La imagen muestra a Bernardo Larraín con varios votos detrás.

Columna de Bernardo Larraín: Reafirmar, desaprender y conocer

Quienes seguimos creyendo que los países progresan a través de un reformismo gradual y decidido, debemos decidir entre tres opciones: pasar al grupo de observadores catastrofistas, al de los entreguistas, o bien entrar a la cancha, pero de una forma distinta.

A dos semanas de las elecciones del 15 y 16 de mayo, es difícil decodificar lo sucedido en medio de tantas y categóricas sentencias.  De un lado, están aquellos que estigmatizan a los liderazgos independientes que emergieron en la elección de constituyentes, motejándolos como un grupo homogéneo rupturista y anárquico, que propone refundar el modelo y reemplazar la democracia por un asambleísmo permanente, los que lograron conectar con sus electores amplificando la emocionalidad y tergiversando información en redes sociales y matinales. Cualquier apertura para conocer a este mundo emergente es, por lo tanto, tildada de ingenuidad o entreguismo y, por lo tanto, sólo cabe ser observadores catastrofistas de los desastres que inevitablemente vendrán.

Del otro lado, están aquellos que los idealizan como una perfecta expresión de un sentido común ampliamente compartido por todos los chilenos, que converge en el deseo de reemplazar a la elite política, económica y social que ha sido protagonista de los últimos 30 años, por una nueva clase dirigente que se aboque a transformar este modelo extractivista y excluyente que sólo conjuga las palabras democracia representativa y mercado, por otro que por fin les permita conjugar las palabras democracia directa y Estado. Quienes están del lado del antiguo régimen, tendrían entonces dos opciones: retirarse y abstenerse de intentar cualquier protagonismo, o bien abandonar sus creencias, valores y propuestas para sumarse a las de ellos, las únicas que tendrían una conexión directa con los ciudadanos.

Aunque así expresados parecen extremos caricaturescos, hay muchos que están cómodos en uno u otro grupo, porque así pueden mantener interpretaciones simples y extremas de los estallidos social y electoral, evitando ese difícil camino del des-aprendizaje para volver a conocer y re-interpretar.  Es cierto que una parte no menor de ese mundo independiente que emergió en la elección de constituyentes, junto con los sectores de izquierda que se consolidaron, articulan un discurso rupturista y refundacional hacia lo establecido; pero quienes seguimos creyendo que los países progresan a través de un reformismo gradual y decidido, debemos decidir entre tres opciones: pasar al grupo de observadores catastrofistas, al de los entreguistas, o bien entrar a la cancha, pero de una forma distinta en tres dimensiones. 

“Aunque así expresados parecen extremos caricaturescos, hay muchos que están cómodos en uno u otro grupo, porque así pueden mantener interpretaciones simples y extremas de los estallidos social y electoral, evitando ese difícil camino del des-aprendizaje para volver a conocer y re-interpretar”. 

Primero, reafirmando nuestra historia, convicciones y propuestas, sin camuflajes; no para destacar las virtudes del desarrollo pasado, sino que para plantear soluciones creíbles de futuro a los dolores de las personas. A ese adulto mayor que hace años espera una operación a la cadera, algunos le dirán que el Estado construirá y gestionará más hospitales públicos, así como debe hacerlo en muchos otros bienes y servicios básicos que hoy están en manos privadas.  Otros le diremos que con esos mismos recursos, además de fortalecer la red pública, aprovecharemos las capacidades tecnológicas y humanas existentes en el sistema privado de salud.  Y que reservemos el músculo del Estado (y no la grasa), no para limitar el tipo de prestadores o reemplazarlos por una provisión exclusiva estatal, sino que para regular con inteligencia los espacios donde se ofrecen esos bienes y servicios.

Segundo, desaprendiendo de los prejuicios o impresiones previas que se puedan tener de los liderazgos que emergieron en las elecciones, para conocerlos, dialogar con ellos, establecer con franqueza las divergencias y, sobre todo, buscar nuevas preguntas cuyas respuestas podamos encontrar conjuntamente. 

Finalmente, esta vez sin subsidio alguno y comenzando el partido 2-0 abajo, en esa cancha tendremos que validar los pilares que deben sustentar la necesaria evolución en el proyecto país para los próximos 30 años: una democracia representativa con más espacios de participación; un Estado moderno, descentralizado y eficiente; más capital social a través de una sociedad civil organizada; y una empresa privada dinámica e innovadora que operando en mercados competitivos y transparentes, persigue un propósito centrado en las personas.  Así los chilenos podrán contrastarlo con ese otro proyecto país que se sostiene en una democracia más directa y des-intermediada que representativa, y en un proyecto de desarrollo articulado e implementado desde el Estado, con menos espacio para la empresa y la sociedad civil.

Creo que lo que triunfó en esta elección fueron las posturas nítidas y diferenciadoras que, a través de un trabajo sistemático, transparente, horizontal y territorial, lograron conectar con los dolores, temores y sueños de muchas chilenas y chilenos. No es de extrañar que los grandes derrotados fueran quienes por largo tiempo abandonaron ese camino largo y difícil o bien optaron por camuflarse bajo ideas ajenas.

Muchos en el mundo empresarial hemos empezado a transitar por ese pasillo delgado entre el entreguismo y la intransigencia. Debemos profundizar la ruta iniciada, con realismo para asumir que probablemente la pausa  en la que estamos en el camino al desarrollo será más larga. Pero también con la convicción de que esa misma pausa abrirá los espacios institucionales donde se podrán producir los necesarios conocimientos recíprocos de una diversidad de actores; así como la oportunidad de sembrar las ideas y propuestas de cambio de cada cual. Sólo así podremos saber cuales se adecúan mejor a los sueños de los chilenos y chilenas y, quizás, encontrar variantes o combinaciones que hoy no conocemos.

“Creo que lo que triunfó en esta elección fueron las posturas nítidas y diferenciadoras que, a través de un trabajo sistemático, transparente, horizontal y territorial, lograron conectar con los dolores, temores y sueños de muchas chilenas y chilenos. No es de extrañar que los grandes derrotados fueran quienes por largo tiempo abandonaron ese camino largo y difícil o bien optaron por camuflarse bajo ideas ajenas”.   

*Bernardo Larraín es empresario y ex presidente de la Sofofa.

Comentarios
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