Columna de Daniel Brieba: El descontento y el desafío

El voto por los partidos de Apruebo Dignidad, el apoyo a los independientes y la abstención fueron las tres formas utilizadas para expresar el descontento en las elecciones. Esta última es la más compleja para la democracia.

El estallido de 2019 le ha seguido haciendo honor a su nombre: el fin de semana vimos, finalmente, sus consecuencias propiamente electorales, y ellas fueron explosivas. No hay lugar en esto para medias tintas: si los dos bloques tradicionales de nuestra política post-1990 solo capturaron en conjunto 2 millones de votos, el derrumbe es manifiesto. A la hora de escribir una nueva Constitución, más de dos de cada tres votantes prefirieron una alternativa distinta a los partidos y bloques que gobernaron los últimos 30 años. Es importante distinguir, sin embargo, entre tres formas que tomó ese descontento con lo que ME-O alguna vez llamó “el duopolio”. 

La primera forma es el voto por los partidos de Apruebo Dignidad. Qué duda cabe que tuvieron una buena noche constituyente, especialmente comparado con las pobres expectativas que muchos tenían, particularmente del desempeño del Frente Amplio. Al quedar segundos y derrotar a la ex Concertación, se han puesto los pantalones largos y quedan como una fuerza política equivalente, o acaso superior, a ésta. 

Particularmente interesante es su consolidación electoral en alcaldías de importantes y populosas comunas de clase media, donde además la derecha tuvo un colapso significativo. Con todo, el FA haría bien en no sobreinterpretar su éxito: el caudal de votos de la lista Apruebo Dignidad no fue muy distinto -del orden del millón de votos- a la suma de votos del PC más el FA en las parlamentarias del 2017 (saco al Partido Humanista y el Partido Ecologista Verde del cálculo, para comparar peras con peras). Si sacaron más constituyentes que la Lista del Apruebo fue más por el derrumbe de ésta que por crecimiento propio. En el clima antipartidos actual, el solo hecho de no caer ya es un mérito, pero no es lo mismo reemplazar a la vieja centroizquierda que crecer hacia los desencantados.

La segunda manera de manifestar el descontento, más disruptiva que la primera, fue votar por independientes. En total, más de 2,6 millones de votos, o aproximadamente el 47% de los votos válidos, fue emitido en favor de opciones distintas a los tres grandes bloques, y casi todos ellos a candidaturas independientes. Sin duda el gran ganador fue la Lista del Pueblo, que logró un inesperado tercer lugar en constituyentes, por sobre la mismísima Lista del Apruebo. 

“En el clima antipartidos actual, el solo hecho de no caer ya es un mérito, pero no es lo mismo reemplazar a la vieja centroizquierda que crecer hacia los desencantados”.

Si bien que la derecha no llegara al tercio de los escaños puede ser coyunturalmente más noticioso, sociológicamente la aparición de este colectivo fue lo más importante que ocurrió en la elección. El hecho de que esta lista haya logrado organizarse “desde abajo”, sin caudillos y al fuego de las protestas, le dio y dará a ojos de muchos la legitimidad y épica necesarias para quizás formar una nueva fuerza política – un partido, aunque no quieran usar el nombre – que no esté contaminado por la política del pasado. Si se buscaba abrir oportunidades para la renovación política, aquí se vio su primer y sorpresivo fruto.

La tercera forma de descontento es la más compleja para una democracia: la abstención llegó a más del 56% del electorado. Es una cifra decepcionante que es mejor mirar de frente antes que buscar justificarla o ignorarla. En esta, supuestamente la elección más importante en décadas, votaron casi 1,4 millones menos de personas que en el plebiscito de octubre. ¿Qué pasó con ellos? ¿Descreyeron del proceso? ¿Querían cambiar lo que hay (la actual Constitución) pero les da un poco lo mismo qué la reemplace? ¿Cuántos serán votantes del Rechazo que se desanimaron? Y ni hablar de esos casi 7,5 millones que ni siquiera votaron en octubre. 

El punto no es menor por dos razones. Primero, porque a pesar de todo lo que ha pasado en el país desde octubre de 2019 aún tenemos más de la mitad del electorado fuera de la política y ni la más radical de las soluciones políticas – un proceso constituyente – ha sido capaz de activarlos. Es un abstencionismo duro. Y segundo, porque el plebiscito ratificatorio será con voto obligatorio, y eso abre interrogantes sobre el comportamiento que tendrá esta mitad silenciosa del electorado en ese momento. 

Es cierto: no hay razones para suponer que piensan radicalmente distinto a los que sí votaron. Pero, por otra parte, precisamente porque no se involucraron con el proceso actual bien podrían no sentir lealtad o afecto alguno por él, y si algo nos ha enseñado el pasado reciente, es que el ánimo de la opinión pública (incluida o quizás sobre todo la de los que no votan) puede cambiar rápidamente de un año a otro. Por ello, los interesados en el éxito del proceso deberán cuidar el ambiente todo lo posible para no exponer innecesariamente la constitución aprobada a riesgos evitables en un plebiscito de salida donde debieran votar no 7, sino más de 14 millones de personas.

“El plebiscito ratificatorio será con voto obligatorio, y eso abre interrogantes sobre el comportamiento que tendrá esta mitad silenciosa del electorado en ese momento”. 

Con todo, es importante notar que si el proceso constituyente fue la fórmula que encontró el establishment político para conducir un violento estallido social, la elección de tantos independientes a la convención -que además será paritaria y con pueblos originarios, y donde también habrá una gran diversidad etaria, de profesiones y de orígenes educacionales- es sin duda una buena noticia. 

Si el problema era la élite y los mismos de siempre, tendremos una convención mayoritariamente sin ellos. Si el problema era la exclusión, ahora tendremos a la tía Pikachú sentada en la mesa hablándole de tú a tú a Marcela Cubillos. Casi todo puede aun salir mal, pero al menos se inicia el proceso sin el vicio de origen que habría sido el tener una constituyente dominada por los partidos y las élites. Sin duda que esto abre también enormes incertidumbres. 

Dicen que un camello es un caballo dibujado por un comité. Con el nivel de fragmentación que tendremos, sumado a la poca discusión programática previa, a las elecciones presidenciales concomitantes, a la crispación reinante, a desconfianzas profundas, a la crisis social, económica y sanitaria en curso y además al poco tiempo disponible, de aquí bien podría salir un dromedario del infierno. Será responsabilidad de todas y todos, adentro y afuera de la convención, poner lo mejor de lo nuestro para que no sea así.  

“Casi todo puede aun salir mal, pero al menos se inicia el proceso sin el vicio de origen que habría sido el tener una constituyente dominada por los partidos y las élites. Sin duda que esto abre también enormes incertidumbres”. 

*Daniel Brieba es académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.

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