entidades públicas. A sus religiosos radicalizados a cargo de políticas reproductivas. A sus negacionistas climáticos a cargo del medioambiente. Es la perversidad genial de la serie: te hace querer saber más de los malos, para poder aborrecerlos mejor. 

Particular atracción -e incomodidad- me provocaron los episodios internacionales de la serie: Trump grosero con Merkel, abiertamente agradecido de la hospitalidad fastuosa de los dictadores. Ahora que la serie se acaba -y con la esperanza de que no exista una sexta temporada- es posible pensar en lo que viene ahora en el mundo real: la resaca. 

“Me acostumbré a la amoralidad sin límites de Trump, a su audacia patológica, a su narcisismo de cuarta, a su léxico calculadamente bruto. Me acostumbré a su cáfila de consejeros filonazis imaginando formas de poner niños en jaulas”.

La resaca interna de Estados Unidos será monumental. Ahí, pese al triunfo irrefutable, la sensación ambiente es otra: Estados Unidos está en deep sheet. No sólo porque 73 millones de electores votaron por una alternativa que a los ojos del resto parece una aberración contumaz, más allá de la comprensión.  Sino porque incluso en su derrota -aún no asumida, por cierto- el éxito de Trump consiste en hacer evidente una rasgadura irreparable en el tejido moral y social de esa nación. Trump ha puesto a la sociedad estadounidense frente a un espejo y la imagen proyectada es aterradora. 

Estados Unidos sólo puede -y si es que en estos episodios restantes no se produce un giro dramático de esos a los que nos tienen acostumbrados las series americanas- respirar con un mínimo de alivio, por no haber caído irreparablemente al abismo. No mucho más: el abismo sigue donde mismo, es cada vez más profundo y apenas atinamos a entender la realidad social, económica y cultural profunda detrás de esos 73 millones.

La resaca global será distinta, tan pesada e innegable como lo es el poder y la influencia de Estados Unidos -incluso en su menguada situación actual- en el escenario internacional. Al mundo le fue un poco mejor que a Estados Unidos en esta elección. La sensación de alivio es más inequívoca. El poder disruptivo de un sociópata al mando de la principal potencia económica, diplomática y militar ha sido inhabilitado. No es poco. Aunque tampoco hay que hacerse demasiadas ilusiones. 

En materia internacional, el camino de Biden será cuesta arriba y repleto de obstáculos, carente de sensacionalismo (lo que no es difícil tras cuatro años de circo). La línea base está dada por la obsesión trumpista de destruir todo aquello que llevara la firma de Obama: acuerdos climáticos de Paris, de desnuclearización con Irán o de libre comercio a través del TPP.  De la de reapertura con Cuba -por cierto- sólo queda el recuerdo de un buen concierto de los Rolling Stones en la Habana. 

“Ahora que la serie se acaba -y con la esperanza de que no exista una sexta temporada- es posible pensar en lo que viene ahora en el mundo real: la resaca”.

Cuando finalmente logre entrar a la Casa Blanca, el equipo de Biden encontrará la casa patas para arriba.  La opinión pública interna -sospecho que mucho más del 50%- ha sido entrenada durante cuatro años, para desconfiar de cualquier noción de multilateralismo: mientras más ausente esté Estados Unidos del mundo, mejor. Y si va a haber una guerra, mejor que sea adentro. America First. 

En el intertanto, la historia sigue su curso y otros ganan posiciones. El TPP desechado por Trump fue retomado hábilmente por China y su reciente acuerdo Asia Pacífico, el RCEP, la coloca al centro del mayor tratado comercial del mundo. Rusia mantiene prendida la frontera de su imperio desde Ucrania a Bielorrusia a Nagorno-Karabakh.  Debilitar alianzas, dividir adversarios es lo que Putin quería y lo que consiguió. 

Por su parte, Irán parece haber enriquecido diez veces más de uranio de lo que permitía el acuerdo internacional de 2015, suficiente para dos armas nucleares. África, un continente al que Trump no le dirigió ni una sola palabra en cuatro años, está nuevamente sentada sobre un polvorín: una posible guerra regional en el Cuerno que promete una (nueva) crisis humanitaria. 

En el Medio Oriente, se encontrará con un negociado manejado por el yerno como un asunto privado, que huele a pescado podrido de corrupción y guarda varias cajas de sorpresas. Y una América Latina que, entre la crisis de gobernabilidad (de Guatemala a Chile) y la autocracia (de Venezuela a Brasil) -todo con fondo de violencia, pobreza y desastre sanitario- estará cada vez más abajo en las prioridades. 

Más allá del discurso del Biden candidato respecto de que “Estados Unidos debe liderar no sólo por el ejemplo de su poder, sino por el poder de su ejemplo”, creo que el foco internacional del Biden presidente será mucho más de recuperar terreno perdido, reconstruir confianzas en ciertas alianzas que de impulsar agendas nuevas y ambiciosas (la climática sea posiblemente la excepción). Sólo queda administrar la resaca y aceptar que ese curioso excepcionalismo americano que lo llevó a autoasignarse de manera soberbia el rol de líder del free world  -a pesar de dictaduras, genocidios y guerras de proxys –  parece tener sus días contados. 

Biden volverá rápidamente a los acuerdos de París, retomará las alianzas históricas y fortalecerá un poco el sistema de Naciones Unidas. Dará primacía a los hechos y a la ciencia sobre el delirio conspiranoico; al menos vivirá en esta realidad y no en una paralela. Cosas mínimas. Sus recientes nombramientos en la Secretaría de Estado y la ONU (además de John Kerry  como el enviado especial para asuntos climáticos) hablan más de experiencia y competencia que de espectacularidad. Como serie será una lata. Pero dada la persistencia de la maldición china de vivir “tiempos interesantes”, tal vez un poco de aburrimiento será lo mejor. Como consuelo tendremos nuestra dosis de schadenfreude: una administración Biden es mala noticia para el populismo autocrático de extrema derecha, para los Orban, los Bolsonaro, los Erdogan, los Bibi y los Modi. Y mientras sean malas noticias para ellos, son buenas noticias para mí. 

“Sólo queda administrar la resaca y aceptar que ese curioso excepcionalismo americano que lo llevó a autoasignarse de manera soberbia el rol de líder del free world  -a pesar de dictaduras, genocidios y guerras de proxys –  parece tener sus días contados”.

Mientras tanto veré estos últimos capítulos de fin de serie, y quizá algún spin-off. Me encantaría que se trate de una secuela de Orange is the New Black con la familia completa en los protagónicos, pero no me hago muchas ilusiones. Tengo mis fichas puestas en Better call Rudy.

*Es sociólogo, Especialista Principal del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC). Reside en Canadá.

Comentarios