John Dinges, periodista: “EE.UU. tiene un papel vergonzoso en la Operación Cóndor, pero eso no quita la responsabilidad de la derecha internacional”

El excorresponsal de The Washington Post, Time y ABC Radio en Chile comenta en esta entrevista con The Clinic sobre detalles de su libro "Los años del cóndor" y reflexiona sobre la actualidad chilena y sobre el periodismo. Recalca que nunca se debe olvidar que “estamos hablando de humanos, de personas que tienen ese bien dentro del mal y mal dentro del bien”.

Contar detalladamente la historia de la Operación Cóndor ha sido una de las grandes misiones que se autoimpuso el periodista estadounidense John Dinges (79). Empezó en 1982, en plena dictadura, al publicar la historia del crimen cometido contra el exembajador de Chile en EE.UU., Ornando Letelier. Siguió a principio de los 2000, luego de que EE.UU. desclasificara una serie de documentos vinculados con los regímenes de Chile, Argentina, Uruguay y Brasil.

Pero eso no fue suficiente: luego de que en 2019 EE.UU. completara la más grande desclasificación de informes de inteligencia de la CIA y el FBI sobre la región que se haya realizado, Dinges decidió volver a escribir. El resultado es “Los años del cóndor” (Debate, 2021), una contundente investigación de más de 600 páginas que detalla el período y ofrece una ventana inédita hacia el interior de los sistemas militares de Washington y de la región, donde las fuentes revelan, aunque reticentes, cómo sus campañas trasnacionales de represión fueron organizadas y llevadas a cabo.

“Este libro es mi investigación definitiva, ahí muestro no solo del detalle del funcionamiento de la Operación Cóndor, sino que por primera vez logro nombrar a todas las víctimas de lo que fue la represión transfronteriza”, comenta Dinges a The Clinic. ” Cada una de las 654 víctimas de las operaciones documentadas en el libro es una historia humana, de jóvenes vidas extinguidas, la mayoría de las veces mientras asumían riesgos extraordinarios para resistirse a regímenes militares”, añade. 

Los vínculos del excorresponsal de The Washington Post, Time y ABC Radio con Chile no son solo profesionales. Su esposa es chilena, uno de sus hijos reside en el país y acaba de nacer otro de sus nietos en Santiago. “Yo siento que tengo un deber con Chile”, afirma.  

En esta entrevista, el también exacadémico de la Universidad de Columbia cuenta sobre su investigación, reflexiona sobre el Chile de hoy y el ejercicio del periodismo. Destaca, por sobre todo, la importancia de recordar que siempre “estamos hablando de humanos, de personas que tienen ese bien dentro del mal y mal dentro del bien”.

-¿Cómo fue para usted, como estadounidense, percatarse de los mensajes contradictorios de las autoridades de EE.UU. hacia los regímenes dictatoriales en Latinoamérica? Hasta hoy hay quienes responsabilicen a EE.UU. por lo ocurrido en la región…

-Bueno, yo soy periodista y por lo tanto yo ya estaba consciente de que EE.UU. había intervenido en muchos casos después de la Segunda Guerra Mundial, no era una sorpresa para mí. Lo que pasó en Latinoamérica, y en particular con la Operación Cóndor, fue obra de los gobiernos y la derecha latinoamericanos. Es una distracción hablar solamente de EE.UU., como lo hacen muchos. Es cierto que hay pocos elogios para EE.UU. en esa época. Incluso los esfuerzos, por ejemplo, de denunciar a la Operación Cóndor frente a los gobiernos fracasó. Y eso hubiera, yo argumento, prevenido el asesinato de Letelier en Washington. Es decir: EE.UU. tiene un papel vergonzoso en la Operación Cóndor, pero eso no quita la responsabilidad de la derecha internacional, los partidos de derecha que apoyaron a los golpes militares y apoyaron la destrucción de las democracias. Pero sostengo que las luces rojas de oposición estadounidense a las atrocidades cometidas siempre fueron más tenues que las luces verdes que incitaban a la guerra contra la amenaza comunista.

-En un dado momento de su libro, usted relata de forma muy acotada su experiencia personal en Villa Grimaldi. ¿Qué reflexiones saca usted de eso?

-Me llevaron a Villa Grimaldi por equivocación, porque encontraron que una amiga tenía apariencia física parecida a una persona perseguida. Pero más tarde, un amigo, Pedro Alejandro Matta, que es un investigador que ha trabajado mucho en documentar lo que era Villa Grimaldi, me dejó claro que yo había estado ahí. Yo tenía la memoria, aunque había estaba con los ojos vendados, de las baldosas en el piso, de una canaleta, de los pilares de la casa. Cuando le decía a Pedro donde me habían llevado, él dijo “yo sé cuál es, esa fue la sala de interrogación de tal oficial”. Entonces efectivamente, lo supe después, yo estuve ese centro.  Obviamente fue ilegal, lo que me hicieron a mí fue una violación y todo, pero yo no me considero víctima. Las víctimas son las miles de personas que fueron detenidas, y torturadas, muertas, desaparecidas. Mi trabajo ha sido hablar de todas ellas, describir la situación de ellas.

“Las luces rojas de oposición estadounidense a las atrocidades cometidas siempre fueron más tenues que las luces verdes que incitaban a la guerra contra la amenaza comunista”.

Pero más allá de eso: usted también muestra un lado humano de la tragedia, al contar qué pensaban los militares sobre algunos detenidos en particular…

-Sí, yo espero que los lectores de The Clinic lean esa historia (que puede ser descargado al final de la entrevista), porque muchas veces la gente piensa que los textos sobre Derechos Humanos son textos muy horribles, que son deprimentes y bueno, obviamente estamos hablando de mucho sufrimiento, pero también dentro de esas historias lo que se puede rescatar son las historias humanas. Es decir: incluso en los momentos más terribles dentro de los lugares de detención, de tortura, hay momentos humanos que rescata el lado bueno del ser humano. Yo quiero que la gente entienda que el mundo no es gente que es mala versus gente que es buena. Por eso yo puse luego al inicio una cita de Pepe Zalaquett: “Al interior de cada uno reside el potencial de la bestia”. Él me dijo eso y me ha marcado mucho. Y cuando uno escribe, como yo, sobre lo más malo, lo más trágico de las actuaciones de los seres humanos, hay que tratar de siempre poner que estamos hablando de humanos, de personas que tienen ese bien dentro del mal y mal dentro del bien.

“Obviamente fue ilegal, lo que me hicieron a mí fue una violación y todo, pero yo no me considero víctima. Las víctimas son las miles de personas que fueron detenidas, y torturadas, muertas, desaparecidas. Mi trabajo ha sido hablar de todas ellas, describir la situación de ellas”.

-También se percibe eso en las descripciones que te dieron algunos del Mamo Contreras.

-¡Sí! Y bueno, es difícil, ¿no? Pero toda la gente que lo conoció personalmente y que no fue su víctima, dice que él tuvo esa parte blanda. Entonces… Es importante contarla, ¿no? Esos grises que tenemos todos… Creo que es importante porque estamos en tiempos polarizados.

-Usted también ha sostenido que hubo una “xenofobia política” en aquel período en Latinoamérica. ¿Diría que este fenómeno se produce todavía en Latinoamérica? Si sí, ¿cuál es el peligro de ello?

-Bueno, sí. Ahora, en América Latina, el cuco ahora son Cuba y Venezuela… Las personas que conocen Venezuela no piensan que Venezuela va a infectar al resto de América Latina. Para mí es ridículo pensar que Venezuela va a “infectar” la región, pero eso se dice. Es una idea peligrosa, porque tú defines al enemigo como el extranjero, entonces es mucho más fácil reprimir a esa presencia porque no tienes que entenderlo bien, simplemente puedes eliminarlo. Yo creo que estamos en un momento muy peligroso para la democracia y las libertades en todo el mundo y no se puede minimizar eso.

“Muchas veces la gente piensa que los textos sobre Derechos Humanos son textos muy horribles, que son deprimentes y bueno, obviamente estamos hablando de mucho sufrimiento, pero también dentro de esas historias lo que se puede rescatar son las historias humanas”.

Hasta hoy hay quienes respaldan las dictaduras en la región. Muchos argumentan que quienes murieron eran terroristas pese a una gran cantidad de pruebas y documentos que dicen lo contrario, incluyendo su libro. ¿Qué diría usted que hace falta para dejar de lado ese negacionismo histórico?

-Yo busco que mi libro sea una prueba irrefutable de lo que hicieron los regímenes dictatoriales en la región y del peligro internacional que eso representó. Pero es cierto, sigue habiendo quienes respaldan la dictadura y hablan de la democracia como si esta fuera un fracaso. Yo encuentro peligroso cuando hay, por ejemplo, grupos de izquierda que dicen “la democracia no existe”. Y también es peligroso cuando grupos más radicales de derecha no quieren a la democracia porque esta permite la libertad y la llegada al poder de grupos de izquierda. Ambas cosas son dañinas.

El Chile de hoy

-Sin lugar a dudas el recuerdo de lo que fue la dictadura sigue muy vivo, y hoy se habla mucho de que Chile podrá “enterrar” la Constitución de Jaime Guzmán, uno de los principales legados de Pinochet. En ese sentido, ¿cómo ve usted el Chile de hoy?

-Lo que ha pasado en Chile actualmente ha sido un proceso impresionante para América Latina. Yo creo que si cualquier persona quiere entender un movimiento social y político, tiene que entender bien el pasado. En el caso de Chile y América Latina, el período de la dictadura, esa década que yo llamo “los años del cóndor” en el libro, es para la región lo que la Segunda Guerra Mundial fue para Europa. Ahí cambió todo. Ahí hubo un antes y un después. Pero, en mi opinión, no se puede concebir el fin de la dictadura como una derrota de la derecha. Aunque las dictaduras se fueron, las ideas que se impusieron en los años del cóndor todavía siguen muy poderosas y eso es lo que uno tiene que entender para seguir adelante. Y por parte de la gente progresista, hay que entender qué fue lo que fracasó con Allende, más allá del golpe.

“Yo encuentro peligroso cuando hay, por ejemplo, grupos de izquierda que dicen “la democracia no existe”. Y también es peligroso cuando grupos más radicales de derecha no quieren a la democracia porque esta permite la libertad y la llegada al poder de grupos de izquierda. Ambas cosas son dañinas”.

-¿Y usted cree que esos debates pueden ser parte de la discusión durante la Convención Constituyente?

-No, no creo que esto sea algo muy explícito, porque si tú quieres avanzar en una conversación, entrar a analizar los fracasos de Allende o de la derecha no te lleva a ninguna parte. Pero los constituyentes tienen que entender bien lo que pasó, cuál es la parte del autoritarismo que quedó en la sociedad de ahora, los sentimientos, las sensibilidades, etc.

-Como periodista, ¿cómo cree que entra la prensa en todo esto? Estamos en una época en que hay mucha desinformación y, al mismo tiempo, los medios tienden a ser criticados…

-Uf, es un momento de crisis para el periodismo en muchos sentidos. Creo que los ataques de la derecha y la izquierda radical a la prensa lo único que hacen es desacreditar el ejercicio periodístico que es tan importante para la democracia. Obviamente la prensa tiene muchos problemas, hay muchos errores, pero fue con las acusaciones constantes a la prensa de mentir cuando lo que hace es no escribir lo que ciertas personas querían que empezó la idea de fake news. La gran mayoría de los periodistas tratamos de hacerlo bien. Lo que no hacemos bien es transparentar el método de trabajo que tenemos.

-Sí, pero la vinculación directa de algunos medios con los regímenes dictatoriales en la región y el no haber hecho un mea culpa sobre eso también ayudó a su deslegitimación.

-Sí, la prensa chilena merece una crítica en ese sentido. Coincido totalmente contigo en que si un medio se asocia tan directamente con un período como ese puede salir muy manchado, como es el caso del grupo Edwards. Pero una cobertura correcta de la noticia lo puede ayudar a limpiar, de cierta forma, su imagen. Si el periodismo es auténtico, permite a un diario que tenga una tendencia política, pero siempre y cuando esa tendencia política no determine los hechos que el medio cubre. O sea, se puede cubrir la verdad y también tener su tendencia política, eso es bueno, es parte de la democracia. Pero decir que un medio dice fake news por estar más asociado a la izquierda o a la derecha, y que por lo tanto no exista ninguna versión de la verdad, eso es muy dañino a la democracia.

“La gran mayoría de los periodistas tratamos de hacerlo bien. Lo que no hacemos bien es transparentar el método de trabajo que tenemos”.

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